08/24/2026
La obediencia no es nuestra, es de Cristo...
Cuando le preguntaron a Jesús: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? (Juan 6:28), la respuesta de Jesús es extraordinaria tanto por lo que dice como por lo que no dice. Ellos preguntaron por las obras, en plural; Jesús respondió: Esta es la obra de Dios: que creáis en el que él ha enviado (Juan 6:29). Jesús no respondió: obedezcan suficientemente, cumplan los mandamientos para alcanzar la salvación o demuestren mediante sus obras que son dignos. Los dirigió hacia una sola cosa: crean en aquel que Dios envió.
¿Y por qué? Porque la obediencia que podía salvarnos no era la nuestra, sino la de Cristo. El problema del hombre desde Adán fue precisamente su incapacidad para presentarse justo delante de Dios mediante su propia obediencia. Pablo lo explica claramente: Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos (Romanos 5:19). Observa dónde coloca Pablo nuestra justicia: no en la obediencia de muchos, sino en la obediencia de uno, Jesucristo. Donde Adán desobedeció, Cristo obedeció. Donde nosotros quedamos en deuda, Cristo pagó.
Por eso pensar que nuestra obediencia es un requisito para obtener, completar o conservar nuestra salvación crea un problema gravísimo: nos vuelve a colocar bajo una deuda que el evangelio declara completamente cancelada. Colosenses 2:13-14 dice que Dios nos dio vida juntamente con Cristo, perdonándonos todos los pecados y anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, quitándola de en medio y clavándola en la cruz. Cristo no hizo un pago inicial para que nosotros termináramos de pagar el balance mediante nuestra obediencia. La deuda fue cancelada completa.
Por eso desde la cruz Jesús pudo decir: Consumado es (Juan 19:30). No dijo: mi parte está consumada, ahora les toca a ustedes completar la suya. Tampoco pagó una parte para que nosotros pagáramos el resto mediante buenas obras. Consumado es. Y Hebreos 10:14 lo expresa todavía más claramente: porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Una ofrenda, una vez, un sacrificio suficiente.
Entonces alguien preguntará: ¿qué lugar ocupan nuestras buenas obras? La Escritura responde que son producto de la salvación, jamás su causa. Pablo establece el orden perfectamente en Efesios 2:8-10: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Solamente después añade que somos creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Primero está la gracia, primero la salvación, primero Cristo y después vienen las obras como consecuencia de aquello que Dios ya hizo.
Y esto es todavía más profundo: ni siquiera podemos convertir nuestra fe en una obra de la cual gloriarnos. La salvación por gracia mediante la fe no procede de nosotros, es don de Dios (Efesios 2:8). No somos nosotros intentando producir suficiente fe y suficiente obediencia para convencer a Dios de que nos salve. La iniciativa pertenece a Dios de principio a fin.
Por eso Pablo dice: Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:13). Hasta el querer y el hacer que aparecen posteriormente en la vida del creyente son resultado de Dios obrando en él. De la misma manera, Gálatas 5:22 no llama al amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio el fruto del esfuerzo humano para conservar la salvación. Los llama el fruto del Espíritu.
Ahí está la diferencia fundamental: las obras no producen la fe; la fe produce obras. Las obras no producen salvación; la salvación produce obras. Y esas obras tampoco nacen independientemente de Dios como si después de salvarnos Dios dijera que ahora nos corresponde terminar el trabajo. Es Dios quien obra en nosotros mediante su Espíritu produciendo el querer y el hacer.
Esto tampoco significa que las buenas obras sean inexistentes o irrelevantes en la vida cristiana. Significa que debemos colocarlas exactamente donde las coloca la Escritura. Son fruto, no raíz. Son consecuencia, no causa. Son evidencia de vida, no moneda para comprarla. El árbol no está vivo porque produce fruto; produce fruto porque primero está vivo.
Y si convertimos nuestra obediencia en requisito para que Dios finalmente nos acepte, aparece una pregunta inevitable: ¿cuánta obediencia es suficiente? ¿80%, 90%, 99%? Santiago destruye cualquier posibilidad de justificarnos de esa manera: Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos (Santiago 2:10). Si quieres presentarte delante de Dios dependiendo de tu propia obediencia, entonces necesitas obediencia perfecta. Y precisamente porque ninguno de nosotros podía ofrecerla, Cristo vino y obedeció en nuestro lugar.
El evangelio, por tanto, no es: obedece suficientemente y Jesús cubrirá aquello que te falte. Eso convertiría a Cristo simplemente en un complemento de nuestra propia justicia. El evangelio es: Cree en aquel que Dios envió.
Cristo obedeció donde nosotros desobedecimos. Cristo cumplió donde nosotros fracasamos. Cristo cargó nuestra condenación. Cristo canceló nuestra deuda. Cristo realizó aquello que jamás hubiéramos podido realizar por nosotros mismos. Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos (Romanos 5:19).
Y ahora, unidos a Cristo, el Espíritu produce fruto en nosotros. No obedecemos intentando convertirnos en hijos; andamos en obediencia porque hemos sido hechos hijos. No hacemos buenas obras intentando pagar nuestra deuda; las hacemos porque la deuda ya fue pagada. No trabajamos para conseguir una salvación incompleta; nuestras obras son fruto de una salvación que Dios inició por gracia y cuya obra Él mismo lleva hasta su consumación, porque el que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).
Por eso, cuando aquellos hombres preguntaron a Jesús qué tenían que hacer, Jesús no los envió hacia sí mismos, hacia su desempeño, hacia su capacidad de obedecer ni hacia una lista de méritos religiosos. Los envió hacia Él.
Esta es la obra de Dios: que creáis en el que él ha enviado. Juan 6:29.
Porque al final nuestra esperanza nunca estuvo en cuánto pudiéramos obedecer nosotros. Nuestra esperanza está en Aquel que obedeció perfectamente por nosotros, murió por nosotros, resucitó por nosotros y declaró nuestra deuda completamente pagada.