06/04/2026
La Biblia en Dos Años
Un Devocional Diario
Por Joselo Mercado
Fecha: 4 de junio de 2026
Lectura: Números 7–8; 1 Corintios 4
Mayordomos de Cristo en medio de una iglesia que no siempre entiende
En 1 Corintios 4, Pablo corrige a una iglesia que estaba evaluando a sus líderes con criterios mundanos. Algunos preferían a Pablo, otros a Apolos, otros a Cefas. La iglesia había comenzado a mirar el ministerio pastoral como si fuera una competencia de estilos, personalidades, dones y preferencias. Pero Pablo les recuerda algo profundamente importante: “Que todo hombre nos considere de esta manera: como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Co. 4:1).
El pastor no es dueño de la iglesia. Tampoco es un empleado contratado para satisfacer las preferencias de todos. Es un siervo de Cristo, llamado a administrar fielmente la Palabra de Dios, cuidar almas, orar, corregir, consolar, enseñar, visitar, sufrir y perseverar. Y Pablo añade: “Ahora bien, además se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel” (1 Co. 4:2). La medida principal del ministerio no es la popularidad, ni la aprobación inmediata, ni la comodidad de la congregación, sino la fidelidad delante del Señor.
Muchas veces la iglesia solo ve una parte pequeña del trabajo pastoral. Ve el sermón del domingo, pero no siempre ve las horas de oración, estudio, lágrimas y lucha espiritual detrás de esa predicación. Ve una reunión pública, pero no conoce las conversaciones privadas sobre pecados serios, matrimonios en crisis, jóvenes confundidos, familias quebrantadas, enfermos visitados, personas que se apartan o miembros que se van en silencio. Ve al pastor al frente, pero no siempre ve el peso que carga en secreto.
Pablo describe el ministerio apostólico con palabras fuertes: “Hemos llegado a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todo” (1 Co. 4:13). No está romantizando el sufrimiento; está mostrando que el ministerio verdadero muchas veces implica ser malinterpretado, criticado, menospreciado y aun así seguir amando. El siervo de Cristo no deja de trabajar porque no lo aprecian. No deja de orar porque no lo ven. No deja de predicar porque algunos prefieren otra voz. No deja de pastorear porque algunos no entienden el costo. Sigue adelante porque sirve al Señor.
Esto también se conecta con Números 8, donde los levitas son purificados para servir delante del Señor. Antes de ejercer su labor, debían ser apartados, limpiados y consagrados. El servicio a Dios requería santidad. Esto nos recuerda que el pastor no solo carga con las necesidades de la iglesia; también debe cuidar su propia alma. Debe buscar santidad personal, arrepentimiento, humildad, pureza, dependencia de Dios y fidelidad en lo secreto. La carga pastoral nunca elimina el llamado a la santidad; más bien lo intensifica.
Pero este pasaje no es solo una exhortación para los pastores. Es también una corrección amorosa para la iglesia. Uno de los pecados de la iglesia moderna es tratar al pastor como un empleado religioso: alguien que debe producir sermones, resolver problemas, estar disponible siempre, cumplir expectativas personales y cargar solo con la misión. Pero la iglesia no es una empresa, y el pastor no es un proveedor de servicios espirituales. La iglesia es el cuerpo de Cristo, y todos sus miembros son llamados a participar en la misión.
Una congregación madura no solo demanda; también ora. No solo evalúa; también anima. No solo recibe; también sirve. No solo señala cargas; también las comparte. No solo espera que el pastor cuide a todos; también entiende que Dios ha llamado a toda la iglesia a amar, discipular, exhortar, consolar, evangelizar y edificar.
Pablo también confronta otro problema en la iglesia: la arrogancia espiritual. Algunos en Corinto se habían “vuelto arrogantes”, como si Pablo no fuera a regresar a ellos (1 Co. 4:18). Es decir, hablaban, juzgaban y actuaban con una confianza carnal, olvidando que el reino de Dios no consiste en palabras vacías, sino en poder espiritual: “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Co. 4:20). La iglesia puede caer en el pecado de opinar mucho, criticar mucho y demandar mucho, pero sin mostrar el fruto del Espíritu, la humildad, la santidad y el amor que evidencian la obra de Dios.
Por eso Pablo les pregunta: “¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?” (1 Co. 4:21). Esta no es una amenaza egoísta, sino una advertencia pastoral. El pastor fiel no solo consuela; también corrige. No solo anima; también confronta. En un mundo que desea solo afirmación, Dios llama a los pastores, en ciertos momentos, a corregir; a apuntar al pecado; a advertir con amor; a decir verdades que no siempre serán populares.
Muchos pastores hoy sienten la tentación de evitar lo que Pablo hizo, porque tiene un precio. Corregir puede traer críticas. Confrontar puede producir distancia. Señalar pecados puede ser interpretado como falta de amor. Pero el amor pastoral bíblico no consiste en afirmar todo, sino en conducir a las ovejas a Cristo. Un pastor que nunca corrige puede parecer más amable, pero no necesariamente está amando mejor. La mansedumbre bíblica no es cobardía; es firmeza gobernada por amor.
Cuando la iglesia se llena de orgullo, divisiones, preferencias carnales y críticas injustas, necesita ser llamada al arrepentimiento. Y esa corrección, aunque a veces sea incómoda, también es parte del amor pastoral. Una iglesia madura no desprecia la corrección bíblica; la recibe como una gracia de Dios para volver a Cristo.
Cristo en el texto
Jesús es el Siervo fiel por excelencia. Él fue incomprendido, rechazado, acusado injustamente y tratado como despreciado entre los hombres. Sin embargo, siguió amando, sirviendo, enseñando, orando y entregando su vida por su pueblo. Él es el verdadero Pastor que no huyó cuando vinieron los lobos, sino que dio su vida por las ovejas.
Cristo también es el Rey cuyo reino no consiste en palabras vacías, sino en poder. Él no vino simplemente con discursos religiosos, sino con la autoridad del cielo, el poder del Espíritu y la gracia transformadora de Dios. Su vida santa, su muerte sustitutiva y su resurrección gloriosa revelan el poder verdadero del reino. Ese poder no produce arrogancia, sino humildad; no produce consumidores espirituales, sino discípulos; no produce una iglesia centrada en preferencias, sino un pueblo rendido a Cristo.
Y Cristo mismo nos muestra que el amor verdadero a veces confronta. Él recibió a pecadores con gracia, pero también llamó al arrepentimiento. Consoló a los quebrantados, pero reprendió la hipocresía. Fue manso y humilde de corazón, pero nunca negoció la santidad de Dios. Por eso, todo ministerio pastoral fiel debe reflejar algo del corazón de Cristo: ternura para restaurar, valentía para corregir y gracia para llevar a las personas de regreso al evangelio.
Todo pastor fiel sirve bajo la sombra del Pastor supremo. Y toda iglesia debe recordar que sus líderes son dones de Cristo, pero no sustitutos de Cristo. El pastor cuida, pero Cristo salva. El pastor predica, pero Cristo transforma. El pastor corrige, pero Cristo santifica. El pastor sirve, pero Cristo sostiene a su iglesia.
Aplicación para la vida
Oremos por nuestros pastores. No asumamos que porque predican con firmeza no se cansan, o porque sonríen no sufren, o porque siguen sirviendo no necesitan ánimo. Aprendamos a ver más allá de nuestras preferencias personales y pidamos al Señor un corazón agradecido, humilde y participativo. La iglesia saludable no consume ministerio; participa en la misión.
También debemos examinar si hay arrogancia espiritual en nuestro corazón. Podemos hablar mucho de doctrina, opinar mucho sobre la iglesia, criticar decisiones, comparar líderes y exigir atención, pero la pregunta es si nuestras vidas muestran el poder del reino: humildad, santidad, amor, servicio, arrepentimiento y obediencia. El reino de Dios no se manifiesta en palabras orgullosas, sino en vidas transformadas por Cristo.
Recibamos también la corrección bíblica como una misericordia de Dios. En una cultura que confunde amor con afirmación total, la iglesia debe recordar que el Señor disciplina a los que ama. Cuando un pastor señala un pecado con la Palabra, no está traicionando su llamado; lo está cumpliendo. La pregunta no debe ser solamente: “¿Me sentí afirmado?”, sino: “¿Estoy siendo llevado a Cristo, a la santidad y al arrepentimiento?”
Y si Dios nos ha llamado a servir en liderazgo, recordemos esto: nuestra meta no es ser aplaudidos, sino ser hallados fieles. El Señor ve lo que otros no ven. Él ve las oraciones secretas, las lágrimas escondidas, las conversaciones difíciles, las cargas invisibles y la perseverancia silenciosa. Y al final, su evaluación es la que importa.
Preguntas de reflexión
¿Estoy evaluando el ministerio pastoral por mis preferencias personales o por la fidelidad a Cristo y a su Palabra?
¿Oro regularmente por mis pastores y líderes, o solo pienso en lo que espero de ellos?
¿Estoy participando activamente en la misión de la iglesia o actuando como consumidor espiritual?
¿Hay en mí arrogancia espiritual, muchas palabras, pero poco fruto visible del poder de Dios?
¿Cómo respondo cuando soy corregido bíblicamente: con humildad o con resistencia?
¿Confundo el amor pastoral con recibir siempre afirmación, o entiendo que la corrección bíblica también es una expresión de gracia?
¿Cómo puedo animar, servir y compartir las cargas dentro del cuerpo de Cristo?
Si estoy sirviendo en liderazgo, ¿estoy buscando ser aprobado por la gente o ser hallado fiel delante de Dios?
Oración
Señor, gracias por Cristo, el Pastor supremo de nuestras almas. Perdónanos cuando hemos tratado tu iglesia como una empresa y a tus siervos como empleados. Perdónanos cuando hemos hablado con arrogancia, cuando hemos criticado sin servir, cuando hemos demandado sin orar, y cuando hemos olvidado que todos somos parte de la misión.
Danos corazones humildes, agradecidos y comprometidos con tu obra. Ayúdanos a recibir la corrección bíblica como una gracia, no como una amenaza. Libra a tu iglesia de una cultura que solo desea afirmación, pero rechaza el arrepentimiento. Ayuda a los pastores a servir con fidelidad, santidad, mansedumbre y valentía, aun cuando su labor no sea vista, apreciada o popular.
Haz que tu reino se manifieste en nosotros no solo con palabras, sino con poder espiritual, fruto verdadero, amor sincero y obediencia humilde. Y haz de tu iglesia un cuerpo que ora, sirve, ama, recibe corrección y camina unido bajo el señorío de Cristo. Amén.