30/11/2025
¿Hemos comprendido lo profundo que es en el acto de sentarse a la mesa con Jesús?
"¿Quién soy yo para que me invites a tu mesa?"
Así como Mefiboset, lisiado de ambos pies, fue llamado por el rey David para sentarse a su mesa como uno de sus propios hijos, también nosotros -rotos, heridos, olvidados por el mundo, hemos sido invitados por el Rey de reyes a compartir Su pan, Su presencia, Su gracia.
Mefiboset no tenía méritos. No había hecho nada para ganarse ese lugar. Era hijo de Jonatán, nieto de Saúl, y vivía escondido en Lo-debar, tierra de olvido y miseria. Pero David lo buscó, no por lo que el había hecho, sino por amor a una promesa. Lo trajo a su palacio, lo restauró, y le dio un lugar permanente en su mesa.
Así también, Jesús nos llama. No por lo que somos, sino por lo que Él es. No por lo que hicimos, sino por lo que El hizo. Nos saca de nuestro Lo-debar -ese lugar de vergüenza, de dolor, de soledad- y nos sienta con El, no como siervos, sino como hijos. Nos cubre con Su gracia, nos restaura la dignidad, y nos dice: "Aquí tienes un lugar. Siempre lo tuviste. Siempre fue tuyo."
Sentarse a la mesa con Jesús no es un privilegio ganado, es un regalo inmerecido. Es el lugar donde el quebrantado encuentra sanidad, donde el rechazado encuentra pertenencia, donde el perdido encuentra hogar.
Hoy, al mirar esa mesa, recordamos que no estamos aquí por nosotros mismo, Estamos aquí por Él. Porque Su amor nos alcanzó, Su gracia nos sostuvo, y Su voz nos llamó.
Y tú también estás invitado.
¡Hay un lugar con tu nombre, solo tienes que venir!