09/08/2026
MUCHA ACTIVIDAD, POCA RELACIÓN
La historia de MARTA está en Lucas 10
Siempre nos dijeron lo mismo: que Marta estaba mal, que María escogió la mejor parte y que debemos ser como María. Pero hay algo más profundo, algo que casi nadie dice. Marta no estaba haciendo algo malo. Estaba sirviendo, y no a cualquiera: estaba sirviendo a Jesús. Su problema no era lo que hacía, sino lo que estaba pasando dentro de ella. El texto dice que estaba afanada y turbada. No dice simplemente que estaba ocupada o que era trabajadora; dice que estaba afanada. Y eso es distinto. Porque puedes estar haciendo algo bueno, pero con el alma desordenada. Puedes estar sirviendo y sentirte solo. Puedes estar ayudando, pero molesto porque nadie más lo hace.
Ahí es donde la historia cambia. Marta no explota de la nada; se llena y se llena hasta que un día habla: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola?” Y aquí está lo fuerte: Marta no solo estaba molesta con María, también estaba molesta con Jesús. “¿No te importa?” Eso no lo dice alguien tranquilo; lo dice alguien cansado por dentro, alguien que lleva tiempo sintiéndose no visto. ¿Te suena? Hay momentos en que haces todo bien, cumples, sirves, das y ayudas, pero por dentro sientes que nadie lo nota, que nadie te ayuda, que a nadie le importa. Y lo más duro es que terminas reclamándole a Dios por cosas que comenzaron en tu propio corazón.
Pero mira la respuesta de Jesús: “Marta, Marta”. No la regaña ni la avergüenza; la llama por su nombre, dos veces. Eso es ternura, eso es cercanía. Luego le dice que está preocupada y turbada por muchas cosas. Jesús no corrige su servicio, corrige su ansiedad. El problema no era la cocina, era la carga emocional que llevaba mientras cocinaba. Marta estaba tan ocupada sirviendo a Jesús que dejó de estar con Jesús. Estaba en la misma casa, pero en otra sintonía.
Y eso sigue pasando hoy. Hay gente que hace mucho, pero siente poco; gente que sirve en la iglesia, pero está vacía por dentro; gente que trabaja, ayuda y resuelve todo, pero vive desconectada emocionalmente. Lo peligroso es que mientras más haces, más justificas no detenerte: “Si no lo hago yo, nadie lo hace”, “Estoy sirviendo a Dios”. Sí, pero Dios no te pidió que te perdieras a ti mismo en el proceso. María entendió algo que Marta aún no: no todo lo urgente es lo más importante. Hay momentos en que sentarte es más espiritual que correr.
Lo hermoso es que Jesús no rechazó a Marta; la corrigió porque la quería cerca. Marta no estaba lejos, solo estaba distraída. Y tal vez tú tampoco estás perdido ni estás mal; solo estás cansado por dentro, haciendo demasiado sin detenerte a respirar. Hoy, como a Marta, Jesús no te grita. Te habla con suavidad y te dice que estás cargando demasiado, que no tienes que hacerlo todo, que te sientes un momento. Porque al final, Dios no solo quiere lo que haces; quiere tu atención, tu paz y tu corazón presente. Cuando entiendes esto, ya no ves a Marta como la equivocada, sino como alguien real, alguien que amaba pero se estaba desgastando, alguien que necesitaba recordar que estar con Jesús vale más que hacer todo para Jesús.