01/06/2026
Dios no siempre responde nuestras oraciones de la manera que esperamos, pero eso no significa que no las haya escuchado.
Muchas veces oramos pidiendo una puerta abierta, y Dios permite que se cierre. Pedimos un camino fácil, y encontramos obstáculos. Pedimos que una situación permanezca, y Dios permite que cambie. En esos momentos podemos pensar que Dios guardó silencio, cuando en realidad está respondiendo con una sabiduría superior a la nuestra.
Como un padre amoroso no concede todo lo que su hijo desea, Dios tampoco concede todo lo que nosotros pedimos. Él ve el cuadro completo. Nosotros vemos el presente; Él ve el final desde el principio. Nosotros conocemos nuestros deseos; Él conoce también los peligros ocultos detrás de esos deseos.
La Escritura nos recuerda que Dios obra "todas las cosas para bien" de los que le aman (Romanos 8:28). Ese bien no siempre coincide con nuestra comodidad, pero siempre apunta a nuestra santificación, madurez y comunión con Cristo.
Por eso, cuando sucede exactamente lo contrario de lo que oramos, la pregunta no debe ser únicamente: "¿Por qué Dios no me dio lo que pedí?", sino también: "¿Qué propósito bueno está obrando Dios a través de esta respuesta?"
La fe madura no descansa en que Dios haga nuestra voluntad, sino en que su voluntad es mejor que la nuestra. A veces la mayor misericordia de Dios no está en concedernos lo que pedimos, sino en negarnos aquello que, sin saberlo, habría sido un perjuicio para nuestra alma.