08/04/2026
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Vivimos en una generación que constantemente nos dice: “Trabaja para que los que dudaron de ti vean hasta dónde llegaste.” A primera vista parece una frase motivadora, pero cuando la llevamos a la luz de la Palabra de Dios nos obliga a preguntarnos: ¿Para quién estoy viviendo?
Eclesiastés 4:4 dice: “He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despiertan la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu.”
Qué diferente es la perspectiva de Dios. El mundo nos impulsa a demostrar, competir y buscar reconocimiento. Nos enseña que el éxito es la mejor respuesta para quienes nos rechazaron. Pero Dios no busca personas que trabajen para impresionar a otros; Él busca hijos que trabajen con un corazón limpio y humilde.
Si mi esfuerzo nace del deseo de decir: “Ahora sí mírenme”, entonces mi recompensa dependerá de la aprobación de las personas. Pero si mi esfuerzo nace del deseo de honrar a Dios, servir a mi familia y administrar bien lo que Él puso en mis manos, entonces mi trabajo tendrá un propósito eterno.
También debemos cuidar nuestro corazón del otro extremo: la envidia. Así como el orgullo contamina al que quiere demostrar algo, la envidia contamina al que no soporta ver prosperar a otro. Ambos viven mirando a las personas en lugar de mirar a Dios.
Como creyentes, nuestro llamado no es demostrar que podemos; es demostrar que Cristo vive en nosotros. No trabajamos para que el mundo nos aplauda, sino para que Dios sea glorificado. Al final, el mayor éxito no será que la gente diga: “Lo logró”, sino que un día el Señor pueda decir: “Bien, buen siervo y fiel.”