03/17/2026
From Our Pastor, Fr. Paul D. Lee
Fifth Sunday of Lent
“Lazarus. Come Out!”
The chilling line often attributed to Joseph Stalin, “A single death is a tragedy; a million deaths is a statistic,” exposes something deeply broken in the human heart. We can grasp the pain of one grieving family, one lost child, one empty chair at the table. But when suffering multiplies into the tens of thousands, our minds falter. The scale overwhelms us, and tragedy becomes a number on a screen. Yet behind every number is a face, a name, a story known to God.
Today, the world is awash in such staggering numbers. In Gaza, more than 70,000–75,000 Palestinians have been killed since October 7, 2023, and over 171,000 have been injured. In Ukraine and Russia, combined casualties may reach two million by the spring of 2026. Across Africa, armed conflicts since 1989 have claimed more than two million lives. These barbaric and senseless wars drag entire peoples into the abyss of violence, extinguishing countless innocent lives.
Pope Leo XIV warns that the “logic of war” is returning with frightening force, a fashionable relapse into power politics that discards international law in favor of domination and deterrence. Echoing Pope Francis, he insists that “war is always a defeat” and that “nothing is lost with peace; everything can be lost with war.” These are not abstract statements; they are moral alarms.
What is especially troubling is the hardened inability to repent among criminals, tyrants, and warmongers. Their refusal to acknowledge guilt corrodes their moral vision. It is as if a spiritual paralysis has overtaken them, an inner deadness that blinds them to the dignity of others and even to their own humanity. This paralysis enables everything from street crimes to war crimes, from corruption to cruelty, all committed with chilling disregard for the immeasurable worth of human life.
But they do not have the final word. God does. Every person who dies in violence, injustice, or neglect is received by the God who sees what the world ignores. Death may appear final, but for Christians it is not terminal—it is liminal, a threshold into a new stage of life. As St. Paul proclaims with confidence: “If the Spirit of the One who raised Jesus from the dead dwells in you, then the One who raised Christ from the dead will give life to your mortal bodies also, through His Spirit dwelling in you” (Romans 8:11). This is the hope that breaks through the darkness.
In recent Sundays, we have seen Jesus open new possibilities: offering living water to a Samaritan woman, restoring sight to a man born blind. Today, He goes further still. He stands before the tomb of His friend and cries out: “Lazarus, come out!” And then He commands the community: “Untie him and let him go.” Jesus confronts death directly, and death yields. He reveals Himself as the Lord of life, the One who calls every human being out of darkness, out of despair, out of the tombs we create or endure.
If He is the Lord of life, then we must be agents of life. We reject the logic of violence and war. We refuse to let cynicism or numbness dictate our response to human suffering. Learning from the Lord, we invest our energy and resources in what builds up: human dignity, reconciliation, justice, and the slow, steady work of peace. We commit ourselves to the civilization of love and life, becoming instruments of the Kingdom of God.
Through the indwelling Spirit, we are freed from the bo***ge of sin, fear, and even death itself. Jesus wants to untie us—our hearts, our habits, our despair—so that we may walk in the freedom of His mercy.
Let us plunge into that life-restoring mercy.
Let us stand with those who suffer.
Let us refuse to let any human being become a statistic.
And may the Lord bring consolation, courage, and hope to all who live in the shadow of death.
«¡Lázaro, sal Fuera!»
La escalofriante frase, con frecuencia atribuida a Joseph Stalin —«Una sola muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística»—, pone al descubierto algo profundamente roto en el corazón humano. Podemos comprender el dolor de una familia en duelo, de un niño perdido, de una silla vacía en la mesa. Pero cuando el sufrimiento se multiplica por decenas de miles, nuestra mente flaquea. La magnitud nos abruma, y la tragedia se convierte en un número en una pantalla. Sin embargo, detrás de cada número hay un rostro, un nombre, una historia conocida por Dios.
Hoy, el mundo se ve inundado por cifras tan dolorosas. En Gaza,
más de 70.000 o 75.000 palestinos han mu**to desde el 7 de octubre de 2023, y más de 171.000 han resultado heridos. En Ucrania y Rusia, el número combinado de bajas podría alcanzar los dos millones para la primavera de 2026. En toda África, los conflictos armados han cobrado más de dos millones de vidas desde 1989. Estas guerras crueles y sin sentido arrastran a pueblos enteros hacia el abismo de la violencia, segando incontables vidas inocentes.
El Papa León XIV advierte que la «lógica de la guerra» está regresando con una fuerza aterradora; se trata de una recaída de moda en la política de poder, que descarta el derecho internacional en favor de la dominación y la disuasión. Haciéndose eco del Papa Francisco, insiste en que «la guerra es siempre una derrota» y que «nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra». Estas no son afirmaciones abstractas; son alarmas morales.
Lo que resulta especialmente alarmante es la endurecida incapacidad de arrepentimiento que manifiestan criminales, tiranos y belicosos. Su negativa a reconocer su culpabilidad corroe su visión moral. Es como si una parálisis espiritual se hubiera apoderado de ellos, una muerte interior que los ciega ante la dignidad de los demás e incluso ante su propia humanidad. Esta parálisis propicia todo tipo de actos, desde delitos comunes hasta crímenes de guerra, desde la corrupción hasta la crueldad; todo ello cometido con un escalofriante desprecio por el valor incalculable de la vida humana.
Pero ellos no tienen la última palabra. La tiene Dios. Toda persona que muere a causa de la violencia, la injusticia o el abandono es acogida por el Dios que ve aquello que el mundo ignora. La muerte puede parecer definitiva, pero para los cristianos no es un punto final; es un umbral, el paso hacia una nueva etapa de la vida. Como proclama San Pablo con confianza: «Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los mu**tos habita en ustedes, entonces aquel que resucitó a Cristo de entre los mu**tos dará vida también a sus cuerpos mortales, por medio de su Espíritu que habita en ustedes» (Romanos 8:11). Esta es la esperanza que penetra a través de la oscuridad.
En los domingos anteriores, hemos visto a Jesús abrir nuevas posibilidades: ofreciendo agua viva a una mujer samaritana, devolviendo la vista a un hombre ciego de nacimiento. Hoy, Él va aún más lejos. Se detiene ante la tumba de su amigo y exclama: «¡Lázaro, sal fuera!». Y luego ordena a la comunidad: «Desátenlo y déjenlo ir». Jesús confronta a la muerte directamente, y la muerte cede. Él se revela como el Señor de la vida, aquel que llama a todo ser humano a salir de la oscuridad, de la desesperación, de las tumbas que creamos o que padecemos.
Si Él es el Señor de la vida, entonces nosotros debemos ser agentes de vida. Rechazamos la lógica de la violencia y de la guerra. Nos negamos a permitir que el cinismo o la insensibilidad dicten nuestra respuesta ante el sufrimiento humano. Aprendiendo del Señor, invertimos nuestra energía y nuestros recursos en aquello que edifica: la dignidad humana, la reconciliación, la justicia y la labor lenta pero constante de la paz. Nos comprometemos con la civilización del amor y de la vida, convirtiéndonos en instrumentos del Reino de Dios.
Por medio del Espíritu que habita en nosotros, somos liberados de la esclavitud del pecado, del miedo e incluso de la muerte misma. Jesús desea desatar —nuestros corazones, nuestros hábitos, nuestra desesperación— para que podamos caminar en la libertad de su misericordia.
Sumerjámonos en esa misericordia que restaura la vida.
Mantengámonos al lado de quienes sufren.
Neguémonos a permitir que cualquier ser humano se convierta en una estadística.
Y que el Señor brinde consuelo, valentía y esperanza a todos aquellos que viven bajo la sombra de la muerte.
Padre Paul D. Lee