06/03/2026
Somos expertos en ver, juzgar, criticar y apedrear al prójimo con nuestras actitudes, comentarios, pero nunca nos detenemos a analizarnos y mirar si eso que estamos mirando en los demás, lo hacemos igual o peor.
No cabe duda de que la mujer era culpable de un crimen capital y que la Ley exigía que fuera apedreada, pero la Ley también estipulaba que el hombre culpable debía ser apedreado (Deuteronomio 22:22), que se necesitaran testigos y que uno de los testigos iniciara la ejecución. Los líderes judíos, sin embargo, actuaron con mala intención contra Jesús y fueron derrotados por su propio odio. No trajeron al hombre culpable ni presentaron a los testigos requeridos. No sabemos qué escribió Jesús, pero después de escribir una segunda vez, los judíos se retiraron, uno por uno, comenzando por los más viejos, hasta los más jóvenes, sin decir palabra alguna. Entonces, Jesús liberó a la mujer con una advertencia para que no volviera a pecar.
De este pasaje aprendemos que no debemos acusar a los demás sin antes examinar nuestros propios corazones y mentes para asegurarnos de que estamos puros en todos los aspectos posibles (Mateo 7:3).