08/03/2026
Hermanos y hermanas en Cristo,
Después de unas semanas de celebrar mi despedida, ya es oficial: mi asignación en Hoboken ha llegado a su fin. Quiero agradecer a todos por las hermosas celebraciones, así como los regalos, las oraciones y las amables palabras, mientras me preparo para emprender este nuevo capítulo de mi sacerdocio en Roma. Estos últimos años en San José y OLG han sido de los más bendecidos de mi vida, pues he tenido el privilegio de formar parte de la familia parroquial más amorosa e intima que jamás hubiera imaginado. Es difícil expresar con palabras lo difícil que es irme. Pero la tristeza de estos dias se debe a la gran bendición que he recibido. Como dice una vieja expresión, “Qué suerte tengo, de tener algo que hace que decir ‘adiós’ sea tan difícil.”
Llegué aquí hace ocho años y, por decirlo suavemente, me sentía muy inseguro. Me mudaba a mi segunda asignación, menos de un año después de mi ordenación. Venía a trabajar principalmente con una comunidad hispana, cuando mi español no era muy bueno. Estos últimos años también fueron un periodo en la que a menudo no era la mejor versión de mi mismo, ya que tuve que cargar con la cruz del alcoholismo, y me llevó tiempo llegar al punto de recibir y mantener el don de la sobriedad. Pero en medio de todo esto, todos ustedes me amaron y me apoyaron incondicionalmente, y han hecho que estos años sean tan especiales. El amor de Dios brilla a través todos ustedes para mi, y les estoy eternamente agradecido.
Hay tristeza, hay remordimientos y pensamientos de “qué habría pasado si...,” cosas que, al mirar atrás, habría hecho o dicho de otra manera...como siempre sucede en la vida. Yo sé que estoy muy lejos de ser perfecto; gracias por soportar mi orgullo, mi impaciencia y mis neurosis, y por perdonarme cuando no he sido para ustedes un reflejo de Cristo. Por favor, sigan orando por mí; ¡lo necesito!
Pero sobre todo, siento una profunda gratitud al recordar los maravillosos momentos de estos últimos ocho años: nuestras hermosas liturgias, nuestros retiros, celebraciones, y fiestas inolvidables, y toda la alegría y las risas que hemos compartido. También recuerdo los sufrimientos, las pérdidas y las lagrimas, pues, como cualquier familia, también compartimos esas experiencias. ¡Y toda la locura entre bastidores! Las horas de decorar para nuestras grandes celebraciones; clasificar ropa y otras raras cosas para el flea market; palear la nieve, limpiar inundaciones y perseguir ratones en el sótano... Sinceramente, agradezco cada segundo de todo ello, porque tuve la oportunidad de compartirlo y vivirlo con ustedes.
Aunque me vaya, la misión de nuestra comunidad sigue igual. ¡Nunca olviden eso, hermanos! Amense los unos a los otros, y nunca pierdan su espíritu de entrega y hospitalidad. Nunca se cansen de anunciar el amor de Dios a todo el mundo; inviten a la gente a la misa, compartan su fe con desconocidos, cuídense unos a otros. Traten a cada recién llegado, a cada persona enferma y a todos los que sufren como a las personas más importantes de nuestra comunidad, ¡porque lo son! No se trata de asistencia, ni de colectas, ni de mantener la iglesia abierta. Se trata de vivir nuestra misión de ser la presencia de Cristo en nuestro mundo.
Finalmente, sepan que siempre estaré aquí para ustedes, sin importar a dónde vaya. ¡Sigamos en contacto! Ya no soy su párroco, pero siempre soy su hermano en Cristo; nada puede cambiar eso. Manténganme informado de sus peticiones de oración, de cómo van sus vidas, de sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y ansiedades. Cada uno de ustedes significa muchísimo para mi; ¡espero seguir teniendo noticias suyas! Que Dios los bendiga y los guarde, y que nuestra Madre Santísima los mantenga siempre bajo su protección. ¡Animo! ¡Los quiero mucho!
En el amor de Cristo,
P. Felipe