17/04/2022
¿Por qué mataron a Jesús?
La muerte por crucifixión de Jesús a manos de Poncio Pilato es el hecho más aceptado por los críticos históricos en la vida de Jesús. Es así debido a que su particular ejecución no solo es atestiguada en los Evangelios sino también en antiguas fuentes externas de autores no cristianos, algunos de ellos enemigos del cristianismo, como Josefo o Tácito, entre otros.
Sin embargo, el consenso se pierde a la hora de establecer las razones por las cuales el hombre de Nazaret fue llevado a la cruz. Algunos de los historiadores escépticos que equivocadamente intentan hacer una distinción entre “el Jesús histórico” y “el Jesús de la fe” han llegado a conclusiones singularmente erradas, como que Jesús fue ajusticiado porque era un alborotador social o una amenaza política para el Imperio Romano. Y lo hacen en gran medida por descartar muchos de los relatos sobre Jesús que se hallan en los Evangelios, al considerarlos no históricos, argumentando que son el resultado de una elevación teológica posterior por parte de sus seguidores, para hacer del nazareno alguien que él nunca reclamó ser.
Pero cuando nos acercamos objetivamente a las fuentes históricas de la vida de Jesús, somos capaces de encontrar las verdaderas razones por las cuales el Maestro terminó colgado en un madero por orden de las autoridades romanas. Nos aproximaremos al evento, tal como lo haríamos en el caso de cualquier reo que eventualmente fue ejecutado por la justicia: analizando su juicio. ¿Cómo se le juzgó? ¿Quiénes fueron sus jueces? ¿Qué acusaciones se hicieron en su contra? ¿Qué se dijo en su defensa? Y finalmente, ¿Qué motivó su sentencia?
El relato de Marcos 14:53-64 nos presenta a Jesús frente al Sanedrín, el concilio de las más altas autoridades religiosas de los judíos, a Pedro como un testigo ocular de los hechos, a los principales sacerdotes intentando por todos los medios incriminar al acusado y a muchos testigos que hacían declaraciones evidentemente falsas debido a sus inherentes contradicciones. En medio de este escenario, el sumo sacerdote Caifás decide que va a tomar la situación en sus manos y le hace a Jesús una pregunta muy directa y concisa: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? A lo que Jesús, osadamente respondió: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. Esta escandalosa declaración, calificada de blasfemia, hizo que Caifás rasgara su vestidura y en compañía de sus colegas condenara a Jesús declarándole ser digno de la pena capital. De no ser porque Roma había vetado a los judíos el ius gladii o “derecho de espada” para ejecutar a sus sentenciados, Jesús probablemente habría mu**to apedreado tal como lo establece la ley judía para el delito de blasfemia contra Dios.
El resto de la historia es bien conocido, los líderes religiosos llevan a Jesús ante Pilato y lo presionan hasta el punto de que éste se ve obligado a dar la orden para crucificar al galileo.
Vemos entonces que la razón por la que condenan a muerte a Jesús es que se atribuyó títulos cristológicos que rayaban en pretensiones divinas. Dijo ser el Cristo (Mesías), el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Y esto fue considerado blasfemo por sus jueces judíos. Pero esta no fue la única ocasión en que el maestro se atribuía dichos títulos. De hecho, esta forma de autocomprensión de Jesús es frecuentemente detectada en su predicación evangelística.
Cuando los mensajeros de Juan el bautista son enviados a preguntar a Jesús ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro? (Lc. 7:18-22). Jesús le hace saber a Juan que él es el cumplimiento de las profecías de Isaías acerca de un Mesías divino que vendría a la Tierra a hacer milagros de sanación, resucitar mu**tos y anunciar el evangelio a los pobres (Is. 35:4-6; 26:19; 61:1). Además, Jesús agregó que el mismo Juan era el cumplimiento de otras profecías que anunciaban la llegada de uno que prepararía el camino para que el mismo Dios viniera a caminar entre los hombres (Lc. 7:24-27; Mal. 3:1; Is. 40:3).
Jesús también afirmó ser el Hijo de Dios en una expresión bastante explícita recogida en Mateo 11:27 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Aquí Jesús nos dice que piensa de sí mismo ser la máxima revelación de Dios el Padre y el único con la autoridad para decidir con quiénes compartir dicha revelación. Esto definitivamente lo pone en un nivel superior al de cualquier hombre, profeta o incluso ser angelical que haya sido creado.
Por último, con la expresión “el Hijo del Hombre”, la autodescripción favorita de Jesús, leída más de 80 veces en los evangelios (todas ellas en boca del mismo Jesús), el rabino, lejos de querer identificarse como un ser humano común, está haciendo referencia a una figura escatológica divina descrita por el profeta Daniel, a quien le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Y de quien además se dice que su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido (Dn. 7:13-14).
¿Qué nos resta hacer a nosotros frente a semejante predicación? Las opciones no son muy variadas. O creemos que es verdadero el mensaje completo de Jesús, que además de incluir enseñanzas de índole moral, también contiene una autoproclamación de su carácter divino; o nos negamos a creer, volviéndole a condenar a muerte por crucifixión por el delito de blasfemia.
Por Jefferson Muscarneri.
Si quieres profundizar en el tema mira el video:
👉 https://youtu.be/pC0GCOjv6S4