04/12/2026
En el II Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia, profundizando sobre el Evangelio del día que relata cómo Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces y "consuela con paciencia sus corazones desanimados", el Pontífice explicó que ellos, cambian de vida "reanimados por Jesús". En este contexto- continuó Francisco- se lleva a cabo el signo de la misericordia: "Jesús los vuelve a levantar con la misericordia. Y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos".
El Papa utiliza el término "misericordiado" haciendo referencia a la gracia que colma el espíritu de una persona al recibir el perdón de Dios. Por tanto, para el Santo Padre, los discípulos son misericordiados, ante todo, por medio de tres dones:
En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón.
En segundo lugar -aseveró el Pontífice en su homilía- Jesús "misericordia" a sus amigos dándoles el Espíritu Santo que otorga para la remisión de los pecados. Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas.
Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el Santo Padre indicó el tercer don con el que Jesús "misericordia" a los discípulos: "ofrecerles sus llagas". Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia”.