06/09/2026
Mateo 18:21-22: “Pedro se acercó y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. Jesús no habló de contar. Habló de no llevar cuenta.
El perdón barato dice: “Te perdono, pero no quiero verte”. Eso no es perdón. Es distancia con etiqueta cristiana. Es guardar el puñal, solo que lo escondes bajo la alfombra.
Lucas 6:27-28: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian”. Jesús no dijo “ignóralos”. Dijo “bendícelos”. Bendecir requiere verlos. Requiere acercarte. Requiere romper el muro.
El verdadero perdón duele porque te obliga a mirar al que te rompió. Pero es ahí donde se prueba si Cristo está en ti o no.
Mateo 5:23-24: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. Dios prefiere que arregles la relación antes que le cantes. Porque la adoración sin reconciliación es ruido.
Perdonar no significa volver a confiar ciegamente. Significa soltar la deuda. Romanos 12:19: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios”. Dejar lugar a Dios significa que tú sales del trono de juez.
Si no puedes ni ver a esa persona, el rencor sigue gobernándote. Hebreos 12:15: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe”_. La raíz crece en lo oculto. Y te estorba a ti, no a ellos.
Cristo en la cruz no dijo: “Te perdono, pero no te miro”. Dijo: Lucas 23:34: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Miró a los que lo mataban. Y pidió perdón por ellos.
Así que pregúntate: ¿Puedo orar por esa persona sin que me arda el pecho? ¿Puedo pedirle a Dios que la bendiga de verdad? Si la respuesta es no, entonces tu perdón está incompleto.
Perdonar es dejar de desearle mal. Es soltar el expediente. Es mirar a la cara y decir: “Esto dolió, pero no voy a dejar que me defina”.
No es fácil. Pero es Cristo en ti. Y sin eso, tu perdón es solo teatro.