10/12/2022
Ame o muera
Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Apocalipsis 2:4
La experiencia que cambió mi propia vida acerca del amor, vino cuando un amigo me obsequió un ejemplar del libro Brother Indeed (Hermano de verdad), la biografía de Robert C. Chapman, de Barnstaple, Inglaterra. Aparte de la Biblia, nadie ha influenciado más en mi forma de pensar acerca del amor y el liderazgo que Robert Chapman.
En su día, algunos le llamaban el “apóstol del amor”, y Charles Haddon Spurgeon se refería a él como “el hombre más piadoso que alguna vez conocí”.
Robert Chapman dejó su profesión de abogado en Londres para ser el pastor de una pequeña iglesia bautista en Barnstaple. Esta pequeña congregación contenciosa, había pasado por tres pastores diferentes en los dieciocho meses previos a la llegada de Chapman. La historia de cómo Chapman dio vuelta completamente a esta iglesia contenciosa mediante su amor, paciencia y ministerio de enseñanza bíblica, es un relato inspirador de liderazgo bondadoso. La iglesia eventualmente se convirtió en una iglesia grande y armoniosa. Se la conocía por toda Inglaterra por su amor, alcance misionero y ministerios compasivos a los pobres.
Hacia el final de su vida, a la edad de noventa y nueve años, Chapman era tan reconocido por su cariñosa disposición y sabiduría que una carta del extranjero estaba dirigida simplemente a “R. C. Chapman, Universidad del Amor, Inglaterra”, y fue correctamente entregada en su domicilio.
Antes de la llegada de Chapman, la iglesia en Barnstaple estaba orgullosa de sus distintivos doctrinales y su forma de gobierno, pero estaba muriendo por falta de amor. Cuando llegó Robert Chapman, él sopló el aliento de vida dentro de la iglesia. Pronto irradiaba el amor por Cristo, el amor de unos por otros, el amor a la verdad del evangelio, el amor por los perdidos. Se convirtió en la universidad del amor.
En Apocalipsis 2, leemos de otra iglesia que era orgullosa de su justicia y fidelidad, pero estaba a punto de morir por falta de amor. Nuestro Señor mismo le dice a la iglesia y a sus líderes que se arrepientan y permitan que el aliento vital del amor fluya nuevamente dentro de su cuerpo. Lea cuidadosamente las palabras solemnes y la advertencia de Jesucristo a la iglesia de Efeso:
Escribe al ángel de la iglesia en Efeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos… Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido (Apocalipsis 2:1–2, 4–5).
Alabanza y condenación
Nuestro Señor comienza por encomiar a la iglesia de Efeso por sus buenas obras, arduo trabajo, constancia en la fe, intolerancia a la herejía, celo por la pureza de la doctrina y paciente resistencia bajo la persecución. Hay mucho que elogiar en esta iglesia, y nosotros deberíamos premiar sus cualidades ejemplares; parecería que todo estaba bien. Los efesios podrían haber escrito libro sobre el ministerio eclesiástico exitoso. Sin embargo, no todo estaba bien. Algo estaba fundamentalmente mal. Con una percepción divina penetrante dentro del verdadero estado espiritual de esta iglesia exteriormente exitosa, Jesús tornó la alabanza en condenación. El dice: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”.
A la luz de todas las buenas cualidades de esta iglesia, la crítica de Cristo parecería trivial, pero a sus ojos, el latido del corazón de esa iglesia se había perdido.
Pérdida del primer amor
En un tiempo la iglesia prosperaba con genuino amor. Pero esto había cambiado. Todavía quedaba una medida de amor genuino porque ellos peleaban por la verdad del evangelio. Pero esto había cambiado. (Apocalipsis 2:2–3, 6). El amor de ellos ya no era lo que había sido una vez. Efectivamente, en vez de crecer más fuerte y más profundo, el amor de ellos se había desvanecido. Tenían obras, pero el gozo, la creatividad, sensibilidad, y la energía que el amor produce había desaparecido. La calidad de su amor había cambiado, y esto se hizo aparente aun en sus obras. Jesús los reprende y los llama a hacer las “primeras obras”. Los amonesta a recordar de dónde “han caído” (Apocalipsis 2:5).
El objeto de este amor no se declara específicamente en el texto. No dice amor por Cristo o amor por los creyentes. Por lo tanto es mejor entender que Jesús se refiere al amor en general (amor por Cristo, de unos a otros, y por los perdidos).
La clase de amor que Dios requiere de su pueblo es un amor total, no dividido (Deuteronomio 6:4–6). Debemos amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente (Mateo 22:37). Además, según el libro de Apocalipsis, la relación entre Jesucristo y su Iglesia es la de una relación matrimonial; Cristo es el marido y la Iglesia es la esposa. La respuesta de la esposa, la Iglesia, debe ser devoción a Cristo el esposo, una respuesta gozosa, sin división. En Efeso, la esposa había perdido las importantes cualidades de su amor. El gozo de adorar, el hambre por conocerle mejor mediante su Palabra, el deseo de entender su amor más plenamente, la sed de crecer espiritualmente, y el amor por cantar sus alabanzas y orar se habían perdido.
La clase de amor que se requiere entre los creyentes es amarse unos a otros como Jesús nos amó. Es un amor fraternal (1 Pedro 1:22) que nos capacita para dar nuestras vidas unos por otros (1 Juan 3:16). En Efeso, el Señor estaba buscando que su pueblo se preocupara sacrificialmente por las necesidades de unos y otros, abriendo sus hogares a todos, viviendo como una familia extendida, gozosamente sirviéndose mutuamente, orando fervientemente unos por otros, cruzando fronteras raciales y gozando de la vida juntos en la iglesia y en el hogar. Pero el amor de ellos se había marchitado.
Amy Carmichael, quien rescató niños abusados y proveyó un hogar para ellos mediante su ministerio Dohnavur Fellowship en la India, reconoció el potencial mortal de la pérdida del amor entre sus compañeros de trabajo. Estableció pautas para las Hermanas de la Vida Común, las mujeres que trabajaban junto con ella en el orfanato.
La falta de amor es mortal. Es un cáncer. Puede matar lentamente pero siempre mata al final. Tengamos temor de él, temor para darle lugar como deberíamos temer el alimentar a una cobra. Es más mortal que una cobra. Y así como una gota pequeña del veneno casi invisible de una cobra se disemina rápidamente por todo el cuerpo de uno que ha sido inyectado, así una gota de la hiel de la falta de amor en mi corazón o el suyo, no importa que no se vea, tiene un poder terrible de diseminarse por toda nuestra familia, puesto que somos un cuerpo —somos parte unos de otros.
Es nuestro deber enseñar a los más jóvenes la verdad de que la oración unida es imposible, a menos que haya amor leal. Si la falta de amor se descubriera en cualquier parte, detenga todas las cosas y arréglelo como corresponda, si es posible enseguida.
La clase de amor requerido por Cristo es el amor hacia todas las personas (1 Tesalonicenses 3:12). Este amor busca satisfacer las necesidades físicas y espirituales de las personas. Es el amor manifestado por el Buen Samaritano a un hombre moribundo desconocido (Lucas 10:30–37). Es el amor expresado en el evangelismo y en alcanzar a los perdidos. Es el amor que Pablo sintió por Israel: “… que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Romanos 9:2–3). Este amor por los perdidos y necesitados se había marchitado totalmente en Efeso.
Trágicamente, la iglesia de Efeso había cambiado. Había abandonado su primer amor, y algo tenía que hacerse o el Señor juzgaría a la iglesia. “Con razón”, escribe el predicador puritano Nathaniel Vincent, “que Satanás, que obra para destruir iglesias, se esmera por matar el amor.”
El remedio de Cristo para el amor desvanecido
Jesús llama a la iglesia a que haga tres cosas inmediatamente o, él dice, “quitaré tu candelero de su lugar”. Aunque el significado correcto de este juicio es cuestión de debate, la seriedad de la situación es alarmantemente clara. A menos que haya un cambio, Cristo vendrá y actuará en juicio contra esta iglesia local.
La pérdida del amor es pecado. En Apocalipsis 2:4–5 Jesús reprende, así como también ofrece un remedio:
1. recuerda, por tanto, de donde has caído.
2. arrepiéntete.
3. haz las primeras obras.
La situación no era imposible de solucionar. Pero la iglesia tenía que actuar inmediatamente para encender nuevamente la llama del amor original. El fracaso en cambiar resultaría en el desastre para la iglesia. El Señor advierte con firmeza, “…pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido”. Esta advertencia demuestra cuán seriamente Jesús considera la pérdida del amor. La amenaza es real; si ellos no se arrepienten, vendrá y quitará el candelero de su lugar, es decir, él traerá a su fin la existencia de la iglesia local.
Un llamado de advertencia a las iglesias y los líderes
Las cartas a las siete iglesias son como un toque de trompeta a todas las iglesias y líderes cristianos (Apocalipsis 2 y 3). Jesús advierte a la iglesia local en Efeso y sus líderes de que pueden trabajar arduamente, luchar contra la herejía, tener dones espirituales, enseñar sana doctrina, y aun ser deficientes en amor y estar al borde de la disciplina divina. Puesto que el amor es absolutamente esencial para la supervivencia de la iglesia local, sus líderes deben guardar un profundo amor por Cristo y continuamente supervisar y alentar el amor en la iglesia.
Cuidando de guardar nuestro amor hacia Cristo
Cuando los líderes pierden su amor, no pasará mucho tiempo antes que el pueblo lo haga. Por consiguiente, los líderes deben primero guardar su propia relación de amor con el Señor Jesucristo a fin de que la iglesia tampoco pierda ese amor por Cristo. No hay sustituto para el amor que debemos entregar al Señor Jesucristo. Es nuestro deber primordial y más fundamental. Los creyentes de Efeso pensaban que su ortodoxia doctrinal era suficiente. Pero no lo era. Si nosotros no protegemos activamente y cultivamos nuestro amor por Dios y Cristo, todos los otros amores se desvanecerán: nuestro amor por los creyentes, nuestro amor por los necesitados, nuestro amor por los perdidos, y nuestro amor por la verdad.
El apologista cristiano Francis Schaeffer, quien, con su esposa Edith, demostraron el amor cristiano en formas extraordinarias mediante su hogar abierto en Suiza, entendían la importancia del amor:
Debemos preguntarnos: ¿Luchamos meramente por la fidelidad doctrinal? Esto es como la esposa que no duerme con ningún otro, pero que nunca muestra amor hacia su propio esposo. ¿Es esa una relación suficiente en el matrimonio? No, diez mil veces no. Sin embargo, si yo soy un cristiano que habla y actúa a favor de la fidelidad doctrinal pero no muestro amor hacia mi divino esposo, estoy en el mismo lugar que dicha esposa. Lo que Dios quiere de nosotros no es sólo la fidelidad doctrinal, sino nuestro amor día tras día. No en teoría solamente, sino en práctica.
C. H. Mackintosh, cuyos libros sobre el Pentateuco son considerados la norma para los comentarios devocionales, ofrece sanos consejos acerca del amor por Cristo como el requerimiento esencial:
Si yo permito que mi trabajo se interponga entre mi corazón y el Maestro, será de poco valor. Sólo podemos servir eficazmente a Cristo a medida que lo estamos gozando a él. Es cuando el corazón mora sobre sus poderosas atracciones que las manos realizan el servicio más aceptable a su nombre… Es verdad que alguien podrá predicar un sermón, dar una conferencia, expresar oraciones, escribir un libro, y pasar por toda la rutina del servicio externo, y todavía no ministrar a Cristo. El hombre que presenta a Cristo a otros debe estar él mismo ocupado con Cristo.
El amor a Dios y a Cristo es fundamental para tener amor por todas las demás cosas. El amor a Dios “es el primero y grande mandamiento” (Mateo 22:38).
Cuidándose de las formas externas y del ritualismo
Necesitamos proteger a la iglesia contra la tendencia de confiar en formas externas, rituales religiosos, tradiciones, y reglas, mientras descuidamos los elementos vitales del verdadero amor a Cristo y el amor de los unos por los otros.
Estamos seguros que los cristianos de Efeso asistían a la iglesia, conocían la doctrina, rechazaban a los falsos maestros, hacían buenas obras, vivían vidas honradas, oraban y cantaban, pero el celo y la devoción interior de su amor estaba disminuyendo en forma alarmante. La realización externa había reemplazado a la verdadera fe y amor interior del corazón. El amor a Cristo y por el prójimo que una vez tenían se había desvanecido. Por lo tanto, su religión se volvió más externa que interna. Se volvió más mecánica que genuina:
Todavía proclaman la verdad, pero ya no aman tan apasionadamente al que es la verdad. Todavía realizan buenas acciones, pero ya no debido al amor, la hermandad y la compasión. Preservan la verdad y testifican valerosamente pero se olvidan de que el amor es el gran testigo de la verdad. No es que sus virtudes genuinas hayan eliminado el amor, sino que ninguna cantidad de buenas obras, sabiduría, y discernimiento en asuntos de disciplina de la iglesia, la resistencia paciente en dificultades, odio al pecado, o doctrina disciplinada en la iglesia, jamás pueden compensar la falta de amor.
Guiando la Iglesia al arrepentimiento y la renovación
El arrepentimiento y la revitalización espiritual son tareas interminables en un mundo saturado por el pecado. Por lo tanto, los líderes y maestros de la iglesia deben estar preparados para guiar a la congregación al arrepentimiento ante la falta de amor y el amor hipócrita (Romanos 12:9). El amor puede ser revivido y crecer de nuevo (Apocalipsis 2:5). El fuego puede ser encendido otra vez. Las personas pueden ser dedicadas nuevamente a Cristo y también unos a otros. La fresca vida del amor puede ser impartida en la oración, el estudio bíblico, el evangelismo, la adoración y la comunión con otros. Para ese fin, es que nosotros debemos continuamente orar y trabajar. Como el predicador Puritano Nathaniel Vincent indicó:
¡Oh amor! ¡Cuánta necesidad hay de ti en la Iglesia de Cristo! ¡Y cuánto siente la Iglesia esta necesidad! Ella gime, languidece, ella muere diariamente debido a tu ausencia. ¡Regresa, oh amor, regresa! Repara brechas, restaura sendas para habitarlas. Edifica los viejos caminos y lugares, y levanta los fundamentos de muchas generaciones.