05/28/2026
Categoría - Palabra que da Vida – Evangelio del Dia
Hoy es: Jesucristo Sacerdote
Salmo de hoy
R7. Aqui estoy, Señor, para hacer tu voluntad
Reflexión del Evangelio de hoy
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
Celebramos hoy la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Él no ofrece algo externo, sino que se ofrece a sí mismo. Su sacerdocio se expresa en la oración, en la intercesión, en la entrega total al Padre por amor a los hombres.
Jesús vela y ora. Y nos invita a entrar en ese mismo movimiento: velar con Él, orar con Él, vivir para el Padre y para los hermanos. En el sacerdocio de Jesús encontramos el modelo de toda vida ofrecida: una vida disponible, entregada, fecunda en el amor.
En la lectura del Génesis, la escena de Abraham en el monte es una de las más sobrecogedoras de la Escritura. No se nos ahorran las preguntas, ni el temblor del corazón. Abraham sube con su hijo, con la promesa en sus manos… y con la fe como único apoyo. No entiende, pero confía. No retiene, sino que entrega.
En ese momento límite, cuando todo parece oscurecerse, resuena en lo profundo la actitud que el salmo pone en nuestros labios: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”
No es una frase fácil. Es una disponibilidad que ha sido purificada. Abraham no ofrece solo algo suyo: se ofrece a sí mismo. Su fe no consiste en comprender, sino en permanecer. Y en ese permanecer, Dios revela que no quiere sacrificios de muerte, sino corazones disponibles a su voluntad.
También nosotros somos llevados, de un modo u otro, a ese monte: en la vida cotidiana, en las decisiones, en las renuncias, en lo que no entendemos. Y ahí se nos pide lo mismo: no hacer nuestra voluntad, sino acoger la del Señor.
La obediencia, vivida desde el amor, no es pérdida, sino camino de fecundidad. Lo que se pone en manos de Dios no se destruye, se transforma. Como Abraham, aprendemos que Dios provee. Que Él sostiene. Que su voluntad es siempre vida, aunque pase por el misterio.
Decir, como el salmista “aquí estoy” es, en el fondo, dejarnos encontrar por Dios tal como somos, y permanecer ante Él con un corazón abierto.
“Velar y orar con Cristo en la hora de la prueba”
En Getsemaní entramos en el corazón mismo de Cristo. Ya no es la figura de Abraham, sino el Hijo que vive en su propia carne la entrega total.
Jesús se retira a orar. Siente el peso de la angustia, la cercanía de la cruz, la debilidad de la carne. Y en medio de todo, dirige su mirada al Padre: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú.”
Aquí se revela el verdadero combate. No es solo el sufrimiento, sino la obediencia. Jesús no suprime su deseo humano —lo expresa con verdad—, pero lo entrega. No hace lo que quiere, sino que quiere el querer del Padre.
Mientras tanto, los discípulos duermen.
Jesús les había pedido algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy exigente: “Velad conmigo.” Velar es permanecer, estar, acompañar. Orar es abrir el corazón a Dios. Y, sin embargo, la debilidad puede más. “El espíritu está pronto, pero la carne es débil.” les dijo Jesús a sus discípulos, aquellos que le habían acompañado al huerto de los olivos.
¡Qué cerca nos queda esta escena! También nosotros queremos, pero no siempre podemos. En muchas ocasiones somos Pedro, Santiago o Juan y, a ellos como también a nosotros nos vence el cansancio, la dispersión, la huida.
Y, sin embargo, Jesús no retira su invitación. Nos sigue llamando a velar y a orar con Él. A no vivir desde nuestros impulsos, sino desde la relación con el Padre. A sostenernos en la oración, especialmente en los momentos de prueba.
Getsemaní es escuela de fidelidad. Allí aprendemos que la oración no elimina la lucha, pero nos permite atravesarla. Que la verdadera libertad está en adherirse a la voluntad de Dios. Y que acompañar a Cristo —aunque sea desde nuestra pobreza— es ya participar de su entrega.
Pidamos al Señor que nos conceda tener siempre fijos los ojos en Jesús, y que nos haga capaces de vivir en disponibilidad, en servicio y en entrega por amor, como Él. Que aprendamos a velar y a orar en medio de nuestra debilidad, confiando no en nuestras fuerzas, sino en su gracia. Y que, como Él, sepamos decir cada día: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”
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