23/05/2018
ANUNCIANDO EL MENSAJE AL MUNDO
Antes de pasar a la siguiente reflexión evangelística, cabe decir que tanto la evangelización como los resultados de ésta, dependen exclusivamente de la intervención divina. Como cita la Escritura, el hombre está mu**to en sus delitos y pecados (Ef.2:1). Y es sólo por la acción del Espíritu Santo que el corazón del pecador puede ser convencido de su iniquidad, y a la vez iluminado hacia la comprensión de la obra de Cristo (Jn. 16:8-11). Teniendo presente esta verdad, también Dios ha otorgado a sus hijos el privilegio de poder ser colaboradores en esta gran comisión, presentada en última instancia por nuestro Salvador después de resucitado (Mt. 28:16-20). Por consiguiente, la labor del creyente como colaborador de Dios, será la nota predominante en esta pequeña reflexión.
Los apóstoles y primeros cristianos, siendo impactados por la Persona de Jesucristo, impregnados por su mensaje, aprehendidos de su ejemplo, y revestidos de sus enseñanzas... sí tuvieron algo que decir al mundo de aquella época: «Iban por todas partes anunciando el evangelio» (Hch. 8:4). El mensaje de Cristo, en las primeras etapas de la iglesia primitiva, fue creído y vivido como una experiencia de fe auténtica; y, visto como resultado natural, también anunciado a los demás.
El mismo apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, desarrolla una reflexión lógica dirigida a todos los creyentes: «Porque todo el que invocare el nombre del Señor Jesucristo, será salvo. ¿Cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Ro. 10:13,14). Según el texto bíblico, la evangelización conlleva tres grandes vías, las cuales dirigen a la salvación de la persona que recibe el mensaje: El «escuchar», el «creer», y el «invocar» al Señor Jesús… No obstante, para que se origine este proceso, es necesario que alguien, como hemos leído, les presente el mensaje. «Hablar» es una de las acciones que utilizamos para comunicarnos; por lo que, si los cristianos permanecemos en silencio, entonces: ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Por tal motivo, principalmente, resaltamos la gran necesidad que hay de proclamar al mundo quién es Jesucristo y cuál es su obra; quiénes somos los cristianos y qué es lo que creemos. Es preciso, al tiempo, denunciar –con amor– el pecado de los hombres, anunciar –con valor– el arrepentimiento, y presentar –con justicia– la salvación a los perdidos. Se hace necesario, además, avisar del destino final que le aguarda a la Humanidad que vive separada de Dios; y, sin más dilaciones, comunicarles las buenas noticias de salvación. Seguidamente, acorde con el llamamiento al discipulado, también habremos de presentar un proyecto de vida que dé sentido y orientación al ser humano, conforme a los principios del Reino establecido por Jesús