08/30/2026
Do you really want to carry your cross?
There is a sentence in today’s Gospel that I find difficult to accept: “Whoever wishes to come after me must deny himself, take up his cross, and follow me.” I think most of us are willing to follow Jesus—as long as He takes us where we want to go.
We want Jesus to bless our plans, protect the people we love, solve our problems, and make the road ahead a little smoother. But then Jesus says something unexpected: Take up your cross.
The truth is, I don’t usually choose my crosses. They often arrive without asking permission. A difficult relationship. A disappointment that still hurts. A responsibility I never expected. A door that closed when I was certain it would open. Sometimes the cross is even something within me that I wish I could change.
And this is where today’s Gospel becomes personal. Perhaps following Jesus is not always about asking Him to remove every difficult thing from my life. Perhaps the deeper prayer is: “Lord, show me what you can do with this.” That is a very different prayer.
It means I don’t have to pretend that the cross doesn’t hurt. I don’t have to understand everything that happens. I can simply place it before Christ and say, “I don’t understand this, but I don’t want to let it destroy me.”
Jesus did not seek the cross because suffering itself was good. He accepted it because love was worth the price. Maybe that is the heart of discipleship: learning to love when it costs us something.
So perhaps I need to look at the crosses in my own life differently—not asking only, “Lord, when will this end?” but also, “Lord, what are you teaching me here? How can I love through this? And will you walk with me?”
Jesus does not promise to explain every cross. He promises to walk with us through it. And sometimes, that is enough to take the next step.
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¿En verdad quieres cargar tu cruz?
Hay una frase en el Evangelio de hoy que me cuesta aceptar: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga». Creo que la mayoría de nosotros estamos dispuestos a seguir a Jesús, siempre y cuando Él nos lleve por el camino que nosotros queremos.
Queremos que Jesús bendiga nuestros planes, proteja a las personas que amamos, resuelva nuestros problemas y haga un poco más fácil el camino que tenemos por delante. Pero entonces Jesús nos dice algo inesperado: «Carga con tu cruz».
La verdad es que yo no suelo escoger mis cruces. Muchas veces llegan sin pedir permiso. Una relación difícil. Una decepción que todavía duele. Una responsabilidad que nunca esperaba. Una puerta que se cerró cuando estaba seguro de que se abriría. A veces, la cruz es incluso algo dentro de mí que quisiera cambiar, pero que todavía no he podido cambiar.
Y es aquí donde el Evangelio de hoy se vuelve personal. Tal vez seguir a Jesús no siempre significa pedirle que quite de mi vida todo aquello que es difícil. Quizás la oración más profunda sea: «Señor, muéstrame qué puedes hacer con esto». Esa es una oración muy diferente.
Significa que no tengo que fingir que la cruz no duele. No tengo que entender todo lo que sucede. Simplemente puedo ponerla delante de Cristo y decirle: «No entiendo esto, pero no quiero permitir que me destruya».
Jesús no buscó la cruz porque el sufrimiento fuera bueno en sí mismo. La aceptó porque el amor valía la pena. Quizás ese sea el corazón del discipulado: aprender a amar cuando amar nos cuesta algo.
Por eso, tal vez necesito mirar de una manera diferente las cruces de mi propia vida, sin preguntarme solamente: «Señor, ¿cuándo terminará esto?», sino también: «Señor, ¿qué me estás enseñando aquí? ¿Cómo puedo amar en medio de esto? ¿Y caminarás conmigo?»
Jesús no promete explicarnos cada cruz. Promete caminar con nosotros a través de ella. Y a veces, eso es suficiente para dar el siguiente paso.