08/28/2026
En esta homilía por la fiesta de San Agustín de Hipona, Doctor de la Iglesia, el P. Chris Alar, MIC, reflexiona sobre una de las grandes preguntas de la fe: si Dios es bueno y todo lo que Él crea es bueno, ¿de dónde viene el mal?
San Agustín comprendió que el mal no es una “cosa” creada por Dios, ni una fuerza que exista independientemente del bien. El mal es, más bien, una privación del bien: la ausencia, corrupción o distorsión de un bien que debería estar presente.
Podemos comprenderlo pensando en la oscuridad, que aparece cuando falta la luz. De manera semejante, el mal no crea algo bueno por sí mismo, sino que corrompe, desordena o destruye aquello que originalmente es bueno.
Esta enseñanza cobra especial importancia cuando hablamos del mal moral y del libre albedrío. Dios nos ha dado bienes como la inteligencia, la libertad y nuestra capacidad de amar. Sin embargo, podemos utilizar esos dones de manera desordenada, alejándonos de Dios y colocando bienes menores —como el placer, el dinero, el poder o el reconocimiento— por encima del Bien supremo.
Esta reflexión también nos ayuda a comprender La Ciudad de Dios, una de las grandes obras de San Agustín. Para él, la verdadera batalla no consiste simplemente en dividir el mundo entre personas “buenas” y “malas”, sino en preguntarnos: ¿qué amamos y en qué orden están nuestros amores? La Ciudad de Dios está orientada hacia el amor de Dios, mientras que la ciudad terrena surge cuando el ser humano se vuelve hacia sí mismo y permite que sus deseos ocupen el lugar que le corresponde a Dios.
Finalmente, la conversión de San Agustín nos recuerda que Dios puede restaurar aquello que el pecado ha desordenado. Las famosas palabras “Toma y lee” (Tolle lege) marcaron un momento decisivo en su camino de conversión. Agustín descubrió que aquello que había buscado durante tantos años solamente podía encontrarlo plenamente al volver su corazón hacia Dios.
El mal puede deformar el bien, pero no puede crear un bien propio. Dios, que es el Bien supremo, puede sanar nuestros amores desordenados y conducir nuevamente nuestro corazón hacia Él.
San Agustín de Hipona, ruega por nosotros.