06/17/2026
En la iglesia, participar no es un privilegio para exhibirse; es una responsabilidad para ministrar.
Cantar, predicar, exhortar, dirigir un culto, enseñar, orar públicamente o desempeñar cualquier función delante del pueblo de Dios no es un relajo ni una simple participación en un programa. Es ministración. Y quien ministra a otros debe procurar primero ser ministrado por Dios.
¿Cómo podemos dar lo que no tenemos? ¿Cómo podemos guiar a otros a una presencia que nosotros mismos no buscamos? ¿Cómo podemos exhortar a vivir en santidad cuando nuestra propia vida necesita corrección? ¿Cómo podemos alimentar a otros cuando nosotros mismos estamos espiritualmente desnutridos?
Lamentablemente, vivimos tiempos donde muchos desean la plataforma, pero pocos desean la preparación. Muchos quieren el micrófono, pero no el altar. Quieren ministrar, pero no ser ministrados. Quieren enseñar, pero no aprender. Quieren corregir, pero no ser corregidos.
La Biblia enseña que el cristiano debe ser ejemplo. Antes de ministrar a otros, Dios debe haber ministrado tu propia vida. Antes de dirigir a otros, debemos permitir que el Espíritu Santo dirija nuestras propias vidas.
No se trata de ser perfectos, porque nadie lo es. Se trata de vivir en una búsqueda constante de Dios, de caminar en integridad y de reconocer cuándo necesitamos sentarnos a los pies del Señor para ser restaurados, fortalecidos y preparados.
La iglesia necesita menos personas buscando posiciones y más personas buscando la presencia de Dios. Porque cuando alguien ministra desde una vida llena de Dios, sus palabras tienen peso, sus cánticos tienen unción, sus oraciones tienen poder y su servicio produce fruto.
Antes de preguntarte: “¿Cuándo me toca una participación?”,
pregúntate: “¿Estoy preparado para tomarla?”
Porque el que no está listo para ser ministrado, tampoco está listo para ministrar. 😇🙌🏽