09/03/2026
There is always a reason behind what God allows.
In Nehemiah 2, Nehemiah heard that the walls of Jerusalem had been broken down and burned with fire — not simply because Babylon destroyed them, but because Israel had “despised” the prophets God sent to warn them (2 Chronicles 36:16). Nehemiah prayed, and came to see that the broken wall was a picture of his people’s hearts, departed from God. Though he held a comfortable position as the king’s cupbearer, he asked leave to go and said, “Come, and let us build up the wall of Jerusalem, that we be no more a reproach” (Nehemiah 2:17) — and when the people united their hearts with God’s, the wall was finished in 52 days. That same restoration is ours in Christ: the veil that once separated us from God was torn when Jesus died, “a new and living way” opened by His own body (Hebrews 10:19-20). Our hearts are rebuilt not by our own effort, but by the same finished work that tore the veil in two.
Siempre hay una razón detrás de lo que Dios nos permite.
En Nehemías 2, Nehemías supo que los muros de Jerusalén habían sido derribados y consumidos por el fuego; no simplemente porque Babilonia los destruyó, sino porque Israel había «menospreciado» a los profetas que Dios envió para advertirles (2 Crónicas 36:16). Nehemías oró y llegó a comprender que el muro destruido reflejaba la condición de los corazones de su pueblo, alejados de Dios. Aunque ocupaba una posición cómoda como copero del rey, pidió permiso para partir y dijo: «Venid, y edifiquemos el muro de Jerusalén, y no estemos más en oprobio» (Nehemías 2:17); y cuando el pueblo unió su corazón al de Dios, el muro quedó terminado en 52 días. Esa misma restauración es nuestra en Cristo: el velo que antes nos separaba de Dios se rasgó cuando Jesús murió, abriéndose «un camino nuevo y vivo» a través de su propio cuerpo (Hebreos 10:19-20). Nuestros corazones no son reconstruidos por nuestro propio esfuerzo, sino por la misma obra consumada de Jesús que rasgó el velo en dos.