10/03/2026
RECUERDA QUIÉN ES TU DIOS. Salmo 77:11-12
Hay momentos en la vida en los que el problema se vuelve tan grande que comenzamos a olvidar quién es nuestro Dios. La dificultad ocupa tanto espacio en nuestra mente que dejamos de mirar al que tiene el poder para cambiarla. Una deuda, una enfermedad, una crisis familiar, una relación rota, un hijo que se ha apartado, una puerta que no se abre, una pérdida, una decepción o una situación que lleva demasiado tiempo sin resolverse puede llegar a dominar nuestros pensamientos hasta hacernos sentir que no existe salida. Y entonces comenzamos a vivir como si aquello que estamos atravesando fuera más grande que el Dios al que decimos servir. No porque hayamos dejado de creer que Dios existe, sino porque hemos permitido que nuestro problema sea más presente para nosotros que Su presencia.
El Salmo 77 nace desde un corazón angustiado. El salmista está atravesando un momento tan difícil que incluso comienza a preguntarse si Dios lo ha abandonado. Pero en medio de su aflicción ocurre algo poderoso: decide cambiar aquello en lo que está concentrando su atención. En lugar de continuar alimentando sus preguntas, comienza a recordar las obras de Dios. “Traeré, pues, a la memoria las obras de JAH.” No porque su problema hubiera desaparecido inmediatamente, sino porque necesitaba recordar que su situación presente no podía borrar la fidelidad de Dios en el pasado.
Y aquí hay una palabra que necesitamos dejar entrar hasta lo más profundo: ¿qué estás recordando más, tus problemas o las obras de Dios? Porque nuestra mente tiene una tendencia peligrosa a conservar con facilidad aquello que nos hirió y olvidar aquello que Dios ya hizo. Recordamos la puerta que se cerró, pero olvidamos las que Él abrió. Recordamos la oración que todavía no ha sido respondida, pero olvidamos las veces que Dios nos respondió. Recordamos quién nos abandonó, pero olvidamos quién nos sostuvo. Recordamos aquello que perdimos, pero olvidamos aquello de lo que Dios nos libró.
No permitas que el dolor de hoy borre de tu memoria la fidelidad de ayer. Porque cuando olvidamos las obras de Dios, comenzamos a interpretar el presente desde el miedo. Una dificultad económica nos hace pensar que nunca tendremos suficiente. Una enfermedad nos hace pensar que todo terminó. Un fracaso nos hace pensar que nunca volveremos a levantarnos. Una ruptura nos hace pensar que jamás volveremos a amar. Un problema familiar nos hace pensar que nuestra casa nunca volverá a tener paz. Una espera demasiado larga nos hace concluir que Dios se olvidó de nosotros.
Pero hoy Dios te pregunta: ¿ya olvidaste quién soy? Yo soy el Dios que abrió el mar cuando parecía no existir camino. Soy el Dios que sostuvo a Daniel en el foso de los leones. Soy el Dios que alimentó a una multitud con lo que parecía insuficiente. Soy el Dios que levantó al que estaba caído. Soy el Dios que hizo posible lo que los hombres consideraban imposible. Soy el Dios que sana enfermos, Soy el Dios que resucita dentro de los mu***os. Soy el Dios que sigue siendo Dios cuando tú no entiendes lo que está ocurriendo.
Para Dios no hay nada imposible. Y esto no significa que Él vaya a cumplir cada deseo exactamente como nosotros queremos. Significa que nuestras limitaciones no son las limitaciones de Dios. Lo que tú consideras demasiado tarde, Él todavía puede tocarlo. Lo que tú consideras demasiado roto, Él puede restaurarlo. Lo que tú consideras demasiado difícil, Él puede transformarlo. Lo que tú ya diste por perdido puede volver a estar delante de Él.
Tal vez has llegado al punto donde tus recursos se terminaron. Tus contactos no pudieron ayudarte. Tus ahorros no alcanzan. Tus fuerzas emocionales disminuyeron. Las personas que prometieron quedarse se fueron. Las soluciones humanas no funcionaron. Y quizá Dios permitió que llegaras hasta allí para que descubrieras algo que en medio de la abundancia habías olvidado: Él sigue siendo suficiente.
Porque mientras tengas a Dios, todavía tienes una razón para levantarte. Pero también debemos confrontar algo: ¿por qué muchas veces buscamos primero cualquier solución y dejamos a Dios para el último lugar? Cuando llega una crisis, llamamos a todos, consultamos a todos, buscamos en internet, nos desesperamos, lloramos, hacemos cuentas, imaginamos escenarios terribles y solamente después decimos: “Señor, ayúdame”. ¿Por qué no acudimos primero a Él? ¿Por qué nuestra primera reacción suele ser el miedo y no la oración?
Hay una generación agotada intentando sostenerlo todo sola. Personas cargando familias enteras sobre sus hombros, intentando solucionar problemas que no pueden controlar, preocupándose por un mañana que todavía no ha llegado y sufriendo hoy por escenarios que quizá nunca ocurrirán. Personas que sonríen en público mientras en privado se sienten completamente derrotadas. Personas que dicen “Dios tiene el control”, pero pasan la noche imaginando cómo van a salir de aquello.
Si realmente crees que Dios tiene el control, ¿por qué estás intentando cargar tú solo aquello que ya pusiste en Sus manos? No estoy diciendo que dejes de actuar. Ora y trabaja. Confía y haz tu parte. Busca ayuda cuando sea necesario. Toma decisiones responsables. Pero no conviertas la responsabilidad en desesperación ni la prudencia en incredulidad.
Hay cosas que puedes hacer y hay cosas que solamente Dios puede hacer. Y necesitas aprender a distinguirlas. Quizá tu tarea hoy es pedir perdón. Quizá es organizar tus finanzas. Quizá es buscar ayuda. Quizá es comenzar de nuevo. Quizá es dejar una relación que te está destruyendo. Quizá es volver a hablar con tus hijos. Quizá es cuidar tu cuerpo. Quizá es obedecer aquello que Dios ya te mostró. Pero después de hacer lo que te corresponde, deja de intentar ocupar el lugar que solamente le pertenece a Dios.
El salmista decidió meditar en las obras de Dios. No simplemente recordarlas superficialmente, sino detenerse a pensar en ellas. Porque aquello en lo que meditas termina gobernando tu perspectiva. Si todo el día meditas en tus problemas, tus problemas crecerán dentro de ti. Si meditas constantemente en lo que te falta, la escasez dominará tus pensamientos. Si repasas una y otra vez la ofensa que recibiste, el resentimiento seguirá alimentándose.
Pero cuando comienzas a recordar quién es Dios, algo dentro de ti empieza a cambiar. No necesariamente cambia la circunstancia inmediatamente. Cambia tu manera de atravesarla. Y quizá ese es el milagro que necesitas hoy.
Recuerda quién es tu Dios. Es un Dios de amor. No eres un accidente. No eres un número. No eres un problema olvidado. Eres alguien a quien Él conoce y ama. Y aunque estés atravesando una temporada que no comprendes, Su amor no ha cambiado.
Él es Padre. Y un buen padre no deja de amar a su hijo porque el hijo esté atravesando una dificultad. Tu circunstancia no determina cuánto Dios te ama. Tu cuenta bancaria no determina cuánto Dios te ama. Tu estado civil no determina cuánto Dios te ama. Tu pasado no determina cuánto Dios te ama. Tus errores no son más grandes que Su misericordia. Cada nuevo día que Dios te concede es una oportunidad más.
Quizá estás leyendo esto con lágrimas porque sabes que te has alejado. Quizá hace mucho tiempo no oras como antes. Ya no tienes la misma pasión. Antes buscabas a Dios y ahora solamente corres hacia Él cuando tienes problemas. Antes una palabra de la Biblia te quebrantaba y ahora puedes leerla sin sentir nada. Antes confiabas y ahora dudas de todo.
Hoy no tienes la respuesta, pero tienes a Dios. Y mientras tengas a Dios, tu historia todavía no terminó. Trae a la memoria Sus obras. Habla de Sus maravillas. Recuerda Sus misericordias. Recuerda Sus respuestas. Recuerda Sus cuidados. Recuerda aquellas veces en las que pensaste que todo había terminado y Dios todavía tenía algo que hacer. Tu memoria también puede convertirse en un altar.
Cada vez que recuerdes lo que Dios hizo, dile a tu alma: “Si Él fue fiel entonces, seguirá siendo fiel ahora”. Recuerda quién es tu Dios. Y no olvides jamás que para Él no hay nada imposible.
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