29/11/2025
El evangelio revela una verdad doble y sorprendente sobre el ser humano y sobre Dios.
Por un lado, desnuda nuestra verdadera condición: no somos simplemente personas equivocadas o “un poco malas”; somos pecadores radicalmente necesitados de gracia, incapaces de salvarnos por nuestras propias obras. La Escritura declara que “no hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10) y que nuestros corazones están inclinados hacia el mal (Jeremías 17:9). Frente a la santidad perfecta de Dios, nuestra supuesta justicia queda expuesta como trapos de inmundicia (Isaías 64:6). Esta realidad es más profunda y más seria de lo que solemos admitir; somos, en verdad, mucho peores de lo que pensamos.
Pero el evangelio no se detiene en mostrarnos nuestra ruina: también nos revela el amor desconcertante y soberano de Dios. Aun siendo enemigos, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8–10). El amor divino no nació al ver algo digno en nosotros; nació de Su naturaleza, no de nuestro mérito. Efesios 2 proclama que, aunque estábamos mu***os en delitos y pecados, Dios —que es rico en misericordia— nos dio vida juntamente con Cristo. Esa gracia, totalmente inmerecida y absolutamente libre, supera cualquier imaginación humana.
El evangelio une ambas verdades sin contradecirse: somos más pecadores de lo que nos atrevemos a pensar, pero también más amados de lo que jamás podríamos soñar. Y es justamente esa combinación la que exalta la gloria de Cristo. La cruz muestra hasta dónde llegó nuestra corrupción (fue necesario el sacrificio del Hijo de Dios), pero también hasta dónde llega Su amor (Él entregó Su vida voluntariamente por nosotros).
Esta verdad aplasta el orgullo, destruye la autoconfianza, y al mismo tiempo sana el corazón más herido. Reconocer nuestra miseria no nos lleva a la desesperación, porque la obra de Cristo supera infinitamente nuestra culpa. Por eso podemos vivir con humildad, pero también con seguridad: ya no somos definidos por nuestro pecado, sino por el amor del Dios que nos adoptó.