16/01/2026
La Orden de los Hermanos Menores celebra a los primeros hermanos que derramaron su sangre como testimonio de la fe cristiana.
Durante el Capítulo general de las esteras celebrado en Pentecostés de 1219, Francisco dio permiso a los hermanos Otón, Berardo, Vidal, Pedro, Acursio y Adyuto para ir a predicar el Evangelio a los sarracenos de Marruecos, mientras que él iría con los cruzados a Palestina para visitar los Santos Lugares y llevar allí el Evangelio.
Los seis misioneros partieron a pie hacia España. Cuando llegaron al reino de Aragón, Vital, el superior de la expedición cayó enfermo y tuvo que retirarse, pero esto no impidió que los otros cinco hermanos continuaran el viaje bajo la dirección de Berardo.
Cruzaron España hasta llegar a Sevilla, en aquel entonces capital del reino árabe del mismo nombre. Se dirigieron inmediatamente a la mezquita principal y empezaron a predicar el evangelio contra el islamismo: los tomaron por locos, los aporrearon y los llevaron ante el rey, el cual, tras escucharlos a regañadientes, hizo que los encarcelaran y luego los ejecutaran. Aconsejado por su hijo, el rey los sometió a juicio ante la corte: los frailes expresaron su deseo de viajar hacia África, a Marruecos, y el soberano accedió.
También aquí los misioneros predicaron libremente el Evangelio contra Mahoma y el Islam (Berardo conocía la lengua local); el sultán de Marruecos, Abu Yacub, los hizo arrestar varias veces, sin embargo, lograban salir gracias a la mediación de Don Pedro Fernando, hermano del rey de Portugal Alfonso II y su benefactor.
Por ello, siguieron predicando abiertamente a pesar de la prohibición del rey, que finalmente decidió entregarlos a merced del pueblo para que fueran golpeados y humillados. Los franciscanos soportaron estos tormentos con tal entereza que el sultán Abu Yacub, admirado por tanta paciencia y resignación, intentó convencerlos de que abrazaran el Islam prometiéndoles riquezas, honores y placeres. Sin embargo, los frailes rechazaron todo halago y perseveraron impávidos en exaltar la religión cristiana en detrimento de la musulmana: el sultán no pudo resistir más y, encolerizado, él mismo decapitó a los cinco misioneros con su cimitarra en su corte de Marrakech: era el 16 de enero de 1220.
El pueblo se apoderó inmediatamente de los cuerpos y las cabezas de los mártires arrojados del palacio real y, entre gritos y ultrajes de todo tipo, los arrastraron por las calles de la ciudad, exponiéndolos finalmente en un muladar a merced de perros y pájaros. Una tormenta providencial, sin embargo, puso en fuga a aquellas gentes, permitiendo a los cristianos recuperar los restos de los frailes y transportarlos a la residencia del infante Pedro de Portugal, quien colocó las cabezas y los cuerpos en dos cofres de plata y se los llevó consigo a su patria.
El príncipe llevó las preciosas reliquias a la iglesia del monasterio real de la Santa Cruz, en Coímbra, donde fueron recibidas con solemne reverencia por los reyes y el pueblo, y donde aún hoy se veneran.
El martirio de los franciscanos motivo al joven sacerdote Fernando de Lisboa, de la Orden de los Canónigos Regulares de San Agustín, optar por ingresar en la Orden de los Hermanos Menores: era el que hoy conocemos y veneramos como San Antonio de Padua.
El Papa Sixto IV los canonizó con una bula Cum alias animo el 7 de agosto de 1481.
Tomado de Frati Minori Santi e Beati, a cura di Fr. Silvano Bracci, OFM e Sr. Antonietta Pozzebon, FMSC. Editrice Velar, 2009, pp.19-22.