11/04/2016
RESPONSABILIDAD.
(Dr. Neil Anderson).
Si vamos a vivir una vida justa, tenemos que rendir cuentas a Dios, en primer lugar, y luego los unos a los otros. Todos vamos a dar cuentas a Dios en el futuro, querámoslo o no (2da.Corintios 5:10). Es mejor ser honestos con Dios ahora, recibir Su perdón, y vivir en acuerdo moral consciente con Él. "Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la Sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1era. Juan 1:7). Observe que la comunión no es sólo con Dios, sino entre nosotros mismos.
Tenga en cuenta las siguientes cuatro palabras y su orden: autoridad, responsabilidad, validación y aceptación. ¿De qué lado de esa lista inició Jesús su relación con nosotros? ¿En algún momento apeló Jesús a su Condición Divina en los Evangelios para traernos a rendir cuentas? Él hizo todo lo contrario. Primero vino la aceptación. "Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos" (Romanos 5:6). Luego vino la validación. "Mas a todos los que le recibieron... les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12).
Cuando las autoridad exigen rendición de cuentas sin validación y aceptación, nunca la obtienen. La gente rendirá algunas cuentas de sus acciones de mala gana cuando los presionan, pero no compartirán nada íntimo que ocurra en su interior. Pero cuando la gente sabe que son aceptados y validados por las figuras de autoridad, voluntariamente rendirán cuentas ante ellos. Pablo pudo haber ejercido su autoridad ya que era un apóstol, pero en vez de ello prefirió ser benigno con ellos, "como cuida una madre con amor a sus propios hijos" (1 deTesalonicenses 2:7). No sólo compartió el evangelio con los tesalonicenses, COMPARTIÓ SU PROPIA VIDA.
Este principio es cierto en nuestros hogares. Cuando los angustiados padres exigen saber dónde han estado sus hijos, probablemente les dirán: "¡Estaba fuera!". Cuando les preguntan qué estaban haciendo, los hijos les dirán: "¡Nada!". Nadie va a rendir cuentas abiertamente a los demás a menos que se les garantice su aceptación y validación. Si nos confesamos con Dios, nos perdona y nos limpia (1era. de Juan 1:9). Este es un tema crítico para la crianza de los hijos, el discipulado y la consejería. Si aquellos a los que estamos tratando de ayudar no pueden compartir de manera íntima con nosotros, entonces no sabremos cómo ayudarlos, y la razón por la que no nos comparten pueden ser nuestras actitudes y acciones.
Aquellos que están luchando por vencer comportamientos adictivos siempre pueden ir a Dios y alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Su proceso de recuperación será mucho mejor si tienen por lo menos una persona que los pueda aceptar y valorar, no importando lo que compartan. Si queremos ser como Cristo, entonces debemos ser capaces de decirle a nuestros hijos, o a aquellos a quienes discipulamos o aconsejamos: "No hay nada que puedas compartir conmigo que por el solo hecho de compartirlo no haga que yo te quiera más".
Publicado originalmente en www.discipleshipcounsel.com
Traducción: Ricardo Gallardo.