El Templo de Payson

El Templo de Payson De La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias. Y deseamos invitar a toda la comunidad hispana a conocer mas sobre nuestras creencias.

En Payson desde su anuncio, hemos sentido un aprecio muy especial por este bello edificio especialmente por todo lo que representa para los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias.

05/13/2026
05/13/2026

Búsquenlo con todo el corazón

Por el obispo L. Todd Budge
Segundo Consejero del Obispado Presidente

Hace unos años, mi esposa y yo servimos como líderes de misión en Tokio, Japón. Durante una visita del entonces élder Russell M. Nelson a nuestra misión, uno de los misioneros le preguntó cuál era la mejor manera de responder a alguien que les dijera que estaba demasiado ocupado para escucharlos. Sin dudar, el élder Nelson dijo: “Le preguntaría si está demasiado ocupado para almorzar ese día, y luego le enseñaría que tiene un cuerpo y un espíritu, y que al igual que el cuerpo se muere si no se alimenta, también se muere el espíritu si no se nutre con la buena palabra de Dios”.

Es interesante señalar que la palabra japonesa que significa “ocupado” —isogashii— está compuesta por un carácter con dos símbolos (忙). El carácter de la izquierda significa “corazón” o “espíritu”, y el de la derecha significa “muerte”, lo que podría sugerir, tal como enseñó el presidente Nelson, que estar demasiado ocupado para nutrir nuestro espíritu puede conducirnos a la muerte espiritual.

El Señor sabía que, en este mundo acelerado, lleno de distracciones y en conmoción, el dedicarle tiempo de calidad a Él sería uno de los mayores retos de nuestra época. Hablando por medio del profeta Isaías, Él nos dio estas palabras de consejo y precaución, que se pueden comparar con los días tumultuosos en los que vivimos:

“En arrepentimiento y en reposo seréis salvos; en la quietud y en la confianza estará vuestra fortaleza. Pero no quisisteis,

“sino que dijisteis: No, antes huiremos en caballos; por tanto, vosotros huiréis. Y sobre corceles veloces cabalgaremos; por tanto, serán veloces vuestros perseguidores”.

En otras palabras, aunque nuestra salvación depende de que volvamos a Él con frecuencia y reposemos de los afanes del mundo, no lo hacemos. Y aunque nuestra confianza provendrá de una fortaleza desarrollada en momentos de quietud, sentados con el Señor, meditando y reflexionando, no lo hacemos. ¿Por qué no? Porque decimos: “No, estamos ocupados con otras cosas” —con huir en caballos, por decirlo así. Por tanto, nos alejaremos cada vez más de Dios; insistiremos en ir cada vez más rápido; y cuanto más rápido vayamos, más veloz será Satanás al perseguirnos.

Quizás esta sea la razón por la que el presidente Nelson nos ha suplicado varias veces que dediquemos tiempo al Señor en nuestra vida, “todos y cada uno de los días”. Él nos recuerda que “los momentos apacibles son momentos sagrados; será un tiempo que facilitará que recibamos revelación personal y que infundirá paz”. Pero a fin de escuchar la voz apacible del Señor, nos aconsejó: “Deben estar tranquilos”.

Sin embargo, el estar tranquilos requiere algo más que dedicar tiempo al Señor; requiere que abandonemos nuestros pensamientos de duda y temor y que centremos el corazón y la mente en Él. El élder Bednar enseñó: “La admonición del Señor de ‘quedarnos tranquilos’ implica mucho más que simplemente no hablar o no moverse”. “‘Quedaos tranquilos’”, sugirió él, “puede ser un modo de recordarnos que nos centremos sin cesar en el Salvador”.

Quedarse tranquilo es un acto de fe y requiere esfuerzo. En Lectures on Faith [Discursos sobre la Fe] se afirma: “Cuando un hombre obra mediante la fe, hace uso de las facultades mentales”. El presidente Nelson declaró: “Nuestro enfoque debe estar anclado en el Salvador y Su Evangelio. Es mentalmente riguroso esforzarnos por mirar hacia Él en todo pensamiento, pero cuando lo hacemos, nuestras dudas y temores desaparecen”. Hablando de esta necesidad de centrar la mente, el presidente David O. McKay dijo: “Creo que prestamos escasa atención al valor de la meditación, un principio de la devoción. […] La meditación es una de las puertas más sagradas […] por las que entramos en la presencia del Señor”.

En japonés hay una palabra, mui, que, en mi opinión, capta ese sentido más lleno de fe y contemplativo de lo que significa quedarse tranquilo. Está formada por dos caracteres (無為). El carácter de la izquierda significa “nada” o “vacío”, y el de la derecha significa “hacer”; los dos juntos significan “no hacer”. Si se tomara literalmente, esta palabra se podría malinterpretar como “no hacer nada”, de la misma forma que “quedarse tranquilo” podría malinterpretarse como “no hablar o no moverse”. Sin embargo, al igual que la expresión “quedarse tranquilo”, tiene un significado más profundo, que a mí me recuerda que hay que calmarse y vivir con más consciencia de lo espiritual.

Cuando servía en la Presidencia del Área Asia Norte con el élder Takashi Wada, me enteré de que su esposa, la hermana Naomi Wada, es experta en caligrafía japonesa. Le pregunté a la hermana Wada si podría dibujarme los caracteres japoneses de la palabra mui. Quería colgar la caligrafía en la pared como recordatorio de que debo quedarme tranquilo y centrarme en el Salvador. Me sorprendió que ella no accediera de inmediato a aquella petición aparentemente simple.

Al día siguiente, el élder Wada, sabiendo que era probable que yo hubiera malinterpretado la vacilación de ella, me explicó que escribir esos caracteres requería mucho esfuerzo. Ella tenía que pensar y meditar sobre el concepto y los caracteres hasta que entendiera el significado en el fondo de su alma y pudiera expresar esas impresiones genuinas con cada trazo del pincel. Sentí vergüenza por haberle pedido con tanta despreocupación que hiciera algo tan exigente. Le pedí que le transmitiera mis disculpas a ella por mi ignorancia y que le dijera que retiraba mi petición.

Se imaginarán mi sorpresa y gratitud cuando, al marcharme de Japón, la hermana Wada, sin que se lo pidiera, me regaló una hermosa caligrafía de los caracteres japoneses de la palabra mui. Ahora cuelga en un lugar destacado de la pared de mi oficina y me recuerda que debo quedarme tranquilo y buscar al Señor cada día con todo el corazón, alma, mente y fuerza. Ella, con aquella acción altruista, había plasmado el significado de mui, o tranquilidad, mejor que cualquier palabra. En lugar de dibujar los caracteres de forma mecánica y diligente, abordaba la caligrafía con íntegro propósito de corazón y verdadera intención.

De manera similar, Dios quiere que abordemos nuestro tiempo con Él con esa misma devoción genuina. Cuando lo hacemos así, nuestra adoración se convierte en la expresión de nuestro amor por Él.

Él anhela que estemos en comunión con Él. En una ocasión, después de ofrecer la primera oración en una reunión con la Primera Presidencia, el presidente Nelson se giró hacia mí y dijo: “Mientras usted oraba, pensé en cuánto debe apreciar Dios que tomemos tiempo de nuestra apretada agenda para reconocer Su existencia”. Aquel fue un recordatorio simple, pero poderoso, de cuánto debe significar para el Padre Celestial que hagamos una pausa para estar en comunión con Él.

Por mucho que desee nuestra atención, no nos obligará a venir a Él. El Señor resucitado dijo a los nefitas: “Cuántas veces os hubiera juntado como la gallina junta sus polluelos, y [vosotros] no quisisteis”. Después, les hizo esta esperanzadora invitación, que también se aplica a nosotros hoy día: “Cuántas veces os juntaré como la gallina junta sus polluelos bajo las alas, si os arrepentís y volvéis a mí con íntegro propósito de corazón”.

El Evangelio de Jesucristo nos da oportunidades de volver a Él con frecuencia. Entre esas oportunidades están las oraciones cotidianas, el estudio de las Escrituras, la ordenanza de la Santa Cena, el día de reposo y la adoración en el templo. ¿Qué pasaría si sacáramos esas oportunidades sagradas de nuestras listas de “cosas por hacer” y las pusiéramos en las listas de “no hacer”? O sea, si las abordáramos con la atención plena y el enfoque con que la hermana Wada aborda su caligrafía.

Quizás estén pensando: “No tengo tiempo para eso”. Yo también me he sentido así a menudo, pero permítanme sugerir que quizá no se necesita más tiempo, sino estar más conscientes de Dios y centrados en Él durante el tiempo que ya hemos apartado para Él.

Por ejemplo, al orar, ¿qué pasaría si dedicáramos menos tiempo a hablar y más tiempo simplemente a estar con Dios; y que a la hora de hablar expresáramos de forma más genuina y específica nuestra gratitud y nuestro amor?

El presidente Nelson ha aconsejado que no solo leamos las Escrituras, sino que las saboreemos. ¿Qué diferencia habría si leyéramos menos y saboreáramos más?

¿Qué pasaría si hiciéramos más para preparar la mente para participar de la Santa Cena y, con gozo, meditáramos en las bendiciones de la Expiación de Jesucristo durante esta sagrada ordenanza?

En domingo, que en hebreo es Sabbath y significa “día de reposo”, ¿qué pasaría si descansáramos de otros asuntos y dedicáramos tiempo a sentarnos tranquilos con el Señor para rendir nuestras devociones a Él?

Durante nuestra adoración en el templo, ¿qué pasaría si hiciéramos un esfuerzo más disciplinado por prestar atención o quedarnos un poco más de tiempo en el salón celestial reflexionando en silencio?

Si nos centramos menos en hacer y más en fortalecer nuestra conexión por convenio con el Padre Celestial y con Jesucristo, testifico que cada uno de esos momentos sagrados se enriquecerá y recibiremos la guía que necesitemos en nuestra vida personal. Al igual que Marta en el relato de Lucas, solemos estar “afanados y turbados con muchas cosas”, pero si estamos en comunión con el Señor cada día, Él nos ayudará a saber qué es lo más necesario.

También el Salvador dedicó tiempo en Su ministerio a estar tranquilo. Las Escrituras están repletas de ejemplos en los que el Señor se retira a un lugar solitario, a un monte, al desierto o a un lugar apartado, o se aleja “un poco”, para orar al Padre. Si Jesucristo buscó momentos de tranquilidad para estar en comunión con Dios y ser fortalecido por Él, sería prudente que nosotros hiciéramos lo mismo.

Conforme concentremos el corazón y la mente en el Padre Celestial y en Jesucristo, y escuchemos la voz suave y apacible del Espíritu Santo, sabremos con más claridad qué es lo más necesario, desarrollaremos una compasión más profunda y hallaremos reposo y fortaleza en Él. Paradójicamente, para ayudar a Dios a acelerar Su obra de salvación y exaltación, quizá debamos ir más despacio. Es posible que el estar siempre en movimiento esté agravando la conmoción en nuestra vida y nos esté robando la paz que buscamos.

Testifico que si volvemos al Señor con frecuencia, con íntegro propósito de corazón, llegaremos con tranquilidad y confianza a conocerlo y a sentir Su infinito amor por convenio por nosotros.

El Señor prometió:

“Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis”.

“Y me buscaréis y me hallaréis cuando me busquéis con todo vuestro corazón”.

Testifico que esta promesa es cierta. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Discurso pronunciado en la Conferencia General de Octubre de 2024 de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias.

Todos los derechos de este video estan reservados y pertenecen a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias.
www.churchofjesuschrist.org

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05/03/2026

¡La vida terrenal funciona!

Por el élder Brook P. Hales
De los Setenta

Durante varios años, tuve la asignación de ministrar a una hermana mayor de mi barrio. Ella no tenía una vida fácil. Padecía varios problemas de salud y había experimentado una vida llena de dolor debido a un accidente que había sufrido en el patio del colegio. Se divorció a los treinta y dos años, tenía cuatro hijos pequeños que criar y mantener. Se volvió a casar a los cincuenta años. Su segundo esposo falleció cuando ella tenía sesenta y seis años, y esta hermana vivió veintiséis años más como viuda.

A pesar de los desafíos de su vida, fue fiel a sus convenios hasta el fin. Esta hermana era una ávida genealogista, asistía al templo y recopilaba y escribía historias familiares. Aun cuando tuvo que hacer frente a muchas pruebas difíciles, y sin duda en ocasiones sentía tristeza y soledad, tenía un semblante alegre y una personalidad amable y agradable.

Nueve meses después de su muerte, uno de sus hijos tuvo una experiencia extraordinaria en el templo. Supo por medio del poder del Espíritu Santo que su madre tenía un mensaje para él. Ella se comunicó con él, pero no fue por medio de una visión o de palabras audibles. El siguiente mensaje inconfundible llegó a la mente de su hijo: “Quiero que sepas que la vida terrenal funciona y que ahora entiendo por qué todo sucedió [en mi vida] de la manera en que sucedió, y todo está bien”.

Este mensaje es aún más notable si se considera la situación de esta hermana y las dificultades que tuvo que soportar y superar.

Hermanos y hermanas, ¡la vida terrenal funciona! ¡Está diseñada para funcionar! A pesar de los desafíos, las angustias y las dificultades que todos enfrentamos, nuestro amoroso, sabio y perfecto Padre Celestial ha diseñado el plan de felicidad de tal manera que no estamos destinados a fracasar. Su plan nos proporciona una manera de elevarnos por encima de nuestros fracasos terrenales. El Señor ha dicho: “Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”.

Sin embargo, si hemos de ser beneficiarios de la “obra y […] gloria” del Señor, incluso de la “inmortalidad y vida eterna”, debemos esperar ser instruidos y enseñados, y pasar por el fuego purificador, a veces hasta nuestros límites más extremos. Evitar por completo los problemas, desafíos y dificultades de este mundo sería eludir el proceso que es verdaderamente necesario para que la vida terrenal funcione.

Por lo tanto, no deberíamos sorprendernos cuando nos sobrevengan tiempos difíciles. Encontraremos situaciones que nos pondrán a prueba y personas que nos permitirán practicar verdadera caridad y paciencia; pero debemos soportar nuestras dificultades y recordar lo que el Señor dijo:

“Y el que diere su vida en mi causa, por mi nombre, la hallará otra vez, sí, vida eterna.

“No temáis, pues, a vuestros enemigos [ni a vuestros problemas, desafíos o pruebas de esta vida], porque he decretado […] probaros en todas las cosas, dice el Señor, para ver si permanecéis en mi convenio […] a fin de que seáis hallados dignos”.

Cuando nos sintamos angustiados o ansiosos por nuestros problemas o sintamos que estamos recibiendo más de lo que nos corresponde de las dificultades de la vida, podemos recordar lo que el Señor dijo a los hijos de Israel:

“Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para humillarte, para ponerte a prueba, para saber lo que est[á] en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos”.

Como Lehi le enseñó a su hijo Jacob:

“Tú has padecido aflicciones y mucho pesar […]. No obstante, […] [Dios] consagrará tus aflicciones para tu provecho. […] Por tanto, yo sé que tú estás redimido a causa de la justicia de tu Redentor”.

Debido a que esta vida es un campo de pruebas y que hay “peligros que amenazan quitarnos la paz”, es útil recordar este consejo y promesa que se encuentran en Mosíah 23 en cuanto a los desafíos de la vida: “Sin embargo, quien pone su confianza en [el Señor] será enaltecido en el postrer día”.

Cuando era joven, experimenté personalmente gran dolor emocional y vergüenza como resultado de las acciones injustas de otra persona, lo que durante muchos años afectó mi autoestima y mi sentido de dignidad ante el Señor. No obstante, doy testimonio personal de que el Señor puede fortalecernos y sostenernos en cualquier dificultad que nos toque experimentar durante nuestra permanencia en este valle de lágrimas.

Conocemos la experiencia de Pablo:

“Y para que la grandeza de las revelaciones [que he recibido] no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera.

“Con respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí.

“Y me ha dicho: Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”.

No sabemos cuál era el “aguijón en la carne” de Pablo. Eligió no describir si se trataba de una dolencia física, una enfermedad mental o emocional o una tentación; pero no necesitamos conocer ese detalle para saber que luchó y suplicó ayuda al Señor y que, en última instancia, fue la fortaleza y el poder del Señor lo que lo ayudó a superarlo.

Al igual que lo fue para Pablo, fue gracias a la ayuda del Señor que con el tiempo fui fortalecido emocional y espiritualmente, y al final reconocí, después de muchos años, que siempre he sido una persona valiosa y digna de las bendiciones del Evangelio. El Salvador me ayudó a superar mis sentimientos de indignidad y a extender un perdón sincero al ofensor. Finalmente comprendí que la Expiación del Salvador fue un regalo personal para mí y que mi Padre Celestial y Su Hijo me aman perfectamente. Gracias a la Expiación del Salvador, la vida terrenal funciona.

Si bien al final tuve la bendición de reconocer cómo el Salvador me rescató y estuvo a mi lado durante esas experiencias, comprendo claramente que la desafortunada situación de mis años de adolescencia fueron mi trayecto y experiencia personales, cuya resolución y desenlace final no pueden proyectarse sobre aquellos que han sufrido y continúan sufriendo por el comportamiento injusto de otras personas.

Reconozco que las experiencias de la vida, buenas y malas, pueden enseñarnos lecciones importantes. Ahora sé y doy testimonio de que ¡la vida terrenal funciona! Espero que, como resultado de la suma de las experiencias de mi vida, tanto las buenas como las malas, tenga yo compasión por las víctimas inocentes de las acciones de otras personas y empatía por los oprimidos.

Sinceramente espero que, como resultado de las experiencias de mi vida, tanto las buenas como las malas, sea yo más amable con los demás, trate a los demás como lo haría el Salvador, y tenga una mayor comprensión hacia los pecadores y yo sea totalmente íntegro. Conforme lleguemos a confiar en la gracia del Salvador y guardemos nuestros convenios, podremos ser ejemplo de los efectos de largo alcance de la Expiación del Salvador.

Les comparto un último ejemplo de que la vida terrenal funciona.

Mi madre no tuvo un trayecto fácil a través de la vida terrenal; no recibió galardones ni honores del mundo y no tuvo oportunidades educativas más allá de la escuela secundaria. Contrajo polio de pequeña, lo que le ocasionó toda una vida de dolor y molestias en la pierna izquierda. De adulta, experimentó muchas circunstancias físicas y económicas difíciles y desafiantes, pero fue fiel a sus convenios y amaba al Señor.

Cuando mi madre tenía cincuenta y cinco años, la hermana que me sigue falleció y dejó huérfana a una niña de ocho meses, mi sobrina. Por diversas razones, mamá terminó criando en gran medida a mi sobrina durante los siguientes diecisiete años, a menudo en circunstancias muy difíciles. Sin embargo, a pesar de estas experiencias, ella sirvió feliz y de buen grado a su familia, a sus vecinos y a los miembros del barrio, y trabajó como obrera de las ordenanzas en el templo por muchos años. Durante los últimos años de su vida, mamá sufrió una forma de demencia y a menudo estaba confundida, por lo que fue ingresada en un centro asistencial. Lamentablemente, estaba sola cuando falleció inesperadamente.

Varios meses después de su fallecimiento, tuve un sueño que nunca olvidaré. En mi sueño, estaba sentado en mi oficina en el Edificio de la Administración de la Iglesia y mamá entró en la oficina. Yo sabía que había venido del mundo de los espíritus. Siempre recordaré los sentimientos que tuve; no dijo nada, pero irradiaba una belleza espiritual que yo nunca antes había experimentado y que me resulta difícil describir.

¡Su semblante y su presencia eran verdaderamente deslumbrantes! Recuerdo haberle dicho: “Madre, ¡eres tan hermosa!”, refiriéndome a su poder y belleza espirituales. Ella me agradeció, nuevamente sin hablar. Sentí su amor por mí y en ese momento supe que ella era feliz, que había sanado de sus preocupaciones y desafíos terrenales y que esperaba con ansias “una gloriosa resurrección”. Sé que para mamá la vida terrenal funcionó, y que también funciona para nosotros.

La obra y gloria de Dios es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. Las experiencias de la vida terrenal forman parte del viaje que nos permite crecer y progresar hacia esa inmortalidad y vida eterna. No se nos ha enviado aquí para fracasar sino para tener éxito en el plan que Dios tiene para nosotros.

Como enseñó el rey Benjamín: “Y además, quisiera que consideraseis el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales; y si continúan fieles hasta el fin, son recibidos en el cielo, para que así moren con Dios en un estado de interminable felicidad”. En otras palabras, ¡la vida terrenal funciona!

Testifico que a medida que recibimos las ordenanzas del Evangelio, concertamos convenios con Dios y luego guardamos esos convenios, nos arrepentimos, servimos a los demás y perseveramos hasta el fin, ¡también nosotros podemos tener la seguridad y la confianza plena en el Señor de que la vida terrenal funciona! Testifico de Jesucristo y que nuestro glorioso futuro con nuestro Padre Celestial es posible mediante la gracia y la Expiación del Salvador. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Discurso pronunciado en la Conferencia General de Octubre de 2024 de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias.

Todos los redechos de este video estan reservados y pertenecen a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias.
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