11/30/2022
Vengo a ti, yo, tu salvador y tu juez. Vengo, como en otros tiempos, hacia los hijos descarriados de Israel. Vengo a traer la verdad y a disipar las tinieblas. Escuchadme. El espiritismo, como en el pasado lo hizo mi palabra, debe recordar a los materialistas que por encima de ellos reina la inmutable verdad: el Dios bondadoso, el Dios poderoso que hace que germinen las plantas y se eleven las olas. Yo revelé la doctrina divina. Como el segador, até en haces el bien esparcido en la humanidad, y dije: “¡Venid a mí, todos los que sufrís!”.
Pero los hombres, ingratos, se desviaron del camino recto y amplio que conduce al reino de mi Padre, y se han extraviado enlos ásperos senderos de la impiedad. Mi padre no quiere aniquilar a la raza humana; quiere que, ya no a través de profetas y apóstoles, sino ayudándoos unos a otros, mu**tos y vivos –es decir, mu**tos según la carne, porque la muerte no existe–, os socorráis, y que la voz de aquellos que ya no viven en la Tierra se haga escuchar aún para exclamar: “¡Orad y creed!” Porque la muerte es la resurrección, y la vida es la prueba elegida, durante la cual las virtudes que hayáis cultivado habrán de crecer y desarrollarse como el cedro.Creed en las voces que os responden: son las almas de aquellos a quienes evocáis. Muy rara vez me comunico. Mis amigos, los que estuvieron presentes en mi vida y en mi muerte, son los intérpretes divinos de los mandatos de mi Padre.
Hombres débiles, que reconocéis el error de vuestras oscuras inteligencias, no extingáis la antorcha que la clemencia divina deposita en vuestras manos para iluminar vuestro camino y conduciros, como niños perdidos, al regazo de vuestro Padre.En verdad os digo: creed en la diversidad, en la multiplicidad de los Espíritus que os rodean. Estoy embargado de compasión por vuestras miserias, por vuestra inmensa debilidad, para no tender una mano caritativa a los infelices extraviados que, aunque miren al Cielo, caen en el abismo del error. Creed, amad, comprended las verdades que se os revelan. No mezcléis la cizaña con las buenas simientes, ni los sistemas con las verdades.
¡Espíritas! Amaos, esta es la primera enseñanza. Instruíos,
esta es la segunda. Todas las verdades se encuentran en el cristianismo. Los errores que se han arraigado en él son de origen humano. Y he aquí que desde más allá de la tumba, a la que considerabais la nada, brotan voces que os advierten: “¡Hermanos! Nada perece. Jesucristo es el vencedor del mal, sed vosotros los vencedores de la impiedad”.
OBSERVACIÓN – Esta comunicación, obtenida por uno de los mejores médiums de la Sociedad Espírita de París, fue suscrita con un nombre que el respeto no nos permite reproducir sino con la mayor reserva, tan importante sería el insigne favor de su autenticidad, y porque en muchas ocasiones se ha abusado de él en comunicaciones evidentemente apócrifas.
Ese nombre es el de Jesús de Nazaret. No dudamos en modo alguno de que Él pueda manifestarse. Con todo, dado que los Espíritus verdaderamente superiores sólo lo hacen en circunstancias excepcionales, la razón nos inhibe de creer que el Espíritu puro por excelencia responda al llamado del primero que se lo proponga. En todo caso, sería una profanación atribuirle un lenguaje indigno de Él.
Sobre la base de estas consideraciones nos hemos abstenido siempre de publicar algo que llevara ese nombre, y consideramos que nadie será en exceso cuidadoso en lo atinente a publicaciones de este género, que sólo tienen autenticidad para el amor propio, y cuyo menor inconveniente es proveer de armas a los adversarios del espiritismo.Como hemos dicho, cuanto más elevados en la jerarquía son los Espíritus, con tanta mayor desconfianza deben ser acogidos sus nombres en las comunicaciones.
Sería preciso que alguien estuviera dotado de una enorme dosis de orgullo para que se vanagloriase de tener el privilegio de comunicarse con esos Espíritus, y que se considerase digno de conversar con ellos, como si lo hiciera con sus iguales. En la comunicación precedente reconocemos una sola cosa:
La incontestable superioridad del lenguaje y de las ideas. Dejamos que cada uno juzgue por sí mismo si Aquel cuyo nombre lleva lo desaprobaría o no.
El libro de los Médiums - Allan Kardec
Pag: 494 - 495