12/24/2024
Reconozcamos, pues, y anunciemos al Día del Día que nació en la carne en este día. Día Hijo nacido del Día Padre, Dios de Dios, Luz de Luz. Él es la salvación de la que se dice en otro lugar: Dios tenga misericordia de nosotros y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros, para que conozcamos en la tierra tu camino y en todos los pueblos tu salvación. Primero dijo: en la tierra; luego repitió lo mismo con estas palabras: en todos los pueblos. Primero dijo: tu camino, y luego lo reiteró: tu salvación. Recordamos que el mismo Señor dijo: Yo soy el camino. Y, cuando ahora leímos el evangelio, escuchamos que el bienaventurado anciano Simeón había recibido un oráculo divino según el cual no probaría la muerte hasta no ver al Ungido del Señor. El anciano, tras haber tomado en sus manos a Cristo aún sin habla y haber reconocido la grandeza del pequeño, dijo: Ahora, Señor, dejas a tu siervo en paz, según tu palabra, pues mis ojos han visto tu salvación. Anunciemos, pues, debidamente al Día del Día, su salvación. Anunciemos en los pueblos su gloria, en todas las naciones sus maravillas. Yace en un pesebre, pero contiene al mundo; toma el pecho, pero alimenta a los ángeles; está envuelto en pañales, pero nos reviste de inmortalidad; es amamantado, pero adorado; no halla lugar en el establo, pero se construye un templo en los corazones de los creyentes. Para que la debilidad se hiciera fuerte, se hizo débil la fortaleza. Sea objeto de admiración, antes que de desprecio, su nacimiento en la carne y reconozcamos en ella la humildad, por causa nuestra, de tan gran excelsitud. Encendamos en ella nuestra caridad para llegar a su eternidad.
— San Agustín, Sermón 190