11/01/2025
Cuando el alma no ha alcanzado su limpieza, su fuerza permanece pesada y turbia, como un eco atrapado entre mundos.
Teme la claridad del plano espiritual y rehúye la vibración pura que no puede sostener; por eso vuelve su mirada hacia la tierra, donde aún reconoce la sombra y la forma.
Así, vaga en la frontera entre lo visible y lo invisible, rondando cementerios, Montes y parajes donde la vida y la muerte se tocan.
Allí, en silencios espesos, algunos han visto pasar siluetas opacas, espíritus que abandonaron su cuerpo sin desprenderse de la materia, almas sin ascenso, todavía amarradas al polvo y a la memoria de la carne.
No son espíritus elevados ni guiados por el poder de los Mpungos, sino seres sin rumbo, cargando las huellas de sus faltas, arrastrando la pena de su vida pasada.
Erran hasta que los deseos terrenales vuelvan a encenderse y los llamen de nuevo a habitar un cuerpo, repitiendo hábitos y querencias antiguas, como quien no aprendió la lección y vuelve al mismo camino.
Así se cumple el misterio del retorno, conocido entre los sabios mayomberos:
la reencarnación como paso inevitable para quien no elevó su espíritu, para quien no alcanzó la luz ni la bendición de Nsambi.
Pero aquel alma que en la errancia escucha a los ancestros, que se purifica y aprende bajo la mirada de los mu**tos y la fuerza de lo sagrado, renace con más claridad.
Vuelve con mejor palabra, con intuición despierta, con virtudes que antes dormían, guiado por linaje, mpungo y fundamento espiritual.
Cada vida es un escalón.
Cada paso, una limpieza.
Como la Nganga, que transforma hueso, tierra y espíritu en fuerza viva, así el alma se forja existencia tras existencia.
Nada queda sin evolución.
Nada sin retorno.
El espíritu camina, paso a paso, hacia su propia coronación en la luz.
Nsala Malekun — Malongo bendiga el sendero de quienes buscan la verdad