05/01/2026
Sostenido por la Gracia
“No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.” — Isaías 43:1 (RVR1960)
Hay muchas voces en el mundo que intentan definir quién eres—tus éxitos, tus fracasos, tu pasado y tus temores. Sin embargo, por naturaleza no tememos, ni amamos, ni confiamos en Dios sobre todas las cosas. Nos apartamos de Él, escuchamos otras voces y tratamos de construir nuestra identidad fuera de Su Palabra. Por eso, no merecemos consuelo, sino juicio. Dejados a nosotros mismos, estamos perdidos en el pecado y no podemos rescatarnos.
Pero el Señor pronuncia una palabra mejor.
“Yo te redimí.” Estas palabras nos señalan directamente a Cristo. Estábamos cautivos al pecado y a la muerte, pero Jesús tomó nuestro lugar. Con Su muerte y resurrección, Él nos compró y ganó, no con oro ni plata, sino con Su santa y preciosa sangre y con Su inocente sufrimiento y muerte.
“Te puse nombre.” Esto es profundamente personal. En el Bautismo, Dios puso Su nombre sobre ti—Padre, Hijo y Espíritu Santo—declarando que le perteneces. No estás olvidado ni abandonado, sino reclamado por Dios mismo.
“Mío eres tú.” ¡Qué consuelo tan grande! En medio de un mundo incierto, esta verdad permanece firme: tú eres del Señor. Nada podrá separarte de Su amor en Cristo Jesús—ni tu pecado, ni tus dudas, ni siquiera la muerte.
Así que cuando el temor surja y tu conciencia te acuse, vuelve a esta promesa. Eres redimido. Has sido llamado por nombre. Le perteneces a Dios—no por lo que eres, sino por lo que Cristo ha hecho por ti.
Oración: Padre celestial,
Confieso que he pecado contra Ti en pensamiento, palabra y obra, y que no he confiado en Ti como debo. Pero te doy gracias porque me has redimido por medio de Tu Hijo, Jesucristo, y me has llamado por nombre en el Bautismo. Cuando mi conciencia me acuse, recuérdame que te pertenezco. Fortalece mi fe por medio de Tu Palabra y consérvame firme en Tu gracia.
En el nombre de Jesús. Amén.
Rev. Blas