BIS Proclama Mi Alma

BIS Proclama Mi Alma Comunidad y La Palabra. Devociones diarias enviadas a tu buzón
de correos electrónicos.

Estamos aquí para caminar juntas en nuestra fe católica. Como comunidad de mujeres: madres, esposas, solteras, religiosas, estamos todas juntas en esta misión. Edifiquemos nuestro fundamento sobre la roca que es esta Iglesia y Su Palabra.

Hace poco, mientras nos bañábamos en el mar, mi esposo me compartió que algo que yo había dicho lo había hecho sentir ma...
09/05/2026

Hace poco, mientras nos bañábamos en el mar, mi esposo me compartió que algo que yo había dicho lo había hecho sentir mal.⁠

Mi primera reacción fue defenderme. Sentía que no había hecho nada malo y que las cosas no habían sucedido como él las veía. Me costaba escucharlo porque reconocerlo también significaba aceptar que podía haberlo herido.⁠

Después, cuando pude calmarme, volví a mirar su rostro y comprendí desde dónde me hablaba. No quería acusarme ni hacerme sentir culpable. Me hablaba el hombre que amo, quien me ha prometido permanecer conmigo en lo bueno y en lo malo. Me corregía porque me ama y porque desea cuidar nuestro matrimonio.⁠

Al leer hoy las palabras de san Pablo, sentí esa misma ternura. San Pablo no corrige a los corintios para avergonzarlos, sino como un padre que ama a sus hijos y desea ayudarlos a crecer. Entonces pensé que quizás Jesús también me corrige así. Con paciencia, toca mi soberbia, mi resistencia a escuchar y esa necesidad que tengo de querer controlarlo todo. Pero no lo hace para humillarme, sino para enseñarme a confiar.⁠

En el Evangelio, los discípulos caminan con hambre y Jesús no rechaza su necesidad. Los defiende. Comprendí que Él tampoco quiere arrancar de mi corazón los anhelos buenos que llevo dentro. Quiere corregir con ternura la manera en que intento cargarlos y controlarlos.⁠

Confiar no significa dejar de anhelar. Significa llevarle mi deseo sin exigir decidir cómo ni cuándo será respondido. Por eso, cuando la preocupación vuelve, repito: Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío. Poco a poco, mi corazón descansa y recuerda que Él ya está cuidando de mí.⁠

Hermanas, pidámosle al Señor que nos permita reconocer Su rostro de amor cuando nos corrige y confiarle, sin miedo, el hambre de nuestro corazón. Recemos juntas:⁠

Querido Jesús, vuelvo a escucharte, aunque al principio me defienda y no quiera reconocer lo que deseas mostrarme. Gracias por quererme, por corregirme y por acoger este anhelo sin avergonzarme. Gracias por caminar conmigo y cuidarme. Te quiero mucho. Amén.⁠

// Arianna Santamaría

El Espíritu conoce perfectamente todo, hasta lo más profundo de Dios.  // 1 Corintios 2, 10-11“Dame la mano, por favor.”...
09/01/2026

El Espíritu conoce perfectamente todo, hasta lo más profundo de Dios. // 1 Corintios 2, 10-11

“Dame la mano, por favor.”⁠

“No, mamá, puedo hacerlo sola. Ya verás, no te preocupes.”⁠

Desde que era una niña muy pequeña, he estado muy determinada a ser independiente y hacer las cosas a mi manera.⁠

Entonces, con toda la confianza del mundo en mí misma, nada más dar el primer paso, me caí e hice la croqueta por la escalera.⁠

Mi madre me levantó del suelo, y se puso a cuidarme las pupas que me hice por mi propia testarudez, aun cuando me había advertido y me había pedido cogerla de la mano, y cuya autoridad debería haber obedecido.⁠

Ah, la autoridad. Casi nos puede sonar como una palabra fea hoy en día. Como algo restrictivo o limitante, como si la obediencia a la autoridad se tradujese en poner en peligro nuestra propia libertad. A lo mejor es porque hemos perdido la esperanza en muchas de las figuras de autoridad en nuestra sociedad por sus actos de corrupción y falta de amor.⁠

Jesús, en el Evangelio de hoy, se pone a enseñar en la sinagoga. Y “todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad” (Lucas 4, 31). Pero Jesús va un paso más: Más allá de solo palabras, la Palabra hecha carne actúa.⁠

En su poder, echa el espíritu inmundo del hombre, e incluso el demonio lo reconoce como el Santo de Dios y lo obedece (vea Lucas 4, 34-35). Lo libera, dejando a la gente maravillada. “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen” (Lucas 4, 36).⁠

Esta es la verdadera autoridad. El Rey y Creador del universo, a quien mares y cielos obedecen, pronuncia algo y es. Siendo así, podría haber creado meros sujetos, pero por puro amor, nos adopta como hijos e hijas suyas. Y el verdadero amor nunca fuerza, sino que deja libre.

Y cuando desobedecemos, no nos abandona. Con la autoridad de un Padre que nos ama inmensamente, nos perdona y levanta. El salmo de hoy nos lo recuerda: “El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones. Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente” (Salmo 144, 8-9) Hermanas, esa sí es una autoridad en la que podemos confiar nuestras vidas.

Padre, ayúdanos a reconocer Tu autoridad como un don de Tu amor. Concédenos la obediencia y aumenta nuestra fe. Cuando caigamos y queramos ser dios de nuestra propia vida, haznos dóciles a Tu voluntad, pues Tú nos amas y nos conoces profundamente. Amén.

// Ashleigh Ladner

“El Espíritu del Señor está sobre mí; él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva.” // Lucas 4, 18Jesús r...
08/31/2026

“El Espíritu del Señor está sobre mí; él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva.” // Lucas 4, 18

Jesús regresa a Nazaret, el lugar donde todos lo conocen. Allí lee el pasaje del profeta Isaías y proclama con valentía que Él es el cumplimiento de la promesa de Dios: traer la buena nueva a los pobres, libertad a los cautivos, vista a los ciegos y esperanza a los oprimidos.

Al principio, la gente queda maravillada. Pero cuando Jesús desafía sus expectativas y les recuerda que la misericordia de Dios va más allá de su propia comunidad, la admiración se convierte en rechazo (vea Lucas 4, 28-29).

¿Cuántas veces hacemos lo mismo? Recibimos a Jesús mientras encaje en nuestros planes o responda a nuestras oraciones de la manera que esperamos. Sin embargo, su gracia siempre es más grande que nuestro entendimiento. Él nos invita no solo a creer en Él, sino también a confiar en Él, incluso cuando sus caminos ensanchan nuestro corazón y desafían nuestra manera de pensar.

Como mujeres de fe, estamos llamadas a reconocer aquellos lugares de nuestra vida donde Jesús desea traer libertad y sanación. No podemos compartir su amor con los demás hasta que primero le permitamos transformarnos a nosotras mismas.

"Oh Jesús, yo me entrego a ti, encárgate de todo." Esa ha sido mi oración constante durante estos últimos meses, desde el momento en que abro los ojos cada mañana. ¿La razón? La incertidumbre que mi ansiedad provoca.
Una y otra vez le he entregado al Señor la división que existe en mi familia, la lealtad quebrantada que ha afectado algunas de mis amistades, la lucha por mantenerme firme en el cuidado de mi salud, el sentirme cuestionada respecto a mis capacidades para la próxima vocación a la que Él me llama, la incertidumbre sobre mi futuro y la oscuridad que intenta envolverme cuando mi ansiedad aumenta.

Vuelve.
Esa es la palabra que Él sigue susurrando a mi corazón.
Vuelve a Mí.

Todas estas interrupciones han traído caos a mi mente y a mi corazón. He permitido que el dolor, los pensamientos de inquietud, los "¿y si...?", y las preocupaciones de este mundo ocupen un lugar demasiado grande en mi vida. Y, aun así, Él solo me pide una cosa: volver a Él... en los sacramentos, en la capilla, en su Palabra y en mi vida de oración.

Quizá la parte más impactante de este Evangelio es que Jesús no discute con la multitud enfurecida. Mientras lo llevaban hacia el precipicio, simplemente "pasó por en medio de ellos y siguió su camino” (Lucas 4,30).

Qué consuelo saber esto para toda mujer que carga pesos que parecen demasiado grandes, que espera respuestas a oraciones que parecen no llegar o que, en algún momento, se ha preguntado si Dios todavía la ve.

El mismo Jesús que caminó serenamente entre aquella multitud sigue caminando con nosotras hoy. Ningún rechazo, ninguna decepción, ningún miedo ni ninguna incertidumbre pueden detener los planes que Dios tiene para tu vida.

Lo que Él te pide es sencillo, aunque no siempre fácil:
Vuelve.
Vuelve a su presencia antes de perderte en tus preocupaciones.
Vuelve a su verdad antes de creer tus miedos.

Vuelve a su voz antes de distraerte por el ruido del mundo.

// Paulina Cambron

"El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.” Mateo 16:24Hay una cosa que nuestra ...
08/30/2026

"El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.” Mateo 16:24

Hay una cosa que nuestra fe católica nos promete: el sufrimiento.
Se nos promete el sufrimiento en este lado del cielo. Y aunque puede ser difícil aceptarlo o incluso escucharlo, Cristo no nos promete salvarnos del sufrimiento. En cambio, nos invita a abrazarlo.

En el Evangelio de hoy, podemos ver la batalla interior que comienza a experimentar San Pedro. Cuando el Señor anuncia el sufrimiento que habrá de padecer, el corazón de Pedro reacciona: “¡Dios no lo permita, Señor! Eso no te puede suceder a ti.” (Mateo 16, 22)

Es una reacción muy humana. Probablemente, muchas de nosotras reaccionaremos de la misma manera si supiéramos que alguien que amamos estaba destinado a sufrir. Pedro escucha que Cristo sufrirá, pero también sabe, en lo profundo de su corazón, que él mismo sufrirá al verlo sufrir. Entonces Cristo lo reprende y le muestra con firmeza que esto es parte de la voluntad del Padre. ¿Por qué?

Recuerdo una etapa de mi vida en Austria en la que estaba muy enferma. Me sentía débil, agotada y profundamente sola. Durante un viaje en tren, una mujer mayor se sentó a mi lado. Ella lloraba y hablaba en alemán. No podía entender sus palabras, pero podía reconocer su dolor.

Después de notar que yo estaba enferma, tomó su manta y la colocó sobre mí. Tomé su mano, saqué mi rosario y comencé a rezar. En aquel momento comprendí que no necesitaba tener todas las respuestas. Necesitaba permitir que Dios me amara a través de alguien más. Por primera vez pude decir: “Señor, no quiero huir de esta cruz. Te la entrego. Enséñame a abrazarla.”

Si la voluntad del Padre para nuestra vida incluye el sufrimiento, entonces tenemos que aprender a abrazarla.

Cristo no le dijo a San Pedro: “No te preocupes, esto no va a suceder”. Tampoco le dijo: “Haré todo lo posible para evitarlo”. Le dijo que tomará su cruz y lo siguiera.

Porque el amor requiere sufrimiento. Y Aquel que es el Amor mismo comprende nuestro sufrimiento.

Hermana, abraza tu cruz. La escuela del sufrimiento produce amor. Amar a Cristo significa reconocer que, en este lado del cielo, habrá sufrimiento. Pero ten ánimo: no estás sola. Tomar tu cruz no significa que será fácil. Significa que estás eligiendo amar. Y cada vez que eliges amar en medio del sufrimiento, te estás acercando un poco más al corazón de Cristo.

// Ashley Diaz

“Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.” // Marcos 6, 20 ⁠⁠Había pasado semanas abrien...
08/29/2026

“Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.” // Marcos 6, 20 ⁠

Había pasado semanas abriendo y cerrando el mismo documento, escribiendo unas líneas y borrándolas enseguida. Recuerdo una tarde en la sala de mi apartamento con el corazón inquieto: deseaba compartir mi fe, pero sentía miedo de que quienes me conocen no lo entendieran. ¿Y si me juzgan? ¿Y si piensan que no soy capaz? ¿Y si no soy suficiente para esta misión? Ese n**o en la garganta regresaba cada vez que la verdad me invitaba a salir del silencio y me animaba a dar un paso a pesar de cualquier temor.⁠

El Evangelio de hoy me lleva a mirar a Juan el Bautista, que no vivió para agradar, sino para ser fiel al Señor. Herodes lo escuchaba con gusto, incluso quedaba desconcertado, pero no dio el paso de la conversión. Juan, en cambio, eligió la verdad aunque le costara la vida (vea Marcos 6,18). Su misión no dependía de la aprobación de los demás, sino de la voz de Dios en su interior.⁠

Cuántas veces somos como Herodes: sabemos lo que es correcto, pero nos paraliza el miedo a incomodar, a quedar mal, al rechazo. Y cuántas veces, el Señor nos llama a ser como Juan: a hablar con claridad, a amar con verdad, a ser luz incluso cuando la oscuridad nos rodea. La verdad no siempre es cómoda, pero siempre es liberadora.⁠

Cuando finalmente di el paso de iniciar mi misión digital, entendí que la fidelidad no es ausencia de miedo, sino caminar más allá de él, confiando en que Dios nos sostiene en el camino. La valentía nace cuando dejamos que la verdad del Señor sea más fuerte que nuestras propias inseguridades.⁠

Hermana, ¿en qué área de tu vida el Señor te invita hoy a ser valiente como Juan? ¿Dónde te pide elegir la verdad por encima del temor? Quizás ese pequeño acto de fidelidad sea el lugar donde Él anhela encontrarte y fortalecerte.⁠

Señor, dame la valentía de Juan. Enséñame a elegir la verdad con amor, incluso cuando me cueste. Amén. ⁠

// Marlene Durán

"Nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es un escándalo para los judíos y una locura para los paganos" // 1 Corin...
08/28/2026

"Nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es un escándalo para los judíos y una locura para los paganos" // 1 Corintios 1, 23

Viviendo en Tierra Santa estos últimos dos años, he conocido a personas interesantes. Algunas son tan creyentes y judías que ni me miran y no caminan, corren, para llegar a la oración a tiempo, a veces dando sus empujones cuando es necesario. Otros judíos son un poco antiguos y un poco modernos.

Hay algunos que se llaman judíos mesiánicos: creen en Jesús como el Mesías, pero siguen rituales judíos. Están los cristianos, con tantas profesiones distintas de la misma fe y un poco difíciles de encontrar, aunque a veces nos sorprende un rosario colgado del espejo retrovisor de un carro. Hay musulmanes que nos hablan y otros que solo se preguntan por qué nos vestimos tan raro. Tenemos en Tel Aviv tantos amigos ateos que ahora casi siempre asumo que no quieren saber de Jesús.

Pero recientemente una amiga de esta última "categoría" nos sorprendió diciendo que se quiere bautizar como cristiana. Aún no sabemos en qué terminará esta situación, si es de juego, pura curiosidad o algún encuentro con nuestro Dios que la ha abierto a proclamar tal cosa, pero rezamos por ella y nos mantenemos a su disposición. Así como nos recuerda san Pablo, nosotros no tenemos que administrar el bautismo, pero sí tenemos que predicar el Evangelio. Más que con palabras, hay que dejar que hable la elocuencia de la Cruz (1 Corintios 1, 17).

Como en el tiempo de san Pablo, aún vemos hoy en día que predicar a un Mesías crucificado por amor a nosotros, resultando en nuestra salvación copiosa, es un escándalo para algunos y, para otros, una locura (1 Corintios 1, 23). Aun así, al predicar esta verdad poderosa por medio de nuestras vidas, vemos que la conversión del corazón humano sigue siendo una respuesta a esta locura del Evangelio, "la locura de Dios" (1 Corintios 1, 25).

Le pido a nuestro Dios que, ya sea que estemos solo empezando este proceso de conversión o quizás desde niñas ya nos haya convencido el escándalo de Cristo crucificado, podamos seguir fieles en este camino de fe y enamoradas del Dios que nos ama con locura. Te invito a rezar con las palabras de san Agustín, cuya fiesta es hoy y quien conoce muy bien lo que es enfrentarse con la verdad del Evangelio y ser transformado.

"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! […] Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti". (Confesiones, Libro 10, capítulo 27).

// Rocío Hermes

Al entrar en la capilla del retiro, las palabras del sacerdote resonaron en mi mente: «Y si hay algún santo en particula...
08/27/2026

Al entrar en la capilla del retiro, las palabras del sacerdote resonaron en mi mente: «Y si hay algún santo en particular por el que sientas rechazo, te animo a pedirle a ese santo que interceda por ti».⁠

Pero, pensé para mis adentros, a mí me gustan todos los santos. Tras un momento de silencio, recordé mi resistencia ante la historia de las abundantes lágrimas de santa Mónica por su hijo, y la posterior conversión y santidad de este. ¿Acaso siento envidia?⁠

Con timidez, le pedí a Jesús que me presentara a Santa Mónica. La claridad llegó de inmediato. Nunca se pretendió que comparara mis oraciones —aparentemente ineficaces— por mis hijos descarriados con las oraciones escuchadas de santa Mónica. Más bien, me invitaba a entablar una amistad con ella. Resulta que ella desea interceder por mí y comprende el corazón de una madre que anhela la conversión de toda su familia.⁠

Las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy traen consigo esa misma claridad sorprendente que experimenté aquel día en la capilla. «¡Manténganse en vela! Porque no saben qué día vendrá su Señor» (Mateo 24, 42). Al examinar mi propio corazón, veo con qué frecuencia caigo en la comodidad y la indiferencia, restando importancia a la misión que Dios me ha encomendado. A veces me siento sin ganas, apenas dispuesta a hacer mi parte para que otros puedan participar del Pan de Vida. Otras veces, dudo de si el Señor realmente vendrá. No golpeó físicamente a sus otros servidores como pasa en el Evangelio de hoy, pero a veces tiendo a criticar la labor que realizan en lugar de colaborar con ellos para mejorarla.⁠

Cada domingo rezamos en el Credo que Él vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y mu***os. ¿Qué nos encontraría haciendo si viniera por nosotras hoy? ¿Estaremos, como santa Mónica, preparadas para participar de su gloria cuando Él regrese? Escuchemos y obedezcamos las palabras de Jesús: «¡Manténganse en vela!» (Mateo 24, 42).⁠

Hermana, ¿hay algún santo hacia el que sientas rechazo? Pídele a Jesús que te lo presente. Tal vez quiera regalarte, a través de ese santo, una nueva amistad y un intercesor para este momento de tu vida.⁠

// Lani Bogart

«Por eso, cuando estaba entre ustedes, les repetía una y otra vez: “El que no quiera trabajar, que no coma”» (2 Tesaloni...
08/26/2026

«Por eso, cuando estaba entre ustedes, les repetía una y otra vez: “El que no quiera trabajar, que no coma”» (2 Tesalonicenses 3, 10).

Recuerdo que, durante mis años de universidad, me enseñaron que el mundo sería mejor y más justo si recibiéramos todo lo necesario para sobrevivir. Esto chocaba con lo que había aprendido en la escuela secundaria católica: si eso fuera cierto, ¿por qué un Dios amoroso habría condenado a Adán al trabajo duro? Aunque mantenía una relación viva con Dios, estas dos visiones del mundo libraban una batalla en mi interior que no encontraría respuesta hasta años más tarde.⁠

Unos diez años después, durante un estudio bíblico, un reconocido profesor católico explicó cómo, tras la caída, la llamada de Adán al trabajo y la de Eva a dar a luz eran un medio para que ambos volvieran al amor que habían rechazado por egoísmo. Más adelante, al descubrir cómo san Josemaría Escrivá hablaba tan bellamente de la capacidad del trabajo para santificarnos, fui comprendiendo poco a poco que el trabajo es algo hermoso: es una de las formas en que cooperamos con la propia creatividad de Dios. ⁠

Por lo general, y a men**o por instinto de supervivencia, ya que, de tener la oportunidad, cedería a la pereza, el trabajo nos permite salir de nosotros mismos y hacer algo por el mundo. Visto así, tiene sentido que un Dios amoroso llame a la humanidad a trabajar. Es algo propio de un Padre amoroso, un Padre que conoce a sus hijos mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos.⁠

Hermanas, en este camino de fe habrá momentos en que la cultura y la fe parezcan chocar en sus visiones del mundo. Cuando esto ocurra y surjan las dudas, acudamos a Dios no con cinismo ni recelo, sino con confianza. Puede que pasen años hasta hallar las respuestas, pero pidamos la gracia de «permanecer en la barca» mientras luchamos con esas inquietudes.⁠

Recemos juntas: ⁠

Padre, cuando me sienta confundida y no comprenda tu Palabra, ayúdame a acercarme a ti y a la Iglesia con curiosidad y confianza. Aparta de mi corazón cualquier tendencia al orgullo o a la desconfianza hacia Ti. Amén. ⁠

// Christy Vaissade

“Me mostró a Jerusalén, la ciudad santa, que descendía del cielo, resplandeciente con la gloria de Dios. Su fulgor era s...
08/24/2026

“Me mostró a Jerusalén, la ciudad santa, que descendía del cielo, resplandeciente con la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una piedra preciosa, como el de un diamante cristalino.” // Apocalípsis 21, 10-11

La novia lucía resplandeciente al caminar lentamente hacia su prometido, quien la esperaba en el altar. Llevaba su mejor peinado, maquillaje que resaltaba sus mejores facciones, y el vestido blanco más hermoso y delicado que jamás se había puesto. Su amado la miraba lleno de ilusión; sentía un amor ardiente que parecía explotar en su pecho al pensar que pronto estarían unidos por siempre.⁠

La primera lectura de hoy, del libro de Apocalipsis, nos muestra cómo será aquel día, en el que la Iglesia llegue a la perfecta unión con Cristo. Al leer esta lectura, recuerdo un pasaje de Santa Teresita de Lisieux en su libro Historia de un Alma. Antes de entrar al convento, ella comenzó a preparar su alma para unirse con su Amado diciendo, “Comprendí también que una prometida debería estar engalanada para el día de sus bodas, y que yo no había hecho nada para ello…Por eso, voy a poner todo mi empeño en prepararme un hermoso vestido recamado de piedras preciosas”. Este traje no era material, sino más bien espiritual, en el cual cada sacrificio, cada acto de amor y cada práctica de las virtudes era un nuevo diamante para su vestido. ⁠

Señor, yo tampoco he hecho mucho para engalanarme para Ti. Mi vestido espiritual está roto, descuidado y no es un regalo precioso para ti. Muchas veces me arreglo y me pongo bonita para todo el mundo aquí. Subo fotos en redes en las que me veo hermosa, le comparto mis acciones maravillosas a mis amigas, le muestro a todos mis lados buenos… pero para Ti, ¿cómo preparo mi alma para Ti? ⁠

Con mi voluntad me cuesta adornarme para Ti. No te veo, no te siento, no recibo nada preparando mi vestido espiritual. Te necesito, solo con Tu gracia puedo cambiar, desearte y amarte a ti más que a los humanos. Quiero complacerte, pero mi mente no quiere hacerlo. Quiero ser una novia resplandeciente para ti. Quiero agradarte y llenarme de regalos y tesoros para ti. Pero solita no puedo. ⁠

Por favor, Señor, hoy Te pido que me des la gracia de no desear nada más que preparar mi alma para una unión perfecta contigo. Que mi alma sea hermosa, pura, radiante, llena de diamantes, piedras preciosas y cristales para ti. Que mi amor por Ti sea tan profundo que mi alma pueda unirse completamente a Ti, como dos novios locamente enamorados en el día de su boda. Amén.

// Natalia DuTeau

«Crea en mí, Señor, un corazón puro». // Salmo 50, 12Durante años, con mi familia, hubo una pregunta que repetíamos con ...
08/20/2026

«Crea en mí, Señor, un corazón puro». // Salmo 50, 12

Durante años, con mi familia, hubo una pregunta que repetíamos con frecuencia: ¿Cómo está tu corazón? Era nuestra manera de detenernos y mirar dónde lo teníamos puesto y qué estaba ocupando el lugar que le correspondía a Jesús.

Con los trajines de la vida, si soy sincera, ya no nos la preguntamos tanto. Y hoy, al volver a hacérmela, mi respuesta es sencilla: mi corazón está alborotado. Está lleno de planes, de deseos, de cosas buenas que quiero tener medidas y bajo control. Quiero confiar en Dios, pero muchas veces me descubro intentando tenerlo todo resuelto por mis propias fuerzas.

Hay una parte del Evangelio de hoy que me remueve especialmente: la de aquel hombre que había aceptado la invitación al banquete, pero que, cuando el rey se acercó y le preguntó por qué había entrado sin traje de fiesta, se quedó callado (vea Mateo 22, 11-12).

No sé por qué no llevaba el traje ni qué habría pasado si hubiera respondido. Pero no podía dejar de pensar en su silencio. ¿Por qué no le dijo nada?

Pienso: Señor, yo quisiera responderte. Decirte que siento no haber venido preparada, darte las gracias por haberme invitado, decirte que quiero estar contigo. Que este es el corazón con el que he llegado y preguntarte: ¿qué puedo hacer para arreglarlo?

Y entonces me doy cuenta.
Otra vez quiero arreglarlo yo.

Quiero tener bajo control mis planes, mis deseos, lo que viene mañana… y hasta mi propio corazón.

Pero entonces vuelvo a la primera lectura y encuentro Tu respuesta: «Les daré un corazón nuevo» (Ezekiel 36,26).

Eres Tú.
Tú eres quien me da un corazón nuevo.

Tú eres quien puede arrancar el corazón de piedra y darme un corazón de carne. Yo no tengo que llegar ante Ti con el corazón ya arreglado. Mi parte es reconocer cómo está, entregártelo y dejarte actuar.

Qué descanso descubrir que tampoco esto tengo que hacerlo sola.
Hoy vuelvo a hacerme aquella pregunta de tantos años: ¿Cómo está mi corazón? Y sea cual sea la respuesta, quiero entregártelo, Jesús, y pedirte: «Crea en mí, Señor, un corazón puro» (Salmo 50:12).

Hermana, quizá hoy tú también puedas detenerte y preguntarte: ¿Cómo está mi corazón? Sea cual sea tu respuesta, entrégaselo a Jesús. No tienes que arreglarlo antes de acercarte a Él.

Es Él quien puede hacerlo nuevo.

// Arianna Santamaría

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