08/02/2025
BOLETÍN DIGITAL ÒSÈ IFÁ ÌRANLÒWÒ 75
2 de Agosto 2025.
Odù Ifá: Éjìogbè.
ÉJÌOGBÈ ÒNÍ LÓKÚN ÒLA LÓKÚN ADÍFÁFÚN A LÀ DÉȘÉ O NÍ ȘÚKUȘÙKU. t. Con Éjìogbè si Hoy estamos en Llanto, Mañana estaremos Fuerte, lo profetizado para Aquel que va a cometer un Error y él lo hace desordenadamente.
Refrán:
“Cuando un Mal toca en el Cielo, toca en la Tierra”.
Análisis del Refrán:
“En muchas relaciones íntimas y allegadas, tanto dentro de las familias como dentro del seno laboral, la reciprocidad de los beneficios están interconectados, por ley de mútua reciprocidad, así como los maleficios que se generen se interrelacionan por consonancia”.
Nota importante: Algunas narraciones de Éjìogbè, se trasladan a los Odù Ogbè Òbàrà, Ògúndá Ogbè y Ògúndá Ìwòrì.
Ìtàn:
SEPARACIÓN ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA.
“En Éjìogbè Oba Olórun, es el padre del Cielo (Òrun) y de la Tierra (Àiyé). Este le dijo a la Tierra: «Trabaja y reverencia al Cielo, ampara a tu hermano y viviran en paz». Transcurrío el tiempo y el Cielo y la Tierra discutieron; esta porfiaba que era mayor y más poderosa que su hermano el Cielo y porque sin duda se había envanecido y pretendía que su hermano le rindiera homenaje. Se acaloró y empleo el lenguaje de la irresponsabilidad, el lenguaje peligroso de la irreflexión. En aquella ocasíón la Tierra le dijo a Olórun: «Soy la base y el fundamento del Cielo. Sin mí se derrumbaría, no tendría mi hermano en que apoyárse, ni cosa alguna existiria con certeza si viniese abajo. Todo seria vaguedad, inconsistencia, humo, nada. Le sostengo y soy yo, quien además de presentarse siempre en apuros, mientras el solo comtempla, trabajo incesantemente, fabricó todas las formas vivientes, las fijo y las mantengo. Yo le pongo todo, todo sale de mi poder que no tiene límites ni pueden calcularse mis sólidas riquezas. Y la Tierra repetía insolente: «Sólida soy, él, en cambio no tiene cuerpo, es vacío enteramente y sus bienes no pueden compararse con los mios. Los bienes de mi hermano son intangibles, que puede tocar y pese en una mano, aire, nubes, luces, nada. Pues considere cuanto más valgo que el baje a hacerme más favores». Oba Olórun viéndole tan obsesada y presuntosa, no le replicó por desprecio. Le hizo un signo al Cielo y este se distanció amenazador, horriblemente sereno. «Aprende»: murmuró el Cielo al alejarse a una inconmensurable distancia. «Aprende que el castigo no tarda de nuestra separacion». «La palabra de los grandes no la deshacen los Vientos». Ìrókò (La Ceiba), las recogió y medito en el silencio de una gran soledad que hizo al separarse el Cielo de la Tierra. Ìrókò, la Ceiba, hundió sus raíces vigorosas en lo más profundo de la Tierra, y sus brazos entraban hondo en el Cielo, vivía en la intimidad del Cielo y de la Tierra, el gran corazón de Ìrókò tembló de espanto al comprender. Hasta entonces, gracias al acuerdo que reinaba entre estos hermanos, la existencia había sido arte venturoso para todas las criaturas terrestres, el Cielo cuidaba de regular las Estaciones con una solicitud tan tierna, que el Frío y el Calor eran igualmente gratos y beneficiosos. Ni Tormentas ni Lluvias torrenciales, destructoras ni Sequias asoladoras habían sembrado jamás la miseria y las desolacion entre los hombres. Se vivía alegremente, se morian sin dolor, males ni quebrantos. Ni los individuos que pertenecían a las especies más voraces hubiesen podido adivinar antes la discordía. La desgracia no era cosa de este Mundo, era un tiempo sin crueldad, tiempo que todos añoran, animales y hombres y por el suspiran todavía. La crueldad no era de este Mundo. Los Espíritus malignos que provocaban los padecimientos fisicos, y que invisibles y arteros se introdúcen por los ojos o volatizándose se hacen aspirar, no tenían nombre, porque no existian, nadie se enfermaba. La Muerte deseable, limpia y dulce se anunciaba con sueños dulces. El hombre había disfrutado de una vida larga y venturosa, viejo, más sin la triste apariencia y los quebrantos de la vejez, sentía un gran anhelo de inmovilidad, un silencio avanzaba despacio por sus venas, un silencio que buscaba deliciosamente el corazón. Despacio se cerraban los ojos; despacio oscurecía y era la felicidad infinita de apegarse a morir; se acababa como un bello atardecer. Entonces la bondad si era de este Mundo, un moribundo podía sonreir al representar el placentero festin que su cuerpo hermoso y sano procuraría a Gusanos innumerables y golosos; pensar enternecido que los Pájaros picarían sus brillantes ojos, convertidos en semillas, en las bestias fraternales que pastarían sus cabellos mezclados con las Hierbas secas y jugosas; en sus hijos, en sus hermanos, que comerían sus huesos transformados en tubérculos. Nadie pensaba en hacer daño, nadie había dado los elementos al mal ejemplo. No habían Brujos malvados, no habían Plantas nocivas, no había que ganarse a todo trance el favor de que fueran maléficas que nacieron después con el dolor de las miserias. No había que precaver contra ataques de Ndoki (Brujos congos), Şişiriku (Espíritus materializados) de ojos malos. Todo era por igual y no habría que vencer, ni que adueñarse, ni que dominar; el Bosque, ni el Sol despiadado se habían hecho sentir como castigo. El Mar al que tampoco revolvían Vientos furíosos, era una Balsa tranquila, nada amarga, sin intimidar a nadie. El Ratón era el mejor amigo del Gato, una gota de Miel el veneno de los Alacranes. Cualquier Monstruo era lo que hoy se dice de tarde en tarde: «Un Alma buena»; y la Hiena y la Paloma podían tocar sus corazones. La Felicidad vino luego, cuando llegaron los tiempos de no padecer. Aquí fue el llanto de Ìrókò, la Ceiba; la tristeza del árbol amado por el Cielo y la Tierra; el lindo duelo, por lo que para siempre se perdía y lo invadía y penetraba todo. La Ceiba dió entonces sus flores impalpables; y así esparcio sus p***s la Tierra. Es tristeza que iba en el Viento leve, que se la comunicó a los Hombres, a las Bestias, a todos los Seres humanos vivientes, un pesar jamás sentido se adentró en las Almas; Ìrókò, la Ceiba, extendió sus brazos inmensos en un gesto de amparo, cuando al caer la tarde se oyo el grito de lamento de la Lechuza, un cuchillo agudo, desconcertante, nuevo en la mudes de un atardecer distinto. Aquella noche, una noche desconocida como la angustia, el miedo hizo su primera aparicion; penetró en los sueños, y esa noche engendró a Ìyonu (Sosobra), dió formas diversas, rostros y garras crueles a la oscuridad. Al día siguiente el Hombre, la Bestia y los Seres vivientes se interrogaban sin cesar, sin darse cuenta, sin comprender, unos a los otros. Aun no había palabras para la perturbación y la ansiedad, eran inintelegibles las voces que oyeron amanezadoras en el Viento o la caída de las Aguas como un día trabajoso y aspero. El Sol empezó a devorar la vida, la Ceiba a cada criatura que cruzaba por su sombra la decía: «Hagámos rogación por nuestra madre Tierra que ofendió al Cielo». Y tampoco entendían las palabras de Ìrókò, pues no se sabía lo que era ofender. Secretamente la Tierra se secaba, el Sol que reciba consignas de no bañar con su ardor y excesiva lumbrada que dió al Cielo, de agotar las aguas lentamente. Las aguas eran potables, caudalosas, más inofensivas y llenas de virtudes. Y todas las fases abiertas del Sol, el Cielo la guardó en un Abismo. La Tierra sentía en sus entrañas la cólera de su hermano y sufría de sed y le suplicó a este en voz baja: «Mi hermano, mis entrañas se consumen, envíame un poco de Agua». Y el Cielo para aliviar la sed cada vez más atras de su hermana, la anegaba en un Fuego blanco y soplaba luego, sobre su cuerpo abrasado, la violencia de un ventarron candente. Los hijos de la Tierra padecieron con ella, los temores horribles del Fuego, de la sed y el hambre, pero más cruelmente le dolía a la Tierra los martiríos de sus hijos que los suyos y por sus hijos inocentes y por la Hierba marchita, el árbol moribundo, ahora humilde le pedía perdón al Cielo. Se sufríó al perderse la memoria del menor bien pasado. El dolor batió a las criaturas hasta borrar el recuerdo de las huellas de la felicidad en que se había vivido. Toda ventura se hizo remota e inverosimil. Se maldijo la infelicidad. Fue entonces cuando se incubaron y vinieron todas las desgracias, todos los horrores, la palabra se hizo mala; el reposo de los que habían mu**to hacía mucho tiempo fue turbado y los que morían ya no descansaban en la belleza quieta de una noche cuya dulzura no terminaba. Perdón pedía la Tierra, y el Cielo que tenía las Aguas, estaba implacable, ya que todo era un polvo infecundo; casí todos los Animales habían mu**to. Los hombres esqueleticos, sin alimentos para sostenerse y continuar cavando y buscando agua en el Suelo seco y martirizado de la Tierra y sin fuerza yacían inértes sobre las Piedras desnudas de vegetacion, la cual había desaparecido. Solo un árbol en el Mundo, arribó la copa gigantesca milagrosamente, se mantenía firme y losano, era Ìrókò, la Ceiba; imperecedero, adorando al Cielo, a ello fueron a refugiarse los mu**tos del pasado. El espíritu de Ìrókò, la Ceiba, hablaba con el Cielo; en el fondo trabajaba con ahinco inquebrantablemente por salvar a la Tierra y sus criaturas. El era el hijo preferido de la Tierra y el Cielo, sus ramas poderosas protegieron a todos los que abrazaron su sombra y a su amparo resistieron el tremendo castigo de Olórun. A este dió instrucciones Ìrókò, la Ceiba, estos penetraron en los secretos que estaban en sus raíces, estos aprendieron y cuando supieron se humillaron, se pusieron al pie de la Ceiba e hicieron Ebo. La Oka. hierba aun viva, los Animales de cuatro patas, los Pájaros, los hombres que aun quedaban y que se habían vuelto clarividentes, consumaron el primer sacrificio en nombre de la Tierra y cuando hubo que enviar al Cielo la ofrenda; como este se había alejado a una distancia incalculable y nadie que no tuviera alas podía llegar para ofrecer dicha ofrenda; se eligió al Tomeguin de madero, pues el era el más ligero de todos los Pájaros y seguro le permitiría alcanzar la máxima altura del Cielo, pero este no pudo llegar a su destino y a menos de la mitad del camino sucumbio de fatiga. Se confió en el Pitirre por audaz y valeroso y este corríó la misma suerte. Se eligieron otros Pájaros, pero sus alas se quebraban o sus corazónes dejaban de latir a gran altura o llegaban a la Tierra incapaces de continuar el viaje. Entonces fue cuando el Aura empeño el Ebo y se dirigio hacia el Cielo para llevar dicha ofrenda, viaje en el cual paso miles de trabajos, pero que al final cumplimento, quedando así consagrada por Olórun. Y así se salvó la humanidad de la horrible guerra entre la Tierra y el Cielo que aunque siguen separados, las hostilidades fueron menos”.
Oración Profética:
Tìjatìja. Òrúnmìlà Oniré (Mal Humor o Disgusto. Òrúnmìlà tiene la Solución).
Ò di o mó ó di Òsè
“Hasta el próximo amanecer del día de la Adivinación”.
(6 de Agosto de 2025).
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