Comunidad Reformada "El Salvador"

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EL SUFRIMIENTO ES… ¿UN REGALO?Caleb DavisMuchas veces le he pedido a Dios que cambie mi sufrimiento. He tenido noches si...
08/12/2025

EL SUFRIMIENTO ES… ¿UN REGALO?

Caleb Davis

Muchas veces le he pedido a Dios que cambie mi sufrimiento. He tenido noches sin dormir y dolores de estómago. He estudiado, buscado asesoramiento, hecho planes y seguido las mejores prácticas. He derramado el corazón en una oración tras otra, pidiéndole a Dios que me quite el dolor. He deseado que termine.

Me resulta fácil ver todo lo que me quita el sufrimiento, todo lo que me pierdo. Veo lo que he perdido. Pero es fácil dejar de ver lo que Dios me da en las pruebas.

Pero ¿que tal si el sufrimiento es más que lo que se nos ha quitado? La Biblia dice que en el sufrimiento y la debilidad se encuentra un gran gozo. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué hay de bueno en nuestro dolor? Nunca experimentaremos este gozo si no reconocemos que algunos de los mayores regalos de Dios llegan en nuestros momentos más difíciles.

*Dios nos acerca*

En tu mejor día, lleno de todas las bendiciones de la buena vida, como la amistad, los banquetes y las canciones, es fácil olvidarse de Dios. Engullimos Sus dones y vivimos con autosuficiencia. Por esta razón, C. S. Lewis dijo: «Podemos ignorar incluso el placer. Pero el dolor insiste en que le pongamos atención. Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestros dolores».

A menudo solo vemos lo que nos quita el sufrimiento, pero perdemos de vista lo que Dios nos da. El sufrimiento se siente como una invasión, un intruso que nos roba lo que amamos y disfrutamos. Pero es más que una invasión; es una invitación personal de Dios. Él grita en medio de la tormenta para que nos acerquemos y estemos con Él.

*Dios revela Su carácter*

Has clamado a Dios para que cambie tu vida y Él no lo ha hecho. Pablo experimentó lo mismo. Le suplicó al Señor que le quitara su sufrimiento, y Dios le respondió a Pablo como a menudo nos responde a nosotros: «Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co 12:9). Dios dice que no le dará a Pablo el don de la liberación, pero le dará algo más grande: la gracia de conocer Su presencia y Su poder.

Hay aspectos del carácter y el poder de Dios que nunca conoceremos si no experimentamos primero nuestra debilidad. Solo supe lo que significaba contar con Dios como mi Padre después de que mis padres se divorciaran. No habría sentido el consuelo de Dios como refugio si mi esposa y yo no hubiéramos enfrentado la infertilidad y múltiples abortos espontáneos. Nunca habría conocido la presencia fiel de Jesús como amigo si no me hubiera mudado a miles de kilómetros, dejando atrás a todos mis amigos y mi familia. No habría sabido lo que significa descansar en Su justicia si no hubiera sido calumniado. Nunca habría sabido que Dios es mi proveedor si no hubiera luchado por pagar las cuentas. No habría sabido lo que significa que Él conoce mi nombre sin la experiencia de sentirme inferior. No habría conocido la libertad del perdón si no hubiera visto mi propio pecado.

Dios quiere darte más que un simple conocimiento sobre Él; el Señor quiere que lo experimentes personalmente. ¿Puedes conocer la vida abundante del Pastor sin conocer primero el valle de sombra de muerte (Sal 23:4)? ¿Conoces toda la fuerza de la roca antes de que las olas se estrellen a tu alrededor? Dios usa tu debilidad para llevarte a una mayor dependencia de Su poder perfecto. A través de tu debilidad, el Señor te lleva a experimentar y disfrutar todo lo que Él es.

*Dios nos fortalece*

Pablo dice: «Con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. […] porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12:9–10).

«Gloriarse» aquí significa tener confianza y fe en Dios, independientemente de las circunstancias. Sé que es difícil. Los mayores dolores de mi vida han sido las oraciones sin respuesta. Sé quién Dios dice que es; lo creo. Pero no lo veo hacer lo que sé que Él puede hacer. He orado: «Señor, sé que tienes poder, así que actúa. Sé que escuchas mis oraciones, así que, por favor, respóndeme. Sé que me amas, así que, por favor, muéstrame Tu amor. Te he visto actuar en el pasado, en Tu Palabra y para otros. Entonces, ¿por qué no ahora? ¿Por qué no para mí?».

«Gloriarse» significa que mantenemos la confianza en que Dios es bueno y sabio, y que no nos ha abandonado, incluso cuando no lo entendemos, incluso cuando anhelamos que nuestras circunstancias fueran diferentes. Gloriarnos en Dios nos hace más fuertes porque dejamos de apoyarnos en nosotros mismos y en las esperanzas que nos fallan, y en cambio encontramos nuestra verdadera fuente de fortaleza y gozo en Él.

Todos vivimos con sufrimiento. Todos experimentamos la desaparición de lo que hemos amado y esperado. Quizá ahora mismo sientas esta infructuosidad y este fracaso. Pero el sufrimiento es más que algo que hay que «superar». Dios está haciendo un millón de cosas en tu sufrimiento, resolviendo innumerables detalles que nunca podríamos imaginar. No sabemos la mayor parte de lo que está haciendo, pero sí sabemos que, si le pertenecemos, el sufrimiento es un regalo.

CONOCIMIENTO DE DIOSValmore Amarís R.Conocer acerca de Dios. Conocer a Dios. Dos aspectos de la experiencia de Dios que ...
25/10/2025

CONOCIMIENTO DE DIOS

Valmore Amarís R.

Conocer acerca de Dios. Conocer a Dios. Dos aspectos de la experiencia de Dios que van de la mano. La una se nutre de la otra, y la reciprocidad no cesa.

Conocemos acerca de Dios y sus proyectos históricos en las enseñanzas del Maestro, en el testimonio apostólico, en el estudio de los acontecimientos que han llegado a constituirse en hitos antropológicos y sociales. Conocemos acerca de Dios gracias a que fuimos dotados de capacidad cognitiva consciente. ¡Cuanta riqueza espiritual y moral obtenemos a través de la información y el análisis!

Conocemos a Dios en la dinámica de la vida, en la relación con nuestros semejantes y con el entorno en general, en las experiencias cotidianas, cotejadas con lo que conocemos acerca de Dios. Algo así como la teoría y la práctica. Conocemos a Dios gracias a su accionar en nuestra existencia. Su Espíritu se manifiesta a nuestro espíritu y ¡Oh, milagro! Despertamos a la conciencia profunda de que somos atraídos hacia Él, acogidos por Él, procesados por Él, amados de Él.

Conocer a Dios solo es posible cuando conocemos acerca de Dios. Conocer acerca de Dios solo adquiere relevancia, sentido y efectividad cuando conocemos a Dios. Para crecer en el conocimiento de Dios es imprescindible crecer en el conocimiento acerca de Dios. Para crecer en el conocimiento acerca de Dios es imprescindible conocer a Dios.

Jamás terminaremos de conocer acerca de Dios. Jamás terminaremos de conocer a Dios.
Cada conocimiento acerca de Dios, cada experiencia de Dios posee un valor incalculable en sí mismo. Sin embargo, no es exhaustivo. Cada conocimiento, cada vivencia es imprescindible para poder avanzar. No obstante, abre ante nuestros ojos un horizonte que nos muestra la infinitud del proceso. Esto nos invita a asumir cada encuentro con Dios con suma humildad. Cada nuevo conocimiento o experiencia de Dios es una muestra de la gracia divina, que nos debe conducir a la reverente postración ante Su Presencia para reconocer nuestra asombrosa pequeñez.

Y es que conocer acerca de Dios y conocer a Dios, inexorablemente, nos lleva también a conocernos a nosotros mismos. ¡Somos tan pequeños! ¡Tan limitados! ¡Tan escasos! ¡Tan frágiles! ¡Tan fáciles de equivocarnos y extraviarnos! ¡Tan cortos de vista! ¡Tan predispuestos al orgullo y a la vanidad! De manera que el conocimiento acerca de Dios, el conocimiento de Dios, la experiencia de Dios genuina y provechosa es la que, para nuestro bien, nos ubica y nos hace conscientes de quiénes somos en verdad. Creo que es uno de los mejores obsequios que recibimos de la gracia de Dios.

Así que, cometemos un craso error al subestimar cada ocasión que nuestro Dios, en su plan pedagógico para con cada uno de nosotros, nos reúne para que entre todos nos enseñemos, nos animemos, nos amonestemos y para generar vínculos fraternales y de solidaridad que son los elementos que nos conducirán a conocer acerca de Dios y a conocer a Dios. Cada conocimiento de Dios compartido y cada experiencia de Dios relatado es, digámoslo así, un fragmento de un pan común que cada quien recibe y aporta. Cuando no participamos de la comunión de los santos es una ocasión que resta para poder conocer acerca de Dios y para conocer a Dios.

No lo olvides, conocer a Dios es un hecho del intelecto y es un hecho experiencial; es una acción cognitiva y es una acción volitiva; es un acto de la mente y es un acto emocional. Conoces de Dios y conoces a Dios cuando examinas las Escrituras, cuando te sientas al lado de tu hermana o hermano a orar, cuando estudias la historia humana, cuando participas de las tareas por un mundo mejor, cuando cuidas la creación de Dios, cuando asumes la vida como una mayordomía, cuando te dignificas como persona y dignificas a tus semejantes, cuando te despojas de los vicios del espíritu, y, en su lugar, te revistes de los dones que provienen del cielo. Creo que la lista la podríamos agrandar.

Como discípulas y discípulos de Jesús, encontramos un marco teológico en Juan 17:2,3: “Le diste a tu Hijo autoridad sobre todo ser humano para que el Hijo le dé vida eterna a todo el que le has enviado. Esta es la vida eterna: que ellos te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú enviaste”.

EL JOVEN RICO Y TRISTE: LECCIONES QUE NO DEBEMOS OLVIDARAndy PrideauxMarcos 10:22 ofrece una explicación sorprendente pa...
08/10/2025

EL JOVEN RICO Y TRISTE: LECCIONES QUE NO DEBEMOS OLVIDAR

Andy Prideaux

Marcos 10:22 ofrece una explicación sorprendente para la tristeza de un hombre rico: «Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes» (Mr 10:22). No se marchó triste porque hubiera perdido su hogar definitivo en un incendio. No se fue triste porque hubiera perdido su fortuna en una caída de la bolsa. Más bien, se marchó triste porque tenía una gran fortuna.

¿Cómo puede ser esto? ¡Este no es el gran sueño que se suele buscar! Los hombres y mujeres ricos no son tristes, ¿verdad? Los he visto: sus familias son brillantes, felices, sanas y hermosas.

En su evangelio, Mateo nos dice que este hombre es joven (Mt 19:22) y, en el suyo, Lucas dice que es un hombre prominente (Lc 18:18). Sin embargo, es lo suficientemente sabio como para saber que su vida está incompleta y acude a la persona adecuada para completarla: Se arrodilló delante de Jesús. «Maestro bueno», le preguntó, «¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mr 10:17).

*Jesús se encuentra con un joven rico prominente*

La pregunta del joven rico prominente implica que debe haber algo que él puede lograr para heredar la vida eterna. Está acostumbrado a alcanzar logros en sus propias fuerzas. Pero Jesús sabe lo que está pasando en el corazón de este joven rico: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios» (Mr 10:18).

El hombre rico ve a Jesús como (simplemente) un buen maestro que puede ayudarle a ser bueno. Pero Jesús declara que nadie es bueno; nadie es como Dios. Nadie puede ganarse el derecho a ser hijo de Dios, entrar en el reino de Dios o heredar la vida eterna. Al igual que los niños pequeños de la escena anterior del Evangelio de Marcos, no tenemos ningún derecho sobre Dios (Mr 10:13-16). Solo podemos reconocer nuestra incapacidad moral ante Él y arrojarnos a Su misericordia.

Jesús invita al joven a considerar la segunda mitad de los Diez Mandamientos, que tiene que ver con el amor al prójimo (Mr 10:19; cp. Mr 12:29-31). A esto, el hombre responde con audacia que los ha cumplido todos desde su juventud (v. 20). El lector puede mostrarse escéptico, lo cual es comprensible: ¿puede este joven rico afirmar honestamente que ha amado perfectamente a todos sus prójimos?

Pero Jesús entiende lo que realmente está pasando. Se niega a dejar al hombre en un estado «suficientemente bueno». Con amor, Jesús descubre su verdadero yo, revelando así su verdadera necesidad:

Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y me sigues» (Mr 10:21).

Y luego leemos estas tristes, tristes palabras: «Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes» (v. 22).

*Nos conformamos con muy poco*

Esta era su oportunidad para amar verdaderamente a Dios (seguir a Jesús) y a su prójimo (dar sus riquezas a los pobres). Pero no pudo ni quiso hacerlo. No podía creer que la promesa de Jesús de un tesoro en el cielo pudiera ser mejor que el tesoro que estaba acumulando en la tierra.

Se marchó triste porque, a pesar de su aparente libertad, era un esclavo. Se acercó a Jesús porque pensaba que quería la vida eterna. En realidad, su corazón había sido cautivado por el ídolo de Mamón (Mt 6:24). Como dice C. S. Lewis:

Nuestro Señor considera que nuestros deseos no son demasiado fuertes, sino demasiado débiles. Somos criaturas con el corazón dividido, que nos entretenemos con la bebida, el s**o y la ambición cuando se nos ofrece un gozo infinito, como un niño ignorante que quiere seguir haciendo pasteles de lodo en un barrio pobre porque no puede imaginar lo que significa la oferta de unas vacaciones en el mar. Nos conformamos con muy poco.

*El costo del discipulado*

Después de la dramática salida del hombre rico, Jesús mira a los discípulos y declara: «¡Qué difícil será para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!» (Mr 10:23). Los discípulos se asombran por Sus palabras (vv. 24a, 26a), pero Jesús no cede; no da marcha atrás:

¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios (Mr 10:24-25).

Los discípulos aún están tratando de comprender lo que realmente significará para ellos seguir a Jesús. Este incidente sacude su mundo. Aquí hay un hombre que obviamente ha sido bendecido por Dios con una gran riqueza. Un hombre aparentemente moral y justo. Pero, en lugar de darle la bienvenida, el desafío directo de Jesús hace que sea más difícil, incluso imposible, que se una a ellos. De ahí la pregunta incrédula de ellos: «¿Y quién podrá salvarse?» (v. 26).

Al igual que hizo con el hombre rico (v. 18), Jesús ahora deja claro a Sus discípulos que, por nosotros mismos, «es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios» (v. 27). El reino de Dios vuelca por completo la economía de este mundo. La muerte vergonzosa de Jesús en la cruz es la expresión perfecta de la economía del reino (p. ej., Mr 8:31-38; 10:35-45). Como Jesús les dice a continuación, «muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros» (Mr 10:31). Dios nunca es nuestro deudor; en Cristo, Él es nuestro todo suficiente Salvador.

*Las bendiciones del discipulado*

Pedro y los demás discípulos lo han dejado todo para seguir a Jesús (Mr 10:28; cf. Mt 13:44-46), pero en este momento necesitan consuelo. Y Jesús se los da:

Jesús respondió: «En verdad les digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o tierras por causa de Mí y por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna» (Marcos 10:29-30).

Tiene sentido seguir a Jesús. Es bueno ser parte de la familia de Dios. Si dejamos nuestro hogar y nuestra familia por Su causa, Él nos proveerá todo lo que necesitamos: un lugar donde vivir y trabajar; hermanos, hermanas, madres e hijos en Cristo.

Jesús es un optimista del evangelio, pero también un realista del evangelio: Él también les promete persecuciones. Lo más significativo es que les promete «la vida eterna en el siglo venidero». Hay un final feliz para los hijos de Dios: la vida eterna que la muerte no puede tocar; la vida con Dios a través de Su Hijo en la nueva creación.

*No codicies las riquezas mundanas*

El peligro al que nos enfrentamos al aplicar un pasaje como este es que siempre podemos encontrar a alguien más rico que nosotros a quien señalar con el dedo. Sin embargo, este pasaje sigue siendo impactante para nosotros hoy porque, incluso como cristianos, a menudo admiramos y codiciamos en secreto lo que disfrutan aquellos que son más adinerados que nosotros. ¿Por qué codiciamos las riquezas mundanas? Si soy honesto, es por la comodidad, la seguridad y la libertad que parecen proveer.

Olvido que Dios me provee en Cristo todo lo que necesito, no solo para vivir «mi mejor vida», sino para heredar la vida eterna y llegar a ser como Su Hijo en gloria (1 Jn 3:1-3; He 2:10). Como dice C. S. Lewis, «nos conformamos con muy poco». Desvalorizamos las bendiciones del perdón y la reconciliación con Dios, de la vida compartida con el pueblo de Dios, de recibir todo como un don de Dios, para que podamos sostenerlo con la mano abierta. Olvidamos nuestra verdadera «herencia incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos» para nosotros (1 P 1:3-4), y en su lugar preferimos grandes diseños oxidados y nidos de muerte sin salida.

¿Cómo podemos romper las cadenas de nuestros ídolos, entregarlos y finalmente ser libres? ¿Cómo puede un hombre rico entrar en el reino de Dios? Jesús nos dice que no podemos; es imposible para nosotros. Pero Dios puede y lo hace.

¿QUÉ HACE HERMOSA A UNA MUJER?: UNA GUÍA PARA JÓVENES CRISTIANOSScott HubbardAlgunos lo llaman «el sesgo de la belleza»....
01/10/2025

¿QUÉ HACE HERMOSA A UNA MUJER?: UNA GUÍA PARA JÓVENES CRISTIANOS

Scott Hubbard

Algunos lo llaman «el sesgo de la belleza». Otros prefieren «aspectismo». De cualquier manera, varios estudios realizados en las dos últimas décadas establecen un punto aparentemente indiscutible: la belleza es rentable. Literalmente.

Cuanto más atractivo seas físicamente, más probabilidades tendrás de que consigas entrevistas y ofertas de trabajo, de que te suban el sueldo y de que te aprueben un préstamo, incluso si otras personas a tu lado están igual de cualificadas. En algún nivel subconsciente (ese reino nebuloso donde acechan los prejuicios), nos inclinamos hacia la belleza. Favorecemos lo bonito. Mostramos predilección por las hermosas y los guapos; ¿en lo económico? Sí, aunque también en muchos otros aspectos.

Pero en realidad no necesitábamos que los estudios nos lo dijeran, ¿verdad? Desde la antigüedad, los sabios nos han advertido de nuestra tendencia a estancarnos en la superficie, a apreciar más la piel que la sustancia. El peligro puede ser más agudo para los hombres, y en particular para los más jóvenes, solteros o casados. Somos criaturas visuales, nosotros, los hombres jóvenes, y muchos todavía estamos aprendiendo cuán engañoso puede ser el encanto y cuán vana su belleza (Pr 31:30). La sabiduría añade profundidad a la visión de un hombre, pero la sabiduría también lleva tiempo.

Para ayudar a acelerar el proceso, el libro de Proverbios sale al rescate de los jóvenes y hace una jugada atrevida. Considera, señala, a «la mujer hermosa que carece de discreción» (Pr 11:22). Hermosa por fuera, necia por dentro, ha atraído los ojos de muchos hombres, y ha mantenido la mayoría de los ojos en la superficie. Brilla como la plata, reluce como el oro.

Pero ahora, dice Proverbios, da un paso atrás y mírala mejor. Observa que su belleza dorada es parte de algo más grande: «Como anillo de oro en el hocico de un cerdo / Es la mujer hermosa que carece de discreción» (énfasis añadido).

*Anillos de oro y cerdos monstruosos*

Si tal imagen te estremece, bien. Esa es la idea. Se supone que el anillo en la nariz del cerdo debe perturbarnos para que veamos las cosas de otro modo. Aunque normalmente llamaríamos a una belleza insensata «un poco decepcionante», Derek Kidner llega a decir que «las Escrituras la ven como una monstruosidad» (Proverbs, p. 88). Mientras la belleza física enmascare la necedad interior, equivale a una joya cochina, una perla puerca, un adorno de oro en el hocico.

La imagen estremece, en parte, porque Dios realmente nos programó para ver y apreciar la belleza exterior. En sí misma, la hermosura no es mala. Después de todo, Dios creó un mundo de esplendor, y lo atractivo del ser humano con frecuencia se basa en principios creados de armonía, simetría y equilibrio que no podemos dejar de notar.

Las Escrituras tampoco vacilan en mencionar la belleza de lo bello, en señalar que «Raquel era de bella figura y de hermoso parecer» (Gn 29:17), o que Abigail «era inteligente y de hermosa apariencia» (1 S 25:3), o que David «era rubio, de ojos hermosos y bien parecido» (1 S 16:12). Estas bellezas, así como muchas otras, resplandecen con la gloria de su Hacedor, a quien Agustín llamó la «Belleza de todas las cosas bellas» (Confesiones, 3.6.10; ver Sal 27:4; Is 33:17).

En el diseño ideal de Dios, la belleza exterior ilustra la dignidad interior; y, en muchos casos, la belleza de hoy todavía funciona de esa manera. Sin embargo, en esta era caída, donde «la pasión de los ojos» a menudo gobierna nuestra visión (1 Jn 2:16), y donde el esplendor externo a menudo esconde un corazón que se opone a Dios, la Escritura nos advierte que no confiemos demasiado rápido en nuestra visión. Algunas de las bellezas más brillantes mienten; algunos anillos de oro cuelgan de hocicos de cerdo. Por otro lado, algunas de las bellezas más profundas se ocultan de los hombres de vista superficial. Como nos dice una madre sabia más adelante en Proverbios:

Engañosa es la gracia y vana la belleza,
Pero la mujer que teme al SEÑOR, esa será alabada (Pr 31:30).

El versículo contiene un mundo de sabiduría para los jóvenes. Aquí, los varones solteros aprenden a discernir la clase de mujer que vale la pena cortejar (y la clase de mujer de la que hay que apartar los ojos), mientras que los hombres casados aprenden a ver a sus esposas con una profundidad que solo la sabiduría puede dar.

*La belleza vana y engañosa*

En la superficie, Proverbios 31:30 nos desconcierta un poco. «Engañosa es la gracia y vana la belleza»: el juicio contra el atractivo exterior parece arrollador. Pero la Escritura aprecia la belleza exterior en otros lugares (como hemos visto), e incluso en Proverbios se dice a nuestro joven que se regocije en su esposa que es como «graciosa gacela» (Pr 5:19), que es la misma palabra que se traduce como «gracia» en Proverbios 31:30. Entonces, ¿qué tipo de encanto engaña y de cuál otro deberíamos alegrarnos? ¿Qué clase de belleza es vana y cuál debemos admirar?

En primer lugar, Proverbios nos advierte que nos cuidemos de cualquier supuesto encanto y de cualquier belleza jactanciosa que no tenga temor del Señor. Si el encanto de una mujer no se somete a Cristo y, si su belleza no se jacta silenciosamente en Dios, entonces sus mayores atractivos se vuelven vacíos. Dirigen la mirada hacia abajo, no hacia arriba. Traicionan al Dios que los dio.

Más específicamente, el encanto se vuelve «engañoso» si no existe un temor piadoso. La palabra «engañoso» a menudo se refiere a las mentiras verbales. En este caso, el engaño es visual más que audible: los hombres que persiguen el mero encanto, sin preocuparse de si este los lleva hacia Dios o los aleja, están en las garras de una mentira. Del mismo modo, la belleza se vuelve «vana» si no hay temor de Dios. Esta misma palabra atraviesa el libro de Eclesiastés como un viento veloz, sugiriendo que la vanidad de la belleza yace en gran medida en su brevedad. «Toda carne es como la hierba, y todo su esplendor es como la flor del campo» (Is 40:6): hoy aquí, mañana se fue; hoy tersa, mañana arrugada; hoy rubia, mañana canosa. Quienes se aferran a la belleza, sin amar al Dios de la belleza, intentan embotellar la brisa.

Segundo, aunque Proverbios 31:30 contrasta el encanto y la belleza con una «mujer que teme al SEÑOR», esta mujer no carecerá de encanto, al menos no para un hombre piadoso. Este joven temeroso de Dios no solo se supone que encontrará encantadora a su esposa (Pr 5:19), sino que incluso la mujer de Proverbios 31 posee una especie de resplandor. Leemos que «fuerza y dignidad son su vestidura» (Pr 31:25), y esa palabra «dignidad» a menudo se ha traducido como «esplendor» o «majestad» en otros lugares (Sal 21:5; Is 2:10; 35:2).

El encanto y la belleza de la mujer piadosa difieren, sin embargo, de lo que esperan los ojos mundanos. Mientras que la belleza que carece de discreción a menudo se viste para ser admirada, la belleza piadosa es con frecuencia un esplendor secreto, una gloria silenciosa. Puede que no llame la atención inmediatamente. Pero mientras nuestra visión llegue a ser cada vez más como la de Dios, más nos alejaremos de la belleza ostentosa de esta época caída y valoraremos la belleza que no se puede arrugar, marchitar ni encanecer.

*La belleza en lo profundo del alma*

Si los hombres necios fijan su mirada solo en la superficie, el camino hacia la sabiduría comienza al mirar más profundamente, más allá de la piel de una mujer, a su alma. Allí, en el alma, yace la verdadera excelencia de una mujer «virtuosa» (Pr 31:10 RV60). Ahí hay una joya que la edad no puede opacar, una corona que el tiempo no puede quitar, un esplendor que la tumba no puede robar.

Por supuesto, ver la belleza del alma requiere tiempo y atención; no brilla de forma tan evidente como la piel bonita. Pero brilla para los hombres que son lo suficientemente pacientes para observar. La mujer de Proverbios 31 es hermosa, pero su belleza se demuestra mejor en lo que hace, no en cómo luce. Mientras que la mujer que se asemeja a un anillo de oro en el hocico de un cerdo se desvive por su apariencia, esta mujer trabaja duro, incluso sacrificando las uñas perfectas en el proceso (vv. 13, 16). Aplica sus habilidades piadosas tanto en su casa como en el mercado (vv. 18, 21, 24). Hace ofrendas a los pobres y da sabiduría a sus hijos (vv. 20, 26). Ella teme al Señor (v. 30).

Tal vez, como Abigail, teme al Señor y atrae las miradas (1 S 25:3). O tal vez su belleza física esté silenciada. En cualquier caso, el hombre piadoso que la observa descubre un esplendor que se eleva lentamente, una belleza profunda como un pozo y fuerte como un río subterráneo. Los necios pasan rápidamente a su lado, persiguiendo el brillo de los anillos de oro (sin darse cuenta del cerdo). Pero a un hombre con ojos para verla, le parecerá una «amante cierva y graciosa gacela» (Pr 5:19).

No quiero insinuar que un hombre piadoso deba encontrar a todas y cada una de las mujeres piadosas románticamente atractivas. La santidad no nos hace ciegos a la belleza física, y la belleza física juega un papel real (aunque complejo) en nuestras atracciones. Pero, si pertenecemos a Jesús, sabemos lo que se siente al encontrar belleza donde otros no la ven. «No tiene aspecto hermoso […] / Ni apariencia para que lo deseemos» (Is 53:2), pero ¡oh, qué hermoso era (Is 52:7)! Qué triste, entonces, sería si nosotros, que hemos sido capturados por la inesperada gloria de Cristo, no mirásemos más allá de la superficie.

La mayor belleza yace por debajo. De forma sorprendente y maravillosa, quienes contemplan esa belleza a menudo descubren que proyecta un brillo sobre todo lo demás.

*La piel transfigurada*

Mientras más conoce un marido piadoso a su esposa piadosa, más se da cuenta de que su apariencia exterior no permanece fija, ni su belleza interior se queda adentro. Con el tiempo, el esplendor de su alma se derrama a través de las grietas de su piel como la luz de una linterna. Y las dos bellezas, la interior y la exterior, comienzan a fusionarse y a interactuar.

Proverbios nos lleva a esperar lo mismo. ¿De qué otro modo podemos entender el mandato del padre a «[regocijarte] con la mujer de tu juventud», deleitándonos en su cuerpo «en todo tiempo» y «para siempre» (Pr 5:18-19)? Cuando la esposa de tu juventud ya no es joven, su corazón aún conserva su belleza y su cuerpo aún contiene su corazón. Décadas después de los votos matrimoniales, sus canas no son una guirnalda de cenizas, los restos quemados de su antigua belleza. Por el contrario, sus canas se asientan sobre su cabeza como «una corona de gloria» (Pr 16:31), al menos para el hombre que la conoce como reina. Su alma transfigura su piel.

Esta visión atenta y paciente, esta mirada que se sumerge en las profundidades de la mujer y saca los tesoros a la superficie, es nada menos que una participación en la propia mirada del Señor. «Dios no ve como el hombre ve» (1 S 16:7). La persona «que procede de lo íntimo del corazón» es su deleite; «el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno» su delicia (1 P 3:4). Y nosotros los hombres, maridos y padres, hermanos e hijos, tenemos el privilegio de contar la verdadera historia de la belleza en esta época obsesionada con la piel.

El mundo les dice a las mujeres una mentira sobre la belleza. Nuestras esposas e hijas, hermanas y madres oyen de mil maneras que la verdadera belleza se encuentra en la superficie. Se les dice que se conviertan en anillos de oro y que no les importe si un cerdo los lleva o no. Y nosotros, los hombres, podemos respaldar esa mentira o renunciar a ella. Podemos mostrar parcialidad hacia las más bonitas de entre nosotros. Podemos negarnos a considerar como compañera de matrimonio a cualquier mujer que no se ajuste exactamente a nuestro tipo (suponiendo, de paso, que nuestros deseos sean más fijos que flexibles). Podemos insinuar un sutil desagrado por el cambio de apariencia de una esposa. O podemos elevarnos con el hombre de Proverbios 31 y alabar, no el encanto, no la simple belleza exterior, sino el tipo de «mujer que teme al SEÑOR» (Pr 31:30).

Ese tipo de hombre se convierte en un heraldo de la era venidera, un precursor que anticipa el día en que toda mujer justa «[resplandecerá] como sol en el reino de su Padre» (Mt 13:43), cuando su cuerpo combinará perfectamente con el esplendor de ese corazón que es semejante al de Cristo.

*"FE DIGITAL"*Debemos tener cuidado con el estilo de vida cristiano que yo bien podría llamar "fe digital". Ese cristian...
01/10/2025

*"FE DIGITAL"*

Debemos tener cuidado con el estilo de vida cristiano que yo bien podría llamar "fe digital". Ese cristianismo de redes sociales. Cristianismo que se siente cómodo con el envío de mensajes acerca de la fe, y, en algunos casos, que cree que ya es bastante alimento espiritual con los videos de predicadores, o con cultos "on line".

¡Ojo! No es que sea malo hacer eso. De hecho, todos los días yo comparto textos bíblicos, reflexiones, artículos, videos, etc. Pero ¡Cuidado! El que yo haga eso no significa, necesariamente, que yo estoy claro y firme en mi vida discipular. Hacer eso no sustituye el llamado a una vida discipular "de carne y hueso", en donde reflexiono acerca de las demandas de la Palabra de Dios en mi vida, en donde estudio esa Palabra junto a mis hermanos en la fe y trato de convertirla en acción en la vida real. Tampoco las verdades que publico en las redes sustituye una vida genuina de oración, tanto en casa como en compañía de mis hermanos; ni sustituye mi compromiso con las buenas obras, tangibles y concretas, que Dios preparó para que sus hijos anduviésemos en ellas. Compartir mensajes digitales no me exime de mis obligaciones con el Reino de Dios: negarme a mí mismo, congregarme, compartir el Evangelio con parientes y amistades, sobrellevar las cargas con la familia de la fe, contribuir financieramente con la obra de Dios. Para nada una cosa puede reemplazar a la otra.

No permitas que una "fe digital" te confunda. El discípulo de Cristo sigue al Señor no solo en la virtualidad, sino en la casa, congregado con sus hermanos, en la calle, en el espacio en el que labora, en donde caen los rayos del sol y el resplandor de la luna, en donde cae lluvia y se levanta el polvo, en todo lugar en donde el Señor nos coloca.

Valmore Amarís R.

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Caracas
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