04/04/2026
VIERNES SANTO: EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ
Año tras año, en nuestra vivencia de la Semana Santa, llegamos a este día, jalonado de costumbres y tradiciones, en el que fijamos nuestra mirada en la muerte de Jesús en la Cruz, la cual, con los siglos, se fue convirtiendo en símbolo de nuestra fe cristiana. Hoy en día, nos santiguamos con la señal de la Cruz, y abundan las cruces en el arte de los templos cristianos, hasta el punto en el que podemos afirmar que hemos “domesticado” la cruz de Jesús en las cruces que adornan nuestras iglesias, nuestras casas, y hasta nuestras personas. El arte cristiano nos ofrece un sinfín de cruces hermosísimas; sin embargo, el Viernes Santo nos devuelve al origen de este símbolo y lo vuelve a desnudar en toda su cruel realidad.
La Cruz, como nos recuerda San Pablo, no es hermosa, sino que es a la vez un escándalo, y una necedad: “nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; (…) Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Corintios 1, 23,25). La cruz es un escándalo, porque pone del revés el mismo concepto de Dios contenido en todas las tradiciones religiosas: lo divino siempre ha estado asociado con la fuerza de la naturaleza, y con el poder sobrenatural, mientras que en la cruz Dios se identifica con el fracaso, la burla, el dolor, y la muerte. Un escándalo: ¿cómo es posible que la divinidad se manifieste en la debilidad, y no en la fortaleza? Es bueno recordar que las cruces que hoy portamos son un símbolo de la “debilidad divina”, jamás de la fuerza ni del poder.
La cruz es también una necedad, es decir, un disparate o una estupidez. No es lógica ni razonable, y no parece ofrecer ninguna respuesta a las grandes preguntas de la humanidad. Frente a los debates interminables entre ideologías opuestas, y las eternas rivalidades humanas que pugnan por imponerse unas sobre otras, Dios se manifiesta en el silencio de la cruz, es decir, del lado de los perdedores. No pretende ganar, ni imponerse, sino que deja al desnudo a unos y otros al identificarse con aquellos que no tienen con qué defenderse, con las incontables víctimas que generan, ayer y hoy, las luchas de poder. La impotencia de la cruz puede parecer estúpida, pero es más sabia que nuestras estériles sabidurías: como cantamos hoy en la liturgia, “ningún árbol fue tan rico, ni en sus frutos ni en su flor”, pues solamente la “necedad divina” es capaz de engendrar vida frente a nuestras razones que tantas veces acaban ocasionando sufrimiento, muerte y destrucción.
Hoy veneramos la Cruz de Jesús, y en ella reconocemos la “debilidad y necedad divinas” que son el fundamento de nuestra fe.
Pablo Cirujeda