07/28/2026
Ahora bien, ¿cómo se cumple esto en Cristo?
Primero, Cristo es el Rey de gloria que descendió en humildad. El mundo esperaba gloria visible, pero el Rey vino en forma de siervo. Nació en humildad. Caminó entre pecadores. Fue rechazado por los suyos. Pero Su gloria estaba velada en misericordia.
Segundo, Cristo es el Rey fuerte y valiente que venció en la batalla más grande. Su batalla no fue principalmente contra Roma, ni contra poderes políticos humanos. Fue contra el pecado, Satanás, la muerte y el juicio. Y venció no con espada de metal, sino por Su obediencia, Su sangre y Su resurrección.
Tercero, Cristo es el Rey que subió victorioso. Después de Su resurrección, ascendió a la diestra del Padre. Podemos leer el final del Salmo 24 con ojos puestos en la ascensión: “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas... y entrará el Rey de gloria.” El Hijo encarnado, crucificado y resucitado entra victorioso en la gloria celestial. No entra vacío. Entra como Redentor. Entra habiendo cumplido la obra. Entra como el que abre camino para Su pueblo.
Cuarto, Cristo es el Rey que volverá en gloria. Las puertas eternas se abrirán plenamente cuando Él manifieste Su reino en consumación. El mundo que ya le pertenece por creación será renovado bajo Su reinado visible. Toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre.
Esto es profundamente consolador. El salmo no termina con la pregunta: “¿Quién puede subir?” como si la respuesta nos dejara desesperados. Termina con el Rey de gloria entrando. Nuestra esperanza no está en que nosotros logramos abrir las puertas por mérito propio, sino en que Cristo, el Rey de gloria, entró por nosotros y nos lleva en Él.
El que tiene manos limpias y corazón puro subió.
El que nunca adoró vanidad subió.
El que nunca habló engaño subió.
El que murió por los impuros resucitó.
El que venció la batalla entró en gloria.
Y en Él, el pueblo redimido tiene acceso al Dios santo.
Por eso, la iglesia adora con esperanza. No adoramos a un rey mu**to. No seguimos a un maestro derrotado. No nos acercamos a Dios sobre la base de nuestras manos limpias perfectas. Nos acercamos en Cristo, el Rey de gloria.
Tomado del libro de los Salmos.