08/19/2026
REFLEXIÓN HISTÓRICA SOBRE EL ORIGEN DEL PENTECOSTALISMO.
La historia del pentecostalismo no apareció de la nada a comienzos del siglo XX. Su desarrollo estuvo precedido por una serie de movimientos y transformaciones teológicas que fueron tomando forma durante varios siglos.
METODISMO WESLEYANO → MOVIMIENTO DE SANTIDAD → “SEGUNDA BENDICIÓN” → BAUTISMO DEL ESPÍRITU → CHARLES PARHAM → WILLIAM SEYMOUR → CALLE AZUSA.
El metodismo wesleyano, especialmente a partir de John Wesley, puso un fuerte énfasis en la conversión, la santificación y la búsqueda de una vida santa. Posteriormente, dentro del Movimiento de Santidad, algunos sectores desarrollaron la idea de una experiencia posterior a la conversión conocida como la “segunda bendición”, originalmente vinculada principalmente con la santificación.
Con el paso del tiempo, algunos grupos comenzaron a reinterpretar esa experiencia posterior en términos del “bautismo del Espíritu Santo”. En este ambiente surgieron movimientos que enfatizaron también la sanidad divina y las experiencias sobrenaturales.
A comienzos del siglo XX aparece Charles Fox Parham, quien dio un paso decisivo al enseñar que el hablar en lenguas constituía la evidencia inicial del bautismo en el Espíritu Santo. Esta enseñanza sería posteriormente llevada a Los Ángeles por William J. Seymour.
En 1906, el avivamiento de la Calle Azusa se convirtió en uno de los acontecimientos fundamentales para la expansión del pentecostalismo moderno. Desde allí, estas ideas se extendieron rápidamente por Estados Unidos y posteriormente por diferentes partes del mundo.
Por eso, estudiar el origen del pentecostalismo exige mirar más allá de Azusa. Antes de Parham hubo un desarrollo teológico; antes de Seymour hubo Parham; antes de Parham estuvo el Movimiento de Santidad; y antes de este encontramos las raíces wesleyanas.
Esto también nos enseña algo importante: las doctrinas y prácticas de los movimientos cristianos tienen una historia. Conocer esa historia no significa necesariamente aprobarla o rechazarla, pero sí nos permite preguntarnos con mayor responsabilidad:
¿De dónde viene una enseñanza? ¿Cuándo apareció? ¿Cómo fue interpretada originalmente? Y, sobre todo, ¿esa enseñanza puede demostrarse claramente desde las Escrituras?
La historia nos ayuda a conocer de dónde viene una doctrina; la exégesis debe ayudarnos a determinar si esa doctrina es bíblica.