02/18/2026
LA CENIZA
Presencia de Dios.- Me pongo en tu presencia, Señor, para que tu luz me ilumine acerca de las verdades eternas y despierte en mí deseos sinceros de conversión.
“Polvo eres y en polvo te convertirás” (Gen. 3,19). Estas palabras, que Dios dirigió por primera vez a Adán en castigo del pecado que había cometido, las repite hoy la iglesia a cada uno de los cristianos para recordarnos dos verdades fundamentales: nuestra nada y la realidad de la muerte.
El polvo, o sea, la ceniza que el sacerdote pone sobre tu cabeza, sin consistencia alguna, pues basta un leve soplo de viento para dispersarla, manifiesta muy claramente la nada del hombre.
“¡Oh Señor, mi existencia delante de ti es como nada!”, exclama el salmista (sal. 38,6) “¡Cuán necesario es que tu orgullo y tu soberbia comprendan esta verdad, que todo lo que hay en ti es nada!”
Sacado de la nada por la potencia creadora de Dios y por su amor infinito que quiso comunicarte su ser y su vida,, no puedes ya, por causa del pecado, volverte a unir eternamente con tu Dios sin pasar por la oscura realidad de la muerte. Consecuencia y castigo del pecado, la muerte es en si amarga y dolorosa; pero Jesús, que ha querido hacerse en todo semejante a nosotros, sometiéndose a la muerte da al cristiano fuerza para aceptarla por amor.
De todas maneras, el hecho de la muerte es cierto; más tú no debes considerarla como motivo de turbación, sino más bien como estímulo para practicar el bien. “En todas tus obras acuérdate de tus postrimerías, y no pecaras jamás” (Eclo. 7,40).
El pensamiento de la muerte te recuerda la vanidad de las cosas terrenas y la brevedad de la vida – “todo se pasa, Dios no se muda”- y te dice que no debes aficionarte a nada y que tienes que despreciar cualquier gusto terreno para buscar únicamente a Dios. El pensamiento de la muerte te hace comprender que “todo es vanidad, menos amar a Dios y servirle a Él solo” (Imit. de Cristo I,2,3).
“Acuérdate que no tienes más de un alma, ni has de morir más de una vez…, y darás de mano a muchas cosas” (TJ. A.68) es decir a todas aquellas cosas que no sirven para la eternidad. Para allí sólo tiene valor el amor y la fidelidad a Dios: “A la tarde (de la vida) te examinarán en el amor” (JC. AS. I,57)
Oración
“¡Oh Jesús, qué larga es la vida del hombre, aunque se dice que es breve! Breve es, mi Dios, para ganar con ella vida que no se puede acabar; mas muy larga para el alma que se desea ver en la presencia de su Dios.
“¡Oh libre albedrío, tan esclavo de tu libertad si no vives clavado con el temor y amor de quien te crió! ¡Oh, cuando será aquel dichoso día que te has de ver ahogado en aquel mar infinito de la suma verdad, donde ya no serás libre para pecar, ni lo querrás ser, porque estarás seguro de toda miseria, naturalizado con la vida de tu Dios!... Entonces, alma mía, entraras en tu descanso cuando te entrañares con este sumo Bien, y entendieres lo que entiende y amares lo que ama y gozares lo que goza. Ya que vieres perdida tu mudable voluntad, ya no más mudanza; porque la gracia de Dios ha podido tanto, que te ha hecho particionera de su divina naturaleza con tanta perfección, que ya no puedas, ni desees poder olvidarte del Sumo Bien, ni dejar de gozarle junto con su amor.
Bienaventurados los que están escritos en el libro de esta vida. Mas tú, alma mía. Si lo eres, ¿por qué estás triste y me conturbas? Espera en Dios, que aún ahora me confesare a El mis pecados y sus misericordias, y de todo junto haré cantar de alabanza con suspiros perpetuos al Salvador mío y Dios mío.
Podrá ser venga algún día cuando le cante mi gloria, y no sea compungida mi conciencia, donde ya cesarán todos los suspiros y miedos; más entretanto, en esperanza y silencio será mi fortaleza. Mas quiero vivir y morir en pretender y esperar la vida eterna, que poseer todas las criaturas y todos sus bienes que se han de acabar. No me desampares, Señor, porque en ti espero; no sea confundida mi esperanza; sirvate yo siempre y haz de mi lo que quisieres” (TJ. Ex. 15,1;17,4-6).