06/17/2026
Capítulo 23, Finalización.
EN LOS POSTREROS DÍAS.
Derramaré mi Espíritu…Joel 2:28.
Edificaré mi Iglesia…Mateo 16:18.
Vendré otra vez…Juan 14:3.
Para poder colaborar con Dios en la consumación de su plan, es necesario comprender ese plan. Hay tres esferas de verdades que tal vez más que ningunas otras han sido centros de agitadas controversias entre cristianos sinceros: la doctrina del Espíritu, la doctrina de la Iglesia y la doctrina de la segunda venida de Cristo, con sus eventos asociados.
Esto no es de sorprender si, como creemos, esas doctrinas constituyen la llave esencial del programa mundial de Dios. Satanás no puede permitirse ver que esas llaves caigan en manos de la Iglesia sin ofrecer resistencia, por cuanto las mismas van deletreando la destrucción del reino de las tinieblas. Las tácticas divisoras de Satanás, empero, no pueden desbaratar el propósito de Dios.
Es de mucho significado que en años recientes ha habido un resurgimiento mundial en cuanto a interés por el ministerio del Espíritu Santo, y en especial en el derramamiento del Espíritu en poder de avivamiento, lo que ha obligado a muchas personas inteligentes a hacer una nueva evaluación de su doctrina de la Iglesia. Si es que vamos a tener el nuevo vino del Espíritu, ¿qué diremos de los nuevos odres? Además, la tan rápidamente cambiante condición eclesiástica, dominada por el ecumenismo, está haciendo que muchos se vuelvan al Nuevo Testamento para volver a examinar el plan original de Dios para su Iglesia.
¿Qué hay en cuanto a la profecía no cumplida y el retorno de Cristo? Aún tendrá que manifestarse un nuevo y más amplio interés en cuanto a este aspecto de la verdad. Veamos ahora cómo esas tres llaves principales del plan de Dios están asimismo estrechamente vinculadas con el tema del ayuno.
EL DERRAMAMIENTO DEL ESPÍRITU.
Muchísimos creyentes en la actualidad están llegando a una experiencia transformadora del poder y los dones del Espíritu Santo. Muchos otros, convencidos de que una amplia visitación del Espíritu en poder de avivamiento es la única respuesta a la necesidad espiritual de la hora, están rogando por la promesa de Joel que Pedro citó en el día de Pentecostés:
"Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne."
¿Qué diremos acerca de esto? Los hechos que tuvieron lugar en Pentecostés ¿consumaron la profecía de Joel? Es obvio que no, porque de lo contrario no hubiera habido posteriores derramamientos. ¿Está reservado entonces el cumplimiento final para algún día futuro cuando la Iglesia ya no esté aquí? Pedro señaló que sucedería en "los postreros días". ¿Vivimos ahora en lo que la Biblia llama "los postreros días"?
Algunos dirán que el cumplimiento final será sólo respecto de los judíos. Pero la promesa señala "sobre toda carne", y Pedro con seguridad confirmó esto al señalar: "para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos (judíos), y para todos los que están lejos (gentiles)." Acaso, tiempo después no fue testigo del derramamiento sobre los gentiles y manifestó: "Cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio." Si es que la lluvia temprana incluía a los gentiles, ¿por qué no la lluvia tardía?
Una gran mayoría está de acuerdo que una visitación del Espíritu sobre la Iglesia se necesita desesperadamente. ¿Creeremos que la promesa de Joel no tiene nada que decir al respecto? ¿Son esas aparentemente espontáneas súplicas por el derramamiento del Espíritu en todo el mundo, completamente mal guiadas y fuera de la voluntad de Dios? ¿Cuál es entonces la respuesta a la esterilidad e impotencia de la Iglesia, si no es una visitación de lo alto?
Si, sin embargo, creemos que esta maravillosa promesa es para nosotros, si es en verdad, la respuesta divina para la necesidad actual es vital que cumplamos las condiciones tanto como imploramos la promesa. Tres veces Joel hace resonar el clarín alertando al pueblo en vista de la inminencia del día del Señor, para que la gente se vuelva a Dios con ayuno. Joel 1:14; 2:12, 15.
Luego parece que en una visión recibe la respuesta de Dios: "Y Jehová, solícito por su tierra, perdonará a su pueblo", Joel 2:18, concediendo liberación y prosperidad, seguida por el derramamiento del Espíritu sobre toda carne. ¿Tenemos algún derecho a esperar el cumplimiento de esta maravillosa promesa si no obedecemos a las condiciones?
¿Hemos orado "con todo nuestro corazón, aun con ayuno"? ¿Las lágrimas se han mezclado con nuestras oraciones? Los sacerdotes, los ministros del Señor, ¿han llorado entre el pórtico y el altar? El prometido derramamiento demanda ayuno tanto como oración.
EL RESTABLECIMIENTO DE LA IGLESIA.
Unos quinientos años antes de Cristo, Daniel, el profeta del exilio, observó a través del estudio de la profecía de Jeremías que el tiempo estaba cerca cuando Dios llevaría de vuelta a su pueblo a Jerusalén, Daniel 9:2; Jeremías 29: 10, y por lo tanto buscó a Dios en oración con ayuno y s**o y cenizas, por el cumplimiento de la promesa. La confesión estaba asociada con su súplica, en tanto que oraba, para que Dios hiciera que su rostro brillara sobre su santuario que estaba desolado.
La oración en ayuno de Daniel puso en marcha las ruedas que llevaron a uno de los decretos más extraordinarios que jamás haya proclamado un rey pagano. Ciro efectuó una proclama en el sentido de que Dios le había encomendado que le construyera una casa en Jerusalén y que aquellos judíos que así estuvieran dispuestos deberían ir a Jerusalén a reconstruir la casa del Señor.
Esdras 1:1-4. De este modo tuvo lugar el primer retorno de los exilados, bajo la conducción de Zorobabel para reconstruir el templo. Una vez más la oración y el ayuno bajo la buena mano de Dios habían cambiado el curso de la historia. En la última expedición, bajo Esdras, el ayuno otra vez tuvo su parte en el seguro arribo de los exilados con su precioso cargamento para la casa de Dios. Esdras 8:21-23.
Bajo el antiguo pacto Dios tenía un templo para su pueblo, en el nuevo, Dios tiene un pueblo por templo. Al mirar hoy a la Iglesia, la habitación espiritual de Dios, vemos qué necesidad tenemos de una renovación espiritual. Si los primitivos cristianos estuvieran aún con nosotros, Dios bien podría preguntarnos, "¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria primera, y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?" Ha- geo 2:3. El restablecimiento de la Iglesia a su primitivo poder y gloria involucrará una transformación no menos radical que la que ocurrió hace mucho tiempo en el templo, bajo Zorobabel y Esdras. ¿Acaso Dios no alentó a su pueblo con la promesa de que "la gloria postrera de esta casa será mayor que la primera"? Hageo 2:9.
El derramamiento del Espíritu no es suficiente. El nuevo vino debe tener ahora, como cuando fue derramado en el día de Pentecostés, odres nuevos. La renovación de la casa de Dios es imprescindible. A esos hombres del Antiguo Testamento les costó una profunda intercesión con ayuno y lágrimas. ¿Pensamos que la obtendremos a un menor precio, mediante consultas, conversaciones y comisiones? Ni el derramamiento del Espíritu ni la reforma de la Iglesia constituyen nuestra meta.
No es ni más ni menos que el "premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús". La suprema esperanza de la Iglesia reside en la promesa del retorno del Señor desde los cielos. Él dijo a sus discípulos "vendré otra vez". Claramente esta venida no era espiritual sino visible y literal, porque los ángeles dijeron a los apóstoles: "Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vos- otros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo." Hechos 1: 11.
He aquí la tremenda y gloriosa consumación de la era, porque todo lo que precedió fue nada más que una preparación necesaria. ¿Anhelamos su retorno? ¿Compartimos lo que debe ser el clamor de su corazón para aquel día venidero de reivindicación y coronación? ¿Cuándo él nos llame a comparecer en aquel día para dar cuenta de nuestros talentos, tendremos que confesar que el talento del ayuno nunca lo usamos, que ocultamos bajo tierra este precioso encargo?
El ayuno, por lo tanto, abre el camino para el derramamiento del Espíritu y la restauración de la casa de Dios. En esta era del Esposo ausente, el ayuno debe ser en la espera de su re- torno. Pronto se oirá el clamor de medianoche "he aquí el Esposo viene, salid a recibirle". Entonces será demasiado tarde para ayunar y orar. Ahora es el tiempo de hacerlo.
Créditos:
Extraído del libro: “El Ayuno Escogido Por Dios”.
Autor:
Arthur Wallis.