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Edifica Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6) 🤍🕊️🙏

Decir “Dios te ama tal como eres” puede sonar bonito, incluso pastoral, pero si se deja ahí, incompleto, puede volverse ...
02/02/2026

Decir “Dios te ama tal como eres” puede sonar bonito, incluso pastoral, pero si se deja ahí, incompleto, puede volverse peligroso. Porque la Biblia es clara en algo incómodo: tal como somos, estamos caídos, mu***os en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). No somos moralmente neutrales ni “básicamente buenos”; somos rebeldes delante de un Dios santo.

Por eso la frase correcta —y bíblica— es esta:
👉 Dios nos ama a pesar de lo que somos.

Si Dios nos amara “tal como somos”, Cristo no habría tenido que venir. La cruz sería innecesaria. La encarnación, el sufrimiento, la sangre derramada… todo sería exagerado. Pero la cruz existe precisamente porque tal como somos no podemos estar delante de Dios.

La única persona a quien Dios ama tal como es, sin corrección, sin cambio, sin proceso, es Cristo. Él es el Hijo amado en quien el Padre tiene complacencia perfecta (Mateo 3:17). Y aquí está la gloria del evangelio:
Dios no nos ama dejando intacto nuestro pecado, nos ama tanto que no nos deja así.

El amor de Dios no es permisivo, es transformador.
No es un amor que dice: “Quédate como estás”.
Es un amor que dice: “Ven, pero no te quedes igual”.

Por eso Romanos 8:29 dice que fuimos predestinados a ser conformados a la imagen de su Hijo. El plan de Dios nunca fue validarnos en nuestra condición caída, sino rescatarnos de ella.

Cristo no vino a mejorar nuestra versión vieja, vino a crucificarla (Gálatas 2:20). Y en ese intercambio glorioso, Dios nos mira ya no en Adán, sino en Cristo. Ahí sí hay amor pleno, aceptación real y comunión verdadera.

En resumen:
Dios no te ama para dejarte igual.
Dios te ama para hacerte como Cristo.

Y ese amor, aunque hiere el orgullo, salva el alma.

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12/11/2025

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Entonces alguien de la multitud exclamó: —Maestro, por favor, dile a mi hermano que divida la herencia de nuestro padre ...
12/11/2025

Entonces alguien de la multitud exclamó: —Maestro, por favor, dile a mi hermano que divida la herencia de nuestro padre conmigo. Jesús le respondió: —Amigo, ¿quién me puso por juez sobre ustedes para decidir cosas como esa? Y luego dijo: «¡Tengan cuidado con toda clase de avaricia! La vida no se mide por cuánto tienen». Lucas 12:13-15 NTV 📖

Jesús acababa de enseñar cuánto valor tenemos para Dios (Lucas 12:6–7) y la importancia de confesarlo sin temor delante de los demás (Lucas 12:8–12). En medio de esa enseñanza, un hombre lo interrumpió para pedirle que interviniera en una disputa por una herencia. Le dijo a Jesús: “Di a mi hermano que parta conmigo la herencia”.

Cuando la respuesta de Jesús es no

Según la costumbre de entonces, al hermano mayor le tocaban dos terceras partes de la herencia y al menor, una. Aun así, este hombre no buscaba que Jesús actuara como un juez imparcial; lo que quería era que apoyara su postura frente a su hermano (di a mi hermano que parta conmigo la herencia).

Está claro que lo que Jesús venía enseñando sobre confiar en Dios y entregarle el corazón no había llegado a tocar a este hombre. Él sentía que tenía que pelear por lo que creía que le correspondía, y quería que Jesús se pusiera de su lado.

Fue entonces cuando Jesús dio una respuesta que a muchos les sorprende. En este caso, el Juez de toda la tierra (Juan 5:22) dijo: “¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?”. Jesús no asumió que fuera su tarea meterse en todo conflicto ni resolver cada problema. Hubo disputas en las que decidió no involucrarse.

No es que a Jesús no le importara la justicia; lo que sabía era que la avaricia de este hombre podía hacerle más daño que el hecho de no recibir su parte de la herencia. Hay veces en que se pelea con todas las fuerzas por lo que se considera justo, y al final, tenerlo termina siendo más perjudicial que haberlo soltado y dejar a Dios encargarse de la situación.

Jesús aprovechó la petición de este hombre para hablarle a él y a la multitud sobre el peligro de la avaricia. Tal vez su insistente solicitud estaba motivada más por la codicia que por un verdadero deseo de justicia. Dos hombres codiciosos que intentan dividir una herencia siempre terminarán peleando. Dos hombres libres de la avaricia, en cambio, podrían resolver estos asuntos en paz y sin dificultad.

La avaricia es una necedad, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. Cuando se vive con la idea de que la vida sí se mide por lo que se tiene, se vive en avaricia, y la avaricia es idolatría (Colosenses 3:5).

En estos versículos hay dos advertencias muy claras. La primera: no usar una supuesta preocupación por la justicia para encubrir una agenda egoísta —Jesús no participa de ese tipo de “justicia”. La segunda: recordar que la clave de una vida abundante y gozosa no se encuentra en tener más cosas; se encuentra en Jesús y en las mayores bendiciones que Él da.

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