06/06/2026
Del Escritorio de Nuestro Párroco
Querida familia:
En este día de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo —también conocida como la Fiesta del Corpus Christi—, la Iglesia celebra la presencia real de Cristo, la cual abarca el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo en los elementos de la Eucaristía: el pan y el vino. La presencia real de Cristo, bajo el velo del pan y del vino, nos guía y nos conduce hacia el descanso eterno. Esa misma presencia de Dios, oculta bajo el velo del maná en el Antiguo Testamento, nutrió y condujo al pueblo elegido hacia la tierra del descanso: la Tierra Prometida.
En el Evangelio de hoy, Jesús pronuncia el discurso sobre el Pan de Vida ante sus discípulos. No se trataba de una enseñanza simbólica cuando les dijo a sus oyentes que Él es el Pan de Vida y que ofrece su cuerpo para ser comido. En aquel entonces, esto resultaba difícil de aceptar; de hecho, acusaron a Jesús de querer convertirlos en caníbales al pedirles que hicieran tal cosa.
Hoy, sin embargo, somos capaces de aceptarlo, pues recibimos el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía. Pero no debemos equivocarnos: la intención de Jesús era entregarse a sí mismo para nuestra salvación. Esto implica no solo recibirlo físicamente, sino también aceptar su amistad y su Señorío. Fue la expresión suprema del amor de Dios hacia nosotros. Este es el motivo y el significado de la solemnidad que hoy celebramos. Nuestra profesión de fe en la realidad y la verdad del Cuerpo y la Sangre de Jesús en la Eucaristía constituye nuestra propia expresión de reconocimiento del amor de Dios.
Este Pan de Vida es la misma Palabra de Dios a la que se refiere el primer capítulo del Evangelio de San Juan. Él está vivo y es eficaz (Heb 6:4). Esta Palabra viviente proviene del cielo; Él es el Hijo del Dios vivo. Allí donde Él entra, surge la vida en toda su plenitud. Esa misma Palabra de Dios, actuando como mandato divino, se transformó en el maná. Todo indica que la Palabra de Dios obra la transformación del pan y del vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Esta Palabra de Dios es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, quien posee dos naturalezas: la humana y la divina. Él constituye la forma más excelsa de la presencia real de Dios en la tierra. La intención de Jesús es revelar a los hombres quién es Él en realidad.
En el pronunciamiento de Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”, Él estableció su divinidad y quiso que nosotros participáramos de ella, así como Él se humilló para participar de nuestra humanidad. Él nos ofrece la inmortalidad por medio de su carne.
Los judíos fueron incapaces de comprender la enseñanza de Jesucristo acerca de sí mismo y de su divinidad. Ellos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne y a beber su sangre?” Malinterpretaron a Jesús como resultado de su propia mentalidad. Lo escuchaban, pero no con la intención de cambiar su modo de vida; lo escuchaban para buscarle fallas, en lugar de escucharlo para aprender. Para ellos, el reinado de la Ley mosaica —la cual no es perfecta— resultaba más importante y preferible que el reinado de Jesucristo, quien ha venido a perfeccionar todas las cosas. En los libros del Levítico (7:10-14) y del Deuteronomio (12:16), se instruye a los judíos a no comer carne con sangre ni a beber sangre. Estaban absortos en pensamientos terrenales y no reconocieron el significado espiritual de la enseñanza de Jesús. Muchos se encuentran todavía en la misma postura que los judíos, dudando de la presencia real y de la divinidad de Jesucristo.
La primera lectura de hoy relata todo lo que Dios ha hecho por nosotros: desde liberar a nuestros antepasados de la esclavitud en Egipto, hasta proveerles alimento —el maná del cielo— y agua para saciar su sed; desde salvarlos de las serpientes durante su travesía por el desierto, hasta conducirlos a su llegada a la Tierra Prometida. Los israelitas se equivocaron al pensar y sentir que habían sido abandonados tras su salida de Egipto.
En la segunda lectura de hoy, San Pablo —en su Primera Carta a los Corintios— pregunta a los primeros cristianos si acaso la copa que bendecían y el pan que partían no constituían una participación en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Aquí, el término “participación” significa amistad con el Señor. Cuando somos invitados a sentarnos a la mesa con Él, a partir el pan y a bendecir la copa de vino, establecemos una relación estrecha con Él. Y tal como Él mismo afirmó durante el lavatorio de los pies: somos sus amigos; y, para Jesús, un amigo es aquel que está dispuesto a dar su vida por su amigo. En efecto, llegado el momento oportuno, Jesús murió en la cruz por nosotros: sus amigos. Tal es la clase de amistad que Jesús nos profesaba. Recuerda también que, desde la creación, fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Ese es otro testimonio de cuánto nos ama Dios y de lo que somos para Él.
Y la amistad de Jesús no termina ahí. Su amor por nosotros continúa en la Eucaristía. Dios es constante. Envió a su Hijo para ocuparse personalmente de nuestra salvación. En el Espíritu, Él continúa estando con nosotros. Por ello, creemos que en la Eucaristía el pan y el vino se transforman en su Cuerpo y su Sangre, y no son meros símbolos. Dios, en el Espíritu y en Jesucristo, se nos ofrece a sí mismo para ser comido y bebido.
Es una ofrenda de amor incesante. La pregunta es: ¿le correspondemos nosotros con amor? Si lo hacemos, debemos comenzar por recibirlo con fe en su mesa. Es por esta razón que se nos exige confesarnos y reconciliarnos con Dios antes de recibirlo en la comunión. Pues, ¿cómo podríamos recibirlo y relacionarnos con Él como amigo si nos hallamos en pecado? Un respeto verdadero y auténtico hacia la celebración y recepción de la Eucaristía requiere un alma reconciliada. Jesús prometió la vida a aquellos que coman su carne, transformándonos en el Pueblo Santo de Dios. Mientras estamos en la tierra, Él vive en nosotros, convirtiéndonos en su tabernáculo viviente. Que Dios nos conceda la gracia de recibirlo dignamente, para que su presencia real permanezca en nosotros y se manifieste en todas nuestras obras.
Nos regocijamos y damos gracias por esta festividad y por esta realidad. Damos gracias a Dios por su amor eterno e incondicional. Él lo realizó en Jesucristo. Él lo perpetuó en el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo: la Eucaristía. Este es el Sacramento que nos mantiene como ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!
Santísima Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, Papa San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Charbel, rueguen por nosotros.
¡Suyo en Cristo!
P. Omar