12/11/2025
Porque todo lo que hacemos para Dios nace del corazón, no de la búsqueda de un aplauso ni de una recompensa material. Servimos porque Él nos amó primero, porque en Su palabra dice que nunca escatimó nada por nosotros y jamás se reservó lo mejor.
Y es impresionante pensar que, aunque no seamos los más profesionales, aunque sintamos que no tenemos todas las destrezas ni las herramientas necesarias para servirle, basta con entregarle nuestro corazón y nuestra disposición. Cuando lo hacemos, Dios se encarga del resto. Él abre caminos que jamás imaginamos, nos lleva a lugares que nunca pensamos alcanzar y cree en nosotros incluso más de lo que nosotros mismos, o quienes nos rodean, creyeron alguna vez.
Convertirse en la mejor versión para Dios no ocurre de un día para otro. Se forma con constancia, dedicación, y a veces a través de burlas, críticas y cuestionamientos. Lo mismo vivieron tantos hombres en la Biblia: Moisés, José, Daniel… todos tuvieron que pasar por procesos, por desiertos, por miradas de duda. Pero cuando decides permanecer aferrado a Su presencia, cuando sigues adelante a pesar de todo… allí es donde comienzas a ver Su gloria y Su misericordia manifestarse en tu vida.
Y es entonces cuando realmente comprendes que “mejor es un día en Sus atrios que mil fuera de ellos”.