09/07/2026
En la primera lectura de hoy, San Pablo aborda el problema de la inmoralidad sin arrepentimiento. Un comportamiento pecaminoso que no somos capaces de superar es como una enfermedad infecciosa: se extiende. Es por esto que Pablo es sorprendentemente duro cuando pronuncia el juicio sobre el miembro de la iglesia que está pecando. ¡Pide la excomunión! Pero ¿no es contrario a la advertencia de Cristo en cuanto a que es pecado emitir juicio?
Pablo estaba preocupado por cómo el comportamiento del pecador estaba infectando a los demás. Para entender esto, sin embargo, tenemos que ser conscientes, primero, de la definición de “pecador”. Los que no viven como seguidores de Cristo son pecadores y los que se unen a Cristo son santos (es decir, santificados aunque todavía no perfeccionados y capaces de pecar).
Pablo comenzó su carta a la iglesia de Corinto así: “A ustedes que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…”. Los santos en Corinto habían adoptado la actitud de “estoy seguro, porque estoy con Jesús; no soy como ese pecador.”
¿Soportamos los pecados de los demás porque creemos que no nos va a infectar porque vamos a Misa y nos unimos a Cristo? Pensamos: sus pecados son entre ellos y Dios; no nos corresponde juzgarlos, o hablar y decirle cómo vivir.
El veneno mata mejor en pequeñas dosis. Inicialmente, la víctima no se da cuenta que algo está mal. Cuando las dosis repetidas causan calambres en el estómago, la víctima simplemente piensa que tiene gripe. Para cuando se da cuenta que su vida está en peligro, ya es demasiado tarde. Si no nos dolemos por la inmoralidad que vemos y, si no estamos ofreciendo el antídoto de Dios, estamos contribuyendo a la propagación del mal.
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