05/30/2026
La Iglesita que Tanto Amé
A principios de la década de los noventa, en Boca de Nigua, en una mina propiedad de mi padre, el Coronel Delmonte, y que yo administraba, nació una pequeña obra que jamás imaginé que marcaría mi vida para siempre. No comenzó como una iglesia. Ni siquiera comenzó como una escuela. Comenzó como una inquietud en mi corazón al ver que muchos niños de los alrededores crecían sin saber leer ni escribir porque nunca habían asistido a una escuela.
Decidí abrir una humilde escuelita. El primer día llegaron solamente dos niños. Recuerdo claramente mi desánimo. Miré al cielo y pregunté en oración: “Señor, ¿por qué?”. En lo profundo de mi corazón sentí una respuesta sencilla pero poderosa: “Dales desayuno”.
Al día siguiente llegaron cincuenta y cinco niños.
Dominga, la cocinera que preparaba los alimentos para los obreros de la mina, fue encargada de cocinar los desayunos. Cada mañana comenzaba con un devocional bíblico. Antes de enseñarles las letras y los números, les hablaba de Jesucristo. Les presentaba al Salvador con la sencillez con que uno comparte un tesoro encontrado. Todos recibieron aquel mensaje con alegría.
Necesitábamos un maestro. Contraté a un joven de la Loma de los Fructuosos llamado Leonel Sierra, conocido cariñosamente como Chimao. En aquel tiempo cursaba el segundo año de bachillerato, algo poco común en aquella región. Cuando le ofrecí el trabajo me dijo que era católico. Le respondí que no había problema, que su tarea sería enseñar a leer a los niños.
Sin embargo, sucedió algo inesperado.
Al tercer día, mientras escuchaba los devocionales matutinos, Chimao entregó su vida a Cristo. A partir de entonces no solo fue maestro de lectura, sino también compañero de aquella hermosa aventura de fe.
Mi padre nunca estuvo completamente de acuerdo con la escuela dentro de la mina. Tenía razones válidas. El tránsito constante de camiones y equipos pesados representaba un peligro para los niños. Por eso, cada vez que nos avisaban que el Coronel venía de camino, suspendíamos discretamente las actividades. Los niños eran enviados a sus casas con una misión especial: orar por los enfermos, visitar vecinos necesitados o simplemente buscar a Dios.
Fue entonces cuando comenzaron a ocurrir cosas que aún hoy recuerdo con asombro.
El primer acontecimiento extraordinario sucedió cuando un niño que no asistía a la escuela lloraba desconsoladamente junto a su perro. Una mata de coco había caído sobre el animal y lo había dejado gravemente herido. Los niños se reunieron alrededor y oraron con la fe sencilla que solo poseen los corazones puros. Después de la oración, el perro se levantó. La alegría fue indescriptible. Los gritos, las risas y el asombro llenaron aquel lugar.
Pero el acontecimiento que más profundamente quedó grabado en mi memoria fue el de una niña llamada Raiza.
Ella no podía asistir regularmente a clases porque debía cuidar a su abuela. Un domingo prediqué sobre la promesa bíblica de que para el que cree todo es posible. Raiza escuchó atentamente cada palabra. Después del servicio subió sola a una loma cercana y le pidió a Dios que le enseñara a leer.
Al día siguiente, muy temprano, llegó a la mina buscándome. Yo estaba ocupado organizando las labores del día. Con gran seguridad me dijo:
—El Señor me enseñó a leer.
Sin levantar mucho la vista de mis papeles le pregunté:
—¿Cuál señor te enseñó?
Ella señaló al cielo.
—El Señor.
Tomé un periódico que estaba sobre mi escritorio y le pedí que leyera el titular. Raiza comenzó a leer con naturalidad, sin titubeos, sin esfuerzo alguno. Leía como si hubiese estudiado durante años. Me quedé sin palabras.
Meses después organizamos un concurso con jurado. Entre ellos estaba doña Fior, madre de mi esposa y maestra con muchos años de experiencia. Raiza obtuvo el primer lugar. Había memorizado y recitado perfectamente sesenta y seis versículos bíblicos en menos de un mes. Como premio recibió una bicicleta que llevó orgullosamente a su hogar.
Aquella bicicleta era mucho más que un premio. Era el símbolo visible de una fe que había transformado una vida.
Y los testimonios continuaron.
Recuerdo la pequeña hormiguita que, después de haber sido accidentalmente triturada, fue motivo de una oración infantil que terminó sorprendiendo a todos. Recuerdo al hijo de un sargento, diagnosticado con encefalitis aguda, quien recuperó su salud después de que oráramos por él. Recuerdo también a una mujer que padecía cáncer de colon. Mientras nosotros orábamos en Boca de Nigua, un primo misionero elevaba una oración por ella a cientos de kilómetros de distancia. Días después llegó acompañada de su esposo para dar testimonio de su recuperación.
Milagro tras milagro, testimonio tras testimonio, aquella humilde escuelita fue convirtiéndose en una pequeña iglesia viva. No tenía grandes edificios ni sofisticados programas. Tenía algo mucho más valioso: niños que creían, personas que oraban y corazones dispuestos a confiar en Dios.
Han pasado muchos años desde entonces.
La mina ya no es la misma. Los niños crecieron. Algunos tomaron caminos distintos. Otros permanecieron fieles al Señor. Muchos de aquellos momentos viven solamente en la memoria de quienes los presenciamos.
Pero cuando cierro los ojos todavía puedo escuchar las voces de aquellos niños cantando, recitando versículos y compartiendo sus testimonios. Todavía puedo ver a Dominga preparando el desayuno, a Chimao enseñando las primeras letras y a Raiza leyendo aquel periódico con una facilidad imposible de explicar.
Aquella fue la iglesita que tanto amé.
No era grande ante los ojos del mundo, pero fue grande ante los ojos de Dios. Allí aprendí que la fe de los sencillos puede mover montañas, que el amor transforma comunidades y que cuando Dios decide visitar un lugar, no necesita templos majestuosos ni recursos abundantes. Le basta un corazón dispuesto.
Y por eso, después de tantos años, sigo recordando aquella pequeña iglesita de Boca de Nigua con gratitud, ternura y profunda reverencia. Porque en ella fui testigo de algunas de las obras más hermosas que Dios me permitió contemplar. Todavía hoy, después de tantos años, cuando la memoria me lleva de regreso a aquellos días en Boca de Nigua, puedo escuchar las voces de los niños elevándose por encima del ruido de la mina. Ninguno de nosotros tenía grandes talentos musicales, pero cantábamos con todo el corazón:
“El amor de Dios es maravilloso,
el amor de Dios es maravilloso,
el amor de Dios es maravilloso,
¡grande es el amor de Dios!”
Aquellas sencillas palabras resonaban entre los árboles, los caminos de tierra y las lomas cercanas. Los niños las cantaban con una alegría contagiosa, como si hubieran descubierto el mayor tesoro del mundo. Y quizás así era.
Con el paso de los años, Dios permitió que la semilla sembrada en aquella humilde escuelita produjera frutos que aún permanecen.
Leonel Sierra, nuestro querido Chimao, aquel joven de la Loma de los Fructuosos que llegó para enseñar a leer, continuó creciendo en el conocimiento de Dios. Se preparó en el seminario y respondió al llamado del Señor para el ministerio. Hoy sirve como pastor del Centro Cristiano Misionero en Boca de Nigua. Cada vez que pienso en él recuerdo aquel tercer día cuando, sentado entre los niños durante un devocional, abrió su corazón a Cristo sin imaginar todo lo que Dios haría con su vida.
Y Raiza, aquella niña que subió sola a una loma para pedirle a Dios que le enseñara a leer, continúa siendo un testimonio vivo del poder divino. Hoy reside en Haina y sirve como misionera. Predica el Evangelio y comparte con otros la historia de cómo el Señor respondió la oración sencilla de una niña que creyó sin dudar. Cada vez que relata su experiencia, vuelve a recordar que Dios escucha las súplicas de los humildes y que para Él nada es imposible.
Cuando contemplo estos frutos, comprendo que aquella pequeña iglesita fue mucho más que una escuela improvisada o una reunión de niños en una mina. Fue un terreno fértil donde Dios sembró destinos, levantó obreros para Su reino y mostró Su gloria de maneras que jamás hubiéramos imaginado.
Muchas personas miden el éxito por el tamaño de los edificios, por la cantidad de recursos o por el número de asistentes. Pero Dios suele medirlo de otra manera. A veces una pequeña escuelita escondida entre las lomas de Boca de Nigua puede convertirse en el punto de partida de una obra eterna.
Hoy, al mirar hacia atrás, no recuerdo los sacrificios, las dificultades ni las preocupaciones. Lo que permanece es el eco de aquellos himnos infantiles, las oraciones de fe, las lágrimas de gratitud y las vidas transformadas por la gracia de Dios.
Y cuando llegue el día en que el Señor me llame a Su presencia, estoy seguro de que entre mis recuerdos más queridos estará aquella iglesita que tanto amé, donde vi a niños aprender a leer, a pecadores encontrar a Cristo, a enfermos recibir esperanza y a Dios obrar con el mismo poder que vemos en las páginas de las Escrituras.
Porque las minas desaparecen, los edificios envejecen y los años pasan, pero las almas alcanzadas para Cristo permanecen para siempre.❤️🙏