03/24/2021
El mensaje de nuestro Señor Jesucristo al comenzar a predicar (Mateo 4:17-25, Marcos 1:14:-15) fue el arrepentimiento de nuestros pecados.
Juan el Bautista, quien era la voz que clamaba en el desierto, preparando el camino del Señor (Isaías 40:3-5), de igual manera predicaba sobre el arrepentimiento (Mateo 3:1-3).
Todos los pregoneros del Evangelio del Reino de los Cielos desde Noé, de igual manera exhortaban a la humanidad al arrepentimiento.
Conocemos fielmente que Dios amó de tal manera a la humanidad que nos envió un Salvador y Redentor, — Jesucristo — más el evangelio no consiste en el Amor de Dios sino que en nuestro arrepentimiento para con Él.
No es de dejar pasar por alto el Amor de nuestro Padre, pero de igual manera no podemos pasar por alto su ira venidera. El Amor del Padre está, pero este solamente puede ser experimentado en su totalidad cuando nosotros aceptamos el Evangelio de su Reino cuyo fundamento es el Arrepentimiento.
Podemos auto llamarnos hijos de Él pero que Él nos reconozca verdaderamente como hijos es otra cosa. Así como el padre humano buscar perdonar al hijo que ama y redimirle de su falta, así mismo el Padre Celestial busca redimirnos a nosotros. La diferencia es que el padre humano permite que sus emociones y amor de padre sobrepase el amor para nuestro Padre Celestial. El Padre Celestial no permitirá que la falta de su creación sobrepase su soberanía, es por esto que nos envió un Salvador para redención pero si le aborrecemos, no hay manera de morar con Él en su Reino.
Nuestro Señor Jesucristo tomó la copa de ira que el Padre preparó para todo aquel que no se arrepienta. Es por eso que solamente arrepintiéndonos y confesando a Jesús como nuestro Salvador es que no beberemos de esa copa puesto a que ya Cristo, la bebió por nosotros (Mateo 26:39, Marcos 14:36, Lucas 22:42).
¡Sí! El Padre es Amor pero también es ¡fuego consumidor! (Hebreos 12:29) y de no ser que nos arrepintamos, nos tocará tomar de su copa de ira (Isaías 51:17-23, Jeremías 25:15, Apocalipsis 16).
Hoy me encuentro en la responsabilidad de decirte, ¡Arrepentidos, porque el Reino de los Cielos se acerca!