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Desde que Dios tocó nuestro corazón al mostrarnos su amor en aquella cruz en la que Jesús dio su vida por nosotros solo queremos servirle y ayudar a que otros también reciban ese amor.

09/06/2026

Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. (Génesis 2:15)

Contrariamente al parecer de algunos, el trabajo no es una maldición; sino una bendición. Antes de que el pecado entrara al mundo, Dios designó a Adán para que cuidara del Jardín de Edén. Fue después que el hombre hubo pecado que Dios maldijo la tierra, pero no al trabajo en sí. Decretó que, al tratar de ganar el sustento de la tierra, el hombre encontraría p***s, sudor y frustración (Gn. 3:17–19).
Un anciano respetable decía: “¡Bendito trabajo! Si llevas la maldición de Dios, ¿Cuánta debe ser Su bendición?”. Pero el trabajo no lleva Su maldición. Es parte de nuestro ser esencial, de nuestra necesidad de creatividad y de ser útiles. Cuando sucumbimos a la holgazanería es mayor el peligro de pecar. Y a menudo es al retirarnos de la vida activa que comenzamos a derrumbarnos.
No debemos olvidar que Dios mandó a Su pueblo que trabajara (“seis días trabajarás” Éx. 20:9). Los hombres tienden a pasar por alto eso y a enfatizar la otra parte que les manda descansar el séptimo día.
El Nuevo Testamento etiqueta al perezoso como “desordenado” o “indisciplinado” y decreta que si un hombre no quiere trabajar, que tampoco coma (2 Ts. 3:6–10).
El Señor Jesús es el Ejemplo supremo como Trabajador laborioso. ¡Qué días de duro trabajo fueron los Suyos! ¡Qué noches de oración laboriosa! Tres años de ministerio le envejecieron. “Ni aún tienes cincuenta años”, le decían, haciendo un cálculo aproximado de su edad. ¿Cincuenta? ¡Solamente tenía treinta! Esto no es ningún secreto” (Ian MacPherson).
Algunas personas le tienen alergia al trabajo porque le notan alguna característica desagradable. Deberían darse cuenta de que ningún trabajo es completamente ideal. Toda ocupación tiene siempre algún inconveniente. Pero el cristiano puede hacerlo para la gloria de Dios: “No para salir del paso, sino triunfalmente”.
El creyente trabaja, no sólo para suplir sus propias necesidades, sino para ayudar a otros que están en necesidad (Ef. 4:28). Esto añade un motivo nuevo y desinteresado al trabajo.
Aun en la eternidad trabajaremos, ya que la Palabra dice: “sus siervos le servirán” (Ap. 22:3).
Mientras tanto, debemos seguir el consejo de Spurgeon: “Mátense trabajando y luego avívense a través de la oración”.

Macdonald, William. 2007. De día en día: 365 Verdades por las cuales vivir. Editado por Carlos Tomás Knott. Traducido por José Antonio Septién y Neria Díez Sánchez. Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE.

09/06/2026
09/05/2026

En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen n su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. (Juan 1:10–12)

En el mundo estaba. Fue una gracia increíble que el Señor de la vida y de la gloria hubiera venido a vivir en este minúsculo planeta. No sería de interés periodístico que de alguien se dijera: “Estaba en el mundo”. Eso es algo sobre lo que el hombre no tiene control. Pero para Él, fue una elección deliberada, un acto de compasión maravillosa.

Y el mundo por Él fue hecho. ¡La maravilla aumenta! Aquel que estaba en el mundo es el que hizo al mundo. El que llena el universo se redujo a sí mismo al cuerpo de un bebé, un joven, un hombre, y en ese cuerpo habitó toda la plenitud de la Deidad.
Pero el mundo no le conoció. Este fue un caso de ignorancia inexcusable. Las criaturas debieron reconocer a su Creador. Los pecadores debieron haber sido sacudidos por Su ausencia de pecado. Debieron conocer por Sus palabras y Sus obras que en Él había más que un simple hombre.

A lo suyo vino. Todo lo que estaba en el mundo le pertenecía. Como Creador, tenía derechos innegables a todo lo creado y pese a eso no traspasó la propiedad de nadie.

Y los suyos no le recibieron. He aquí la ofensa máxima. El pueblo judío le rechazó. Jesús tenía todas las credenciales del Mesías, pero no quisieron que los gobernara.

Mas a todos los que le recibieron. Esta es una invitación ilimitada. Ha sido extendida a judíos y gentiles igualmente. La única condición es que deben recibirle.

A los que creen en su nombre. Los términos no pueden ser más sencillos. La autoridad para llegar a ser hijos de Dios se concede a todos aquellos que, por un acto definido de fe, reciben a Jesucristo como Señor y Salvador.

Les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. ¡Qué favor tan inmerecido, que los pecadores rebeldes vengan a ser hijos de Dios a través de un milagro de amor y gracia!

Aquí tenemos noticias buenas y noticias malas. Primero las malas: “el mundo no le conoció” y “los suyos no le recibieron”. Luego las buenas: “mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Si no le has recibido todavía, ¿por qué no creer hoy en Su Nombre?

Macdonald, William. 2007. De día en día: 365 Verdades por las cuales vivir. Editado por Carlos Tomás Knott. Traducido por José Antonio Septién y Neria Díez Sánchez. Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE.

09/04/2026

… comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo mu**to era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
Lucas 15:23b–24

Hay cuatro etapas en la vida del hijo pródigo: feliz e inconsciente (en la casa del padre); infeliz e inconsciente (en el país lejano, rodeado de amigos); infeliz y consciente (en la pocilga, cuidando cerdos) y feliz y consciente (de regreso al hogar). El hijo pródigo vivía insatisfecho en la casa del padre. Pensó que la felicidad estaba lejos, fuera de las puertas. Decidió pedir anticipadamente su herencia y partir a un país lejano, con el fin de probar las aventuras de la vida. Al inicio, mientras había dinero en el bolsillo, muchos amigos y mucha diversión acompañaron sus noches. Él gastó todo lo que tenía en una vida disoluta. Llegó, sin embargo, el hambre, y, entonces, los amigos se fueron. Él comenzó a pasar necesidades y, finalmente, fue a parar a una pocilga para cuidar cerdos. La felicidad que el joven buscaba lejos del padre no pasaba de ser un espejismo engañoso. Él era feliz en la casa paterna y no lo sabía. Ahora estaba infeliz y lo sabía. Fue en ese momento que resolvió volver a casa y pedir perdón a su padre. Estaba dispuesto a ser solo un trabajador más. Pero, para su sorpresa, cuando volvió a casa, el padre lo esperaba y corrió a su encuentro para abrazarlo, besarlo y darle una gran fiesta por su regreso. Aquella fue la fiesta de la reconciliación. Hay fiesta en el cielo cuando un pecador se arrepiente. Los ángeles celebran su regreso a Dios.

Lopes, Hernandes Dias. 2015. Gotas de consuelo para el alma: 365 Reflexiones diarias. Barcelona, España: Editorial CLIE.

09/03/2026

Y exhaló el espíritu, y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo.
Génesis 25:8

La vejez es un camino inevitable. No hay atajos para huir de esta realidad. El tiempo es implacable y esculpe en nuestro rostro arrugas que no se pueden disimular. Cada cabello blanco que brota en nuestra cabeza es la muerte llamándonos a un duelo. Los años pasan sobre nosotros como plomada, dejando nuestras piernas temblorosas, nuestros brazos débiles y nuestros ojos empañados. La vejez es una realidad a la que no podemos escapar. Tarde o temprano, necesitaremos estar frente a frente con ella, a no ser que la muerte nos visite precozmente. El asunto no es envejecer, sino cómo envejecer. La vejez puede ser una bendición o una maldición; un campo de delicias o un desierto de sufrimiento; una cosecha llena o una frustración incurable. Muchas personas envejecen con amargura. Se sublevan con la vida y sufren en la vejez una amarga soledad. Otras, sin embargo, se hacen dulces, sabias y hacen de esa fase otoñal los años más extraordinarios del camino. Los viejos pueden ser llenos del Espíritu y nutrir grandes sueños en el alma. Pueden mirar hacia el frente y tejer proyectos, en lugar de solo celebrar las conquistas del pasado. Pueden influenciar la nueva generación en lugar de solamente enaltecer el pasado. La vejez es un privilegio, una bendición, una dádiva de Dios. ¡Debemos desearla y recibirla con gratitud!

Lopes, Hernandes Dias. 2015. Gotas de consuelo para el alma: 365 Reflexiones diarias. Barcelona, España: Editorial CLIE.

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