16/08/2026
UN LLAMADO A VOLVER AL MODELO BÍBLICO DE LA IGLESIA
Por muchos años hemos visto cómo una parte del cristianismo se ha ido alejando progresivamente de la sencillez y pureza del modelo establecido en las Escrituras, adoptando estructuras, prácticas y métodos propios de los sistemas de este mundo.
Cuando las tradiciones humanas, los intereses económicos y las agendas personales ocupan el lugar que le corresponde a la Palabra de Dios, la Iglesia pierde de vista su verdadera identidad y propósito.
La Iglesia no es un edificio, una institución ni una empresa religiosa. La Iglesia somos nosotros: los redimidos por Jesucristo.
La Escritura declara:
“Porque habéis sido comprados por precio.”
— 1 Corintios 6:20
Fuimos comprados, no con oro ni con plata, sino mediante la preciosa sangre de Jesucristo. Por eso pertenecemos a Él.
Somos su pueblo, su cuerpo y su templo.
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”
— 1 Corintios 3:16
Por esta razón, rechazamos toda forma de manipulación espiritual que pretenda controlar al creyente, despojarlo de su identidad en Cristo o convertir su fe en un instrumento para beneficiar económicamente a otros.
El propósito del ministerio cristiano no es crear dependencia del hombre, sino conducir a cada creyente hacia una dependencia cada vez mayor de Jesucristo y de su Palabra.
Los pastores y ministros no somos dueños de las ovejas. Las ovejas pertenecen a Cristo.
Asimismo, creemos necesario examinar cuidadosamente las enseñanzas relacionadas con el dinero a la luz del Nuevo Testamento.
No creemos que el Nuevo Testamento establezca el diezmo como una imposición legal sobre la Iglesia. Sí encontramos, claramente, el principio de la ofrenda voluntaria, generosa y nacida del corazón:
“Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”
— 2 Corintios 9:7
Las ofrendas en la Iglesia primitiva estaban estrechamente relacionadas con el sostenimiento de la obra, el cuidado de los necesitados y la ayuda a los hermanos. Nunca deberían convertirse en instrumentos de presión, manipulación o enriquecimiento personal.
El ministerio no debe convertirse en un negocio, ni el Evangelio en una mercancía.
Cuando se utiliza el nombre de Dios para manipular conciencias, acumular riquezas, construir imperios personales o colocar al hombre en una posición que solamente le corresponde a Cristo, debemos volver a preguntarnos:
¿Estamos siguiendo el modelo de Jesucristo o un sistema creado por los hombres?
La Escritura ya nos advirtió:
“Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.”
— 1 Timoteo 4:1
La apostasía no siempre comienza negando públicamente a Cristo. También puede manifestarse cuando se conserva el lenguaje cristiano mientras progresivamente se abandona la verdad de su Palabra.
Por eso nuestro llamado no es simplemente a salir de un sistema religioso.
Nuestro llamado es a volver a Jesucristo.
Volvamos a las Escrituras.
Volvamos a la sencillez del Evangelio.
Volvamos a reconocer que Cristo es la Cabeza de la Iglesia.
Volvamos a servir sin manipulación.
Volvamos a dar sin coerción.
Volvamos a pastorear sin buscar enriquecimiento personal.
Volvamos a permitir que el Espíritu Santo transforme al creyente mediante la verdad.
No queremos controlar personas.
Queremos formar discípulos de Jesucristo.
No queremos construir un imperio religioso.
Queremos edificar el cuerpo de Cristo.
No queremos enriquecernos con las ovejas.
Queremos servirlas.
Porque la Iglesia no pertenece al pastor, al ministerio ni a una organización.
LA IGLESIA PERTENECE A JESUCRISTO.
Él la compró con su propia sangre.
Y solamente Él merece toda la gloria.