06/02/2026
“Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes, para que podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento”. // Aclamación del Evangelio
Cuando estaba en la universidad fui a un curso de la Teología del Cuerpo y el sacerdote hablaba sobre por qué los mandamientos eran necesarios. Nos enseñaba que la necesidad de estas “reglas” vienen más que todo por la oscuridad de nuestro corazón. Por ejemplo, si amamos a alguien, no es una tentación lastimarlos intencionalmente. La idea es que creciendo en Amor es más efectivo que simplemente evitando el pecado. Acercándonos más al Amor, nos acercamos más al Señor, nuestro refugio del pecado (Salmo 89, 2).
Entre más medito en esta verdad, más libre me siento. No debo tener un doctorado en teología (aunque me gustaría), sino que sólo debo tener un corazón dócil que se acoge a Él en cualquier momento de debilidad. La aclamación antes del Evangelio nos repite esto: “Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes, para que podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento.”
Su llamamiento es puro, y es uno que acoge todas las partes de nuestras vidas. Uno al que podemos seguir y abrir nuestra mente a la esperanza y caridad, y a la vez refugiarnos de la dureza de corazón y las actitudes de los sumos sacerdotes que vemos en el Evangelio de hoy. En vez de saberlo todo con lujo de detalle, podemos ser iluminadas y ver la historia completa: amar a Dios plenamente.
Hermanas, que hoy sea un día que puedas entrar en el refugio del Amor de Dios y ser libre del pecado y la escrupulosidad. Que en vez de tratar de ganar Su amor con perfección puedas quedarte en admiración de Su bondad y acercarte más a Su sagrado corazón que sólo busca intimidad contigo.
// Joanna Valencia