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08/15/2026

ASÍ MURIÓ LA VIRGEN MARÍA SEGÚN SAN JUAN DAMASCENO, DOCTOR DE LA IGLESIA

“La Madre de Dios no murió de enfermedad, porque ella por no tener pecado original no tenía que recibir el castigo de la enfermedad. Ella no murió de ancianidad, porque no tenía por qué envejecer, ya que a ella no le llegaba el castigo del pecado de los primeros padres: envejecer y acabarse por debilidad. Ella murió de amor. Era tanto el deseo de irse al cielo donde estaba su Hijo, que este amor la hizo morir.

Unos catorce años después de la muerte de Jesús, cuando ya había empleado todo su tiempo en enseñar la religión del Salvador a pequeños y grandes, cuando había consolado tantas personas tristes y había ayudado a tantos enfermos y moribundos, hizo saber a los Apóstoles que ya se aproximaba la fecha de partir de este mundo para la eternidad.
Los Apóstoles la amaban como a la más bondadosa de todas las madres y se apresuraron a viajar para recibir de sus maternales labios sus últimos consejos, y de sus sacrosantas manos su última bendición.

Fueron llegando, y con lágrimas copiosas, y de rodillas, besaron esas manos santas que tantas veces los habían bendecido. Para cada uno de ellos tuvo la excelsa Señora palabras de consuelo y de esperanza. Y luego, como quien se duerme en el más plácido de los sueños, fue Ella cerrando santamente sus ojos; y su alma, mil veces bendita, partió a la eternidad.

La noticia cundió por toda la ciudad, y no hubo un cristiano que no viniera a llorar junto a su cuerpo , como por la muerte de la propia madre. Su entierro más parecía una procesión de Pascua que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la más firme esperanza de que ahora tenían una poderosísima Protectora en el cielo, para interceder por cada uno de los discípulos de Jesús.

En el aire se sentían suavísimos pero fuertes aromas, y parecía escuchar cada uno, armonías de músicas muy suaves. Pero, Tomás Apóstol, no había alcanzado a llegar a tiempo. Cuando arribó ya habían vuelto de sepultar a la Santísima Madre.

Pedro, – dijo Tomás- No me puedes negar el gran favor de poder ir a la tumba de mi madre amabilísima y darle un último beso a esas manos santas que tantas veces me bendijeron. Y Pedro aceptó.

Se fueron todos hacia el Santo Sepulcro, y cuando ya estaban cerca empezaron a sentir de nuevo suavísimos aromas en el ambiente y armoniosas músicas en el aire.

Abrieron el sepulcro y en vez de ver el cuerpo de la Vírgen encontraron solamente…una gran cantidad de flores muy hermosas. Jesucristo había venido, había resucitado a Su Madre Santísima y la había llevado al cielo.

Esto es lo que llamamos La Asunción de la Vírgen María.

Y quien de nosotros, si tuviera los poderes del Hijo de Dios, no hubiera hecho lo mismo con su propia Madre?”

07/27/2026
07/14/2026

¿Por qué Jesús llamó «Mujer» a su madre?

En las bodas de Caná, Jesús dijo a María:

«Mujer, ¿qué tienes conmigo? Aún no ha llegado mi hora»
(Juan 2,4).

Y desde la cruz volvió a llamarla de la misma manera:

«Mujer, ahí tienes a tu hijo»
(Juan 19,26).

La palabra griega utilizada es gynai, una forma respetuosa y solemne de dirigirse a una mujer. No era un insulto ni una expresión de desprecio. Si Jesús hubiera querido rechazar a María, no habría realizado el milagro que ella le pidió ni la habría confiado al discípulo amado desde la cruz.

Al llamarla «Mujer», Jesús la relaciona con la mujer anunciada en Génesis:

«Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la descendencia suya»
(Génesis 3,15).

María aparece así como la nueva Eva. Eva participó en la entrada del pecado mediante su desobediencia; María colaboró con el plan de Dios mediante su fe y obediencia:

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»
(Lucas 1,38).

En Caná, María no obliga a Jesús, sino que intercede con confianza. Después dice a los servidores:

«Haced todo lo que él os diga»
(Juan 2,5).

Estas palabras muestran que la verdadera misión de María siempre consiste en conducirnos hacia su Hijo.

En la cruz, Jesús llama nuevamente «Mujer» a María porque allí está cumpliendo su hora y entregándola como madre espiritual del discípulo amado:

«Ahí tienes a tu madre»
(Juan 19,27).

El discípulo representa también a los creyentes que permanecen junto a Cristo. Por eso, los católicos vemos en este pasaje la maternidad espiritual de María sobre la Iglesia.

Resumen apologético

Jesús no llamó «Mujer» a María para faltarle el respeto. La palabra era respetuosa y tenía un profundo significado bíblico. Con ella, Jesús presenta a María como la nueva Eva, la mujer prometida en Génesis y la madre espiritual de los discípulos. Lejos de rebajarla, Cristo revela su lugar especial dentro del plan de salvación.

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