06/24/2026
Cuando la Política Decepciona, ¿Hacia Dónde Volvemos la Mirada?
J John
Se celebra una elección. Surge un nuevo líder. Se hacen promesas. Crecen las expectativas. Los partidarios celebran. Los críticos se quejan. Los comentaristas especulan. Y por un breve momento, parece que ha comenzado un nuevo capítulo.
Entonces llega la realidad.
Eso no es cinismo. Es simplemente historia.
Cada generación parece caer en la tentación de creer que el líder correcto, el partido correcto o la política correcta finalmente resolverán los problemas más profundos de la sociedad. Buscamos en la política seguridad, prosperidad, justicia y estabilidad. Y, en muchos sentidos, eso es comprensible. La política importa. Las decisiones que toman los gobiernos afectan nuestras escuelas, hospitales, comunidades, economía y un sinfín de aspectos de la vida cotidiana.
Un buen gobierno es un regalo. Un mal gobierno es un recordatorio para orar. Pero aunque la política es importante, nunca fue diseñada para soportar el peso de nuestras esperanzas más profundas. Ahí es donde suele comenzar la decepción. El problema no es la política en sí misma. El problema es esperar de la política lo que no puede dar.
Los gobiernos pueden aprobar leyes, pero no pueden hacer buenas a las personas. Pueden mejorar sistemas, pero no pueden eliminar el egoísmo. Pueden construir carreteras, pero no pueden formar el carácter. Pueden aumentar la prosperidad, pero no pueden garantizar la paz.
El gran desafío de la humanidad nunca ha sido solamente político. Siempre ha sido personal. Hace muchos años, al escritor G.K. Chesterton le preguntaron: «¿Qué está mal en el mundo?»
Su respuesta fue sorprendentemente sencilla:
«Estimado señor: yo.»
Esa respuesta atraviesa de un golpe mil debates políticos. El problema más profundo del mundo no está solamente «allá afuera». También está «aquí adentro». Se encuentra en cada corazón humano. La Biblia siempre ha sido notablemente realista respecto a esto. Enseña que todos somos imperfectos. Y eso significa que toda institución que creamos también será imperfecta: empresas, escuelas, iglesias, gobiernos. Dondequiera que se reúnen seres humanos, la imperfección no tarda en aparecer.
Una de las suposiciones más seguras que podemos hacer en la vida es esta: si hay seres humanos involucrados, tarde o temprano también habrá decepciones. Eso incluye a los políticos.
Ahora bien, antes de que alguien me acuse de estar en contra de la política, quiero ser claro. Los cristianos debemos preocuparnos por la sociedad. Debemos votar. Debemos orar por nuestros gobernantes. Debemos buscar la justicia, defender a los vulnerables y contribuir positivamente a la vida pública.
La Biblia nos dice que oremos por quienes ejercen autoridad. Pero nunca nos dice que los adoremos.
El salmista escribe:
«No pongan su confianza en los poderosos; ellos no pueden salvarlos» (Salmo 146:3).
Esto no es un llamado a retirarnos de la sociedad. Es una advertencia contra una confianza mal puesta. La política es importante. Pero es un pésimo salvador.
Las urnas son importantes. Quizás por eso la decepción política puede resultar tan dolorosa. Muchas veces, sin darnos cuenta, hemos pedido a los políticos que carguen con esperanzas que solo Dios puede sostener. Esperamos que nos den certeza en un mundo incierto. Esperamos que resuelvan problemas arraigados profundamente en la naturaleza humana. Esperamos que construyan una especie de paraíso terrenal.
Pero ningún primer ministro, presidente, parlamento o partido político ha podido hacer eso. Y tampoco podrá hacerlo.
La fe cristiana ofrece algo diferente. Ofrece esperanza sin ilusiones. Nos invita a involucrarnos seriamente en el mundo mientras recordamos que nuestra confianza última está en otro lugar. Nuestra esperanza no depende de las encuestas de opinión. No está asegurada por los resultados electorales. No está determinada por quién ocupa una oficina de gobierno o un puesto de poder terrenal.
Nuestra esperanza está anclada en Jesucristo.
Los primeros ministros cambian. Los gobiernos cambian. Las políticas cambian. La opinión pública cambia. Pero Jesucristo es «el mismo ayer, hoy y por los siglos» (Hebreos 13:8).
Esa verdad ofrece a los cristianos una perspectiva única. Podemos preocuparnos profundamente sin ser consumidos por la preocupación. Podemos disentir sin volvernos desagradables. Podemos trabajar por el cambio sin poner nuestra fe en él. Podemos enfrentar la incertidumbre sin perder la esperanza.
Y quizás eso es exactamente lo que nuestro mundo, cada vez más ansioso, necesita.
No más indignación. No más tribalismo. No más desesperanza. Después de todo, la indignación suele ser poco más que enojo buscando una audiencia. Y el cinismo, aunque esté de moda, nunca ha resuelto un solo problema.
Lo que nuestro mundo necesita desesperadamente es un fundamento más profundo. Una esperanza más firme. Una confianza mayor.
Entonces, cuando la política decepciona, ¿hacia dónde volvemos la mirada?
No hacia el cinismo.
No hacia la desesperación.
No hacia la frustración interminable.
Volvemos a Cristo.
Aquel que nunca rompe una promesa.
Aquel que nunca cambia su carácter.
Aquel cuya sabiduría es perfecta, cuyo amor es constante y cuyos propósitos no pueden ser frustrados.
Cada elección nos recuerda que la política es importante.
Cada decepción nos recuerda que la política no es lo más importante.
Porque, aunque los políticos ocasionalmente nos hagan sacudir la cabeza con frustración, Dios nunca nos deja preguntándonos si se puede confiar en Él.
La historia no está, en última instancia, en manos de los políticos.
La historia está, en última instancia, en las manos de Dios.
Y esa es una muy buena noticia.
Gracia y paz,
J. John