Misión"N. Sra. de los Desamparados"

Misión"N. Sra. de los Desamparados" Interamerican Apostolic Catholic Church "Donde hay un desamparado, allí está nuestra misión."

Fundación y Orden Misionera Nuestra Señora de los Desamparados – Interamerican Catholic Apostolic Church
Institución de fe y servicio en los estados Unidos.
📌 Misión: acoger, acompañar y defender a los más vulnerables con amor, esperanza y justicia social. La Fundación y Orden Misionera Nuestra Señora de los Desamparados (Interamerican Catholic Apostolic Church) es una organización religiosa y mis

ionera establecida en el Estado de Florida, Estados Unidos. Su propósito fundamental es promover la fe, la justicia social y la dignidad humana, mediante programas de asistencia a personas en situación de vulnerabilidad, apoyo espiritual a las familias y formación pastoral y educativa. La Iglesia y Fundación trabajan bajo los principios del Evangelio, buscando ser signo de esperanza y solidaridad en la comunidad local y en toda América.

🙏❤️ TÚ TAMBIÉN PUEDES AYUDARQuizás hoy no puedas hacer una donación, pero compartir este mensaje también es una forma de...
08/13/2026

🙏❤️ TÚ TAMBIÉN PUEDES AYUDAR

Quizás hoy no puedas hacer una donación, pero compartir este mensaje también es una forma de ayudar. Envíalo a tus familiares, amigos y contactos. Tal vez entre ellos haya alguien que pueda donar $1, $5 o lo que esté a su alcance.

No importa la cantidad. Cuando muchos aportamos un poquito, podemos hacer algo grande. Y si no puedes donar, tu compartir puede llegar hasta la persona que sí pueda hacerlo.

Ayúdanos a llevar esperanza a quienes más lo necesitan y a nuestros hermanos desamparados. 🙏

❤️ Dona o comparte. Las dos acciones pueden cambiar una vida.

Fundación N. Sra. de los Desamparados
Zelle: 561-605-8004
📧 [email protected]

🙏 Que Dios multiplique cada gesto de amor y bendiga a cada persona que nos ayude a compartir esta obra.

08/12/2026

❤️ Un pequeño gesto tuyo puede cambiar la vida de un niño desamparado. Ayuda hoy: donde hay amor, nace la esperanza. 🙏👧👦

08/11/2026
🌎✝️ San Carlos Duarte, testigo de una fe sin fronteras y pastor al servicio de Cristo. Que su ejemplo nos inspire a cons...
08/11/2026

🌎✝️ San Carlos Duarte, testigo de una fe sin fronteras y pastor al servicio de Cristo. Que su ejemplo nos inspire a construir una Iglesia cercana a los pueblos, comprometida con los más necesitados y unida en el amor de Dios.

🙏 San Carlos Duarte, patrón de las Iglesias Nacionales en el mundo, ruega por nosotros y por la unidad de todos los cristianos.

08/10/2026

🙏🇨🇴 Colombia, estamos con ustedes.

Ante el dolor y la angustia provocados por este terremoto, elevamos nuestras oraciones por todo el pueblo colombiano. Que Dios proteja a las familias afectadas, fortalezca a quienes sufren y lleve consuelo y esperanza a cada corazón.

¡Fuerza, Colombia! No están solos. 🙏❤️🇨🇴

Fundación N. Sra. de los Desamparados

Unido en oración 🙏 Colombia
08/10/2026

Unido en oración 🙏 Colombia

08/10/2026

Gorras diseños puedes solicitar por interno
08/10/2026

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08/09/2026

Evangelio San Mateo 14,22-33

HOMILÍA — «NO TENGAS MIEDO: SAL DE LA BARCA»Evangelio: Mateo 14, 22-33Hermanos:El Evangelio de hoy no nos presenta una e...
08/09/2026

HOMILÍA — «NO TENGAS MIEDO: SAL DE LA BARCA»

Evangelio: Mateo 14, 22-33

Hermanos:

El Evangelio de hoy no nos presenta una escena tranquila. Nos presenta una barca golpeada por las olas, una noche oscura, un viento contrario y unos discípulos llenos de miedo.

Y quizás por eso este Evangelio parece escrito para nosotros.

Porque también nosotros vivimos tiempos de vientos contrarios.

Hay tormentas en nuestras familias.
Hay tormentas en nuestras naciones.
Hay tormentas económicas.
Hay guerras, violencia, persecuciones, enfermedades, soledad, migración, pobreza y desesperanza.

Hay personas que sonríen delante de los demás, pero por dentro están librando una batalla que nadie conoce.

Hay padres preocupados por sus hijos.

Hay enfermos que esperan una respuesta.

Hay familias que no saben cómo van a pagar sus necesidades.

Hay personas que han tenido que abandonar su tierra, su casa y hasta su familia buscando libertad o simplemente una oportunidad para vivir dignamente.

Y en medio de todo esto podemos preguntarnos:

¿Dónde está Dios?

Los discípulos seguramente se hicieron una pregunta parecida.

Jesús los había enviado a la otra orilla y ahora estaban solos, en medio de la oscuridad, luchando contra un mar embravecido.

Pero hay algo que debemos entender:

Que Jesús no estuviera dentro de la barca no significaba que hubiera abandonado a sus discípulos.

Dios puede parecer silencioso, pero no está ausente.

Dios puede parecer lejano, pero sigue mirando nuestra barca.

Dios conoce la tormenta que estás atravesando.

Conoce la enfermedad que te preocupa.

Conoce el hijo por el que lloras.

Conoce la situación económica que no te deja dormir.

Conoce las injusticias que has sufrido.

Conoce las puertas que se te han cerrado.

Conoce incluso aquellas lágrimas que nadie ha visto.

Y precisamente cuando los discípulos creen que todo está perdido, aparece Jesús caminando sobre aquello que ellos creían que podía destruirlos.

¡Qué imagen tan poderosa!

Jesús camina sobre el mar.

El mar que amenaza con hundir la barca está debajo de los pies de Cristo.

Eso significa que aquello que para ti parece imposible, para Dios no tiene la última palabra.

La tormenta no está por encima de Cristo.

La enfermedad no está por encima de Cristo.

El dinero no está por encima de Cristo.

Los poderosos de este mundo no están por encima de Cristo.

Ningún gobierno, ninguna ideología, ningún imperio, ninguna persecución y ninguna estructura humana está por encima de Dios.

Todo poder humano pasa.

Los imperios pasan.

Los gobernantes pasan.

Las riquezas pasan.

La fama pasa.

Las ideologías pasan.

Pero Jesucristo permanece.

Y cuando los discípulos lo ven, tienen miedo.

Entonces Jesús pronuncia unas palabras que necesitamos escuchar hoy:

«Tranquilícense y no teman. Soy yo».

Cristo no dice: «No hay tormenta».

La tormenta existe.

Cristo no dice: «El viento no es fuerte».

El viento es contrario.

Lo que Jesús dice es:

«No tengan miedo, porque YO ESTOY AQUÍ».

La fe cristiana no consiste en negar los problemas.

La fe consiste en saber quién está con nosotros mientras atravesamos los problemas.

Y entonces aparece Pedro.

Pedro le dice:

«Señor, si eres tú, mándame ir a ti».

Y Jesús responde con una sola palabra:

«Ven».

Aquí comienza uno de los momentos más grandes del Evangelio.

Pedro tiene dos posibilidades:

quedarse agarrado de la barca o confiar en la palabra de Cristo.

La barca representaba seguridad.

El agua representaba incertidumbre.

Y Jesús estaba fuera de la barca.

Por eso Pedro tuvo que tomar una decisión.

Y también nosotros tenemos que tomarla.

Porque hay momentos en los que seguir verdaderamente a Cristo significa salir de nuestra comodidad.

No podemos construir un cristianismo encerrado en los templos mientras afuera existen personas sufriendo.

No podemos rezar el Padre Nuestro y después ser indiferentes ante el hermano que tiene hambre.

No podemos hablar del amor de Dios y despreciar al pobre.

No podemos venerar la cruz de Cristo y pasar indiferentes delante de las cruces humanas.

No podemos pedir misericordia para nosotros y negar misericordia a los demás.

El mundo necesita cristianos que salgan de la barca.

Cristianos capaces de defender al que nadie defiende.

Cristianos capaces de acompañar al enfermo.

Cristianos capaces de alimentar al hambriento.

Cristianos capaces de recibir al abandonado.

Cristianos que no vendan su conciencia.

Cristianos que no tengan una fe solamente de palabras, sino una fe convertida en obras.

Porque una Iglesia que solamente habla de Cristo, pero no toca las heridas de los hombres, corre el peligro de convertirse en una Iglesia cómoda.

Cristo no nos llamó a la comodidad. Nos llamó al Evangelio.

Pedro sale.

Y ocurre lo imposible:

camina sobre el agua.

¿Por qué?

Porque mientras sus ojos estaban puestos en Jesús, pudo caminar sobre aquello que debía hundirlo.

Pero después sucede algo profundamente humano.

Dice el Evangelio:

«Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo».

Pedro comenzó mirando a Cristo y terminó mirando la tormenta.

Y cuando la tormenta ocupó en sus ojos el lugar que antes ocupaba Jesús, comenzó a hundirse.

Ese es también uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.

Estamos mirando demasiado el viento.

Vivimos rodeados de noticias, conflictos, divisiones, incertidumbres y temores.

Nos dicen constantemente que tengamos miedo.

Miedo al mañana.

Miedo a perder.

Miedo a enfermarnos.

Miedo a hablar.

Miedo a fracasar.

Miedo a quedarnos solos.

Y cuando vivimos mirando únicamente la tormenta, terminamos creyendo que la tormenta es más grande que Dios.

Pero Pedro, mientras se hunde, hace una de las oraciones más pequeñas y más poderosas de toda la Biblia:

«¡Sálvame, Señor!»

Tres palabras.

No tuvo tiempo para un discurso.

No tuvo tiempo para una oración complicada.

Simplemente gritó:

«¡Sálvame, Señor!»

Tal vez alguien que escucha hoy esta Palabra se siente como Pedro.

Quizás estás cansado.

Quizás estás perdiendo fuerzas.

Quizás tu matrimonio está atravesando una tormenta.

Quizás tienes un hijo que se ha alejado.

Quizás estás esperando resultados médicos.

Quizás has perdido el trabajo.

Quizás tienes problemas económicos.

Quizás llevas mucho tiempo pidiéndole algo a Dios y todavía no has recibido respuesta.

Entonces haz tuya la oración de Pedro:

«¡Señor, sálvame!»

Y fíjense en algo extraordinario.

El Evangelio dice:

«Inmediatamente Jesús le tendió la mano».

Inmediatamente.

Jesús no le dio primero un sermón.

No le dijo: «Te lo advertí».

Primero extendió la mano y lo sostuvo.

Después vino la corrección:

«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

Ese es nuestro Dios.

Un Dios que corrige, sí.

Pero un Dios que antes de corregirte te levanta.

Un Dios que no disfruta viendo al pecador hundirse.

Un Dios que extiende la mano.

Por eso también la Iglesia tiene que aprender de Cristo.

Cuando una persona se está hundiendo, nuestra primera misión no es señalarla desde la orilla.

Nuestra primera misión es extenderle la mano.

Después habrá tiempo para enseñar.

Después habrá tiempo para corregir.

Pero primero hay que salvar.

Primero hay que amar.

Primero hay que levantar.

¡Cuántas personas se están hundiendo mientras nosotros discutimos quién tiene la razón!

Hay jóvenes hundiéndose en las dr**as.

Ancianos hundiéndose en la soledad.

Familias hundiéndose en la pobreza.

Enfermos hundiéndose en la desesperación.

Personas hundiéndose espiritualmente porque han perdido toda esperanza.

Y Cristo continúa preguntándonos:

¿Dónde están tus manos?

Porque nosotros somos ahora las manos que deben ayudar.

Somos los brazos que deben abrazar.

Somos la voz que debe anunciar esperanza.

Somos los pies que deben caminar hacia el necesitado.

No basta decir:

«Dios te bendiga».

A veces la bendición que esa persona está esperando tiene que llegar a través de nosotros.

Finalmente Jesús sube a la barca.

Y dice el Evangelio:

«El viento se calmó».

Entonces los discípulos se postraron y dijeron:

«Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».

Hermanos:

Quizás nuestra oración hoy no debería ser solamente:

«Señor, quita la tormenta».

Tal vez deberíamos pedir:

«Señor, aumenta mi fe para atravesarla contigo».

Porque algunas tormentas desaparecerán.

Pero otras tendremos que atravesarlas.

Y precisamente atravesándolas descubriremos quién es verdaderamente Jesucristo.

Por eso, cuando el mundo te diga:

«Ten miedo»,
Cristo te dice:

«No temas».

Cuando el mundo te diga:

«No puedes»,
Cristo te dice:

«Ven».

Cuando tus fuerzas te digan:

«Te estás hundiendo»,
grita:

«¡Sálvame, Señor!»

Y cuando creas que Dios te ha abandonado, recuerda:

Jesús sigue caminando sobre las aguas.

No abandones la fe.

No vendas tus principios.

No pierdas la esperanza.

No permitas que el miedo gobierne tu vida.

Y, sobre todo, no te quedes cómodamente sentado en la barca cuando Cristo te está llamando a salir.

Estos tiempos necesitan hombres y mujeres de fe.

Personas que oren.

Personas que sirvan.

Personas que defiendan la verdad con caridad y valentía.

Personas que no sean indiferentes ante el sufrimiento humano.

Personas capaces de mirar la tormenta y decir:

«Mi tormenta es grande, pero mi Dios es más grande».

Y si hoy sientes que te hundes, levanta la mirada.

Hay una mano extendida hacia ti.

Es la mano de Cristo.

Agárrate de ella.

Porque mientras Cristo esté en nuestra barca, la tormenta podrá sacudirnos, pero no tendrá la última palabra.

Que al final de nuestras luchas también nosotros podamos postrarnos ante Jesús y proclamar con toda nuestra alma:

«Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».

Amén.

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