09/06/2026
Our Picnic:
A table big enough for everyone
There is something beautiful that happens when people sit down together to share a meal. Conversations begin, laughter is heard, children play, and for a few hours, the things that often divide us begin to disappear.
Our parish picnic is more than an opportunity to enjoy good food and spend time together. It is an invitation to become more truly a community that prays and works together.
In our parish, we come from different countries, cultures, and backgrounds. Some of us speak English, others Spanish, and many of us carry different stories and traditions. Unfortunately, differences in language and culture can sometimes create invisible walls between us. We may naturally stay close to those who speak like us, look like us, or come from the same place we do.
But the Church is called to be different.
Jesus did not gather people who were all the same. He brought together people with different personalities, backgrounds, and stories and taught them to become one family.
That is what we hope our parish picnic can be: an opportunity to meet someone new, sit beside someone you may not know, share a meal with someone who speaks a different language, and discover that we have much more in common than we think.
Perhaps the first step toward breaking down prejudice is simply getting to know one another.
A picnic may seem like a simple event, but sometimes simple moments build the strongest bridges. A shared meal can become a conversation. A conversation can become understanding. Understanding can become friendship.
So, when we gather for our parish picnic, let us come with open hearts. Let us leave behind the walls created by language, culture, assumptions, and prejudice.
Let us bring our food, our families, our stories—and most importantly, our willingness to welcome one another.
Because when we truly come together as one community, we show the world what the Church is meant to be:
One family, gathered around the same table, with room for everyone.
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Nuestro Picnic:
Una mesa con espacio para todos
Hay algo hermoso que sucede cuando las personas se sientan juntas para compartir una comida. Comienzan las conversaciones, se escuchan las risas, los niños juegan y, por unas horas, parecen desaparecer aquellas cosas que tantas veces nos dividen.
Nuestro picnic parroquial es mucho más que una oportunidad para disfrutar de buena comida y pasar un rato agradable juntos. Es una invitación a convertirnos verdaderamente en una comunidad que ora y trabaja junta.
En nuestra parroquia venimos de diferentes países, culturas y realidades. Algunos hablamos inglés, otros español, y cada uno de nosotros lleva consigo una historia, unas tradiciones y unas experiencias diferentes. Sin embargo, las diferencias de idioma y cultura pueden, a veces, levantar muros invisibles entre nosotros. Es fácil permanecer cerca de quienes hablan como nosotros, se parecen a nosotros o vienen del mismo lugar.
Pero la Iglesia está llamada a ser diferente.
Jesús no reunió a personas que fueran todas iguales. Reunió a hombres y mujeres con diferentes personalidades, historias y orígenes, y les enseñó a convertirse en una sola familia.
Eso es lo que esperamos que sea nuestro picnic parroquial: una oportunidad para conocer a alguien nuevo, sentarnos junto a una persona que quizás no conocemos, compartir una comida con alguien que habla otro idioma y descubrir que tenemos mucho más en común de lo que pensamos.
Quizás el primer paso para derribar los prejuicios sea simplemente conocernos mejor.
Un picnic puede parecer algo sencillo, pero a veces los momentos más sencillos son los que construyen los puentes más fuertes. Una comida compartida puede convertirse en una conversación. Una conversación puede llevarnos a comprendernos mejor. Y la comprensión puede convertirse en amistad.
Por eso, cuando nos reunamos para nuestro picnic parroquial, vengamos con el corazón abierto. Dejemos atrás los muros que crean el idioma, la cultura, las suposiciones y los prejuicios.
Traigamos nuestra comida, nuestras familias, nuestras historias y, sobre todo, nuestra disposición para acoger a los demás.
Porque cuando verdaderamente nos reunimos como una sola comunidad, mostramos al mundo lo que la Iglesia está llamada a ser:
Una sola familia, reunida alrededor de la misma mesa, con espacio para todos.