El Amor de Dios

El Amor de Dios Testimonios, oración, mensajes cristianos, reflexiones, palabras de apoyo, de amor y todas las ben Creando una Relación con Dios.

Llevando el Evangelio a toda criatura (Mateo 16:15), Su amor fraternal (Juan 17:21), agradeciendo y reciprocando sus bendiciones y lo que El ha hecho en nuestras vidas mediante el mensaje de la Palabra, la oración, intercesión, consejo, y apoyo espiritual. Dependiendo completamente del Padre, del Hijo y su Santo Espíritu. Bringing the Gospel to every creature (Matthew 16:15), His brotherly love (J

ohn 17:21), grateful and giving back for all He has done in our lives via His Word, prayer, intercession, support, advise and love. We stand in the name of the Father, the Son and the Holy Spirit.

"No hay semejante a ti, oh Jehová; grande eres Tú, y grande Tu nombre en poderío. ¿Quién no te temerá, oh Rey de las nac...
06/04/2026

"No hay semejante a ti, oh Jehová; grande eres Tú, y grande Tu nombre en poderío. ¿Quién no te temerá, oh Rey de las naciones? Porque a Ti es debido el temor; porque entre todos los sabios de las naciones y en todos sus reinos, no hay semejante a Ti." - Jeremías 10:6-7
AMEN!
Bendecido dia!❤️😇🙏🏻

"There is none like You, O Lord; You are great, and great is Your name in might. Who would not fear You, O King of the nations?
Indeed it is Your due! For among all the wise men of the nations
and in all their kingdoms, there is none like You." - Jeremiah 10:6-7
Have a blessed day!❤️😇🙏🏻

Photo: Carmen Tavarez

06/03/2026

Eso es Amennn!

06/03/2026

Amen!

Amen! 🙏🏼🙌🏼❤️✝️
06/03/2026

Amen! 🙏🏼🙌🏼❤️✝️

El problema de “los grupitos” …
05/30/2026

El problema de “los grupitos” …

🌷👩🏻☕️📖 Cuando la hermandad
se convierte en un círculo cerrado.

Mis amadas hermanas, hay temas de los que pocas veces hablamos porque no suelen provocar grandes discusiones ni escándalos visibles. Sin embargo, son asuntos que pueden afectar profundamente la salud espiritual de un grupo de mujeres y la unidad de una congregación. Uno de ellos es el favoritismo.

No siempre se presenta de manera evidente. A veces aparece disfrazado de amistad, afinidad o costumbre. Sin darnos cuenta, comenzamos a caminar siempre con las mismas personas, a escuchar siempre las mismas voces, a buscar siempre a las mismas hermanas para servir, aconsejar o compartir. Poco a poco se forma un círculo donde algunas son incluidas naturalmente, mientras otras permanecen en la periferia, observando desde lejos cómo se fortalecen relaciones de las cuales ellas nunca parecen formar parte.

Quizás nadie lo planeó así. Quizás nadie tuvo la intención de herir a otra hermana. Pero el hecho de que una herida no haya sido intencional no significa que no exista.

Por eso es necesario detenernos y examinar nuestro corazón delante del Señor.

La iglesia no fue diseñada para funcionar como un club exclusivo. Cristo no derramó Su sangre para formar grupos selectivos dentro de Su pueblo. Él vino a reconciliar pecadores con Dios y también a reconciliarnos unos con otros. Cada mujer que llega a una congregación, ya sea una creyente madura o una recién convertida, necesita encontrar una familia espiritual donde el amor de Cristo sea visible. La Palabra de Dios nos exhorta diciendo “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas” (Santiago 2:1).
Aunque este pasaje aborda diferencias sociales, revela un principio que atraviesa toda la vida cristiana: el corazón de Dios no favorece a unos mientras ignora a otros. Él no mide el valor de las personas según su personalidad, nivel espiritual, capacidad de servicio o cercanía con ciertos líderes. Todos hemos sido recibidos únicamente por gracia. Cuando olvidamos esta verdad, comenzamos a relacionarnos con los demás de una manera que no refleja el evangelio.

Es importante comprender que el favoritismo no solo afecta a quienes son excluidas. También afecta a quienes participan de él. La hermana que constantemente recibe atención, reconocimiento y cercanía puede comenzar a sentirse especial de una manera que alimenta el orgullo. Mientras tanto, la hermana que permanece al margen puede comenzar a luchar con sentimientos de rechazo, inseguridad, tristeza o resentimiento. Lo que comenzó como una simple preferencia termina produciendo heridas silenciosas en distintos corazones.

Y las heridas que no son tratadas suelen encontrar formas de expresarse. Aparecen entonces los comentarios a espaldas de otros, las comparaciones, las sospechas, las críticas y los malentendidos. Algunas hermanas se retraen. Otras dejan de participar. Algunas continúan asistiendo, pero con un corazón cada vez más distante. Lo que parecía un asunto pequeño comienza a debilitar la comunión que Cristo desea para Su iglesia.

Por eso este no es un tema superficial. Es un asunto del corazón. Antes de pensar en otras personas, cada una de nosotras necesita hacerse preguntas sinceras delante del Señor.

¿Estoy siendo accesible para todas mis hermanas o solamente para aquellas con las que me siento cómoda?

¿Hay mujeres en mi congregación cuyos nombres apenas conozco porque nunca me he tomado el tiempo de acercarme a ellas?

¿Escucho con la misma atención a quien piensa diferente que a quien está siempre de acuerdo conmigo?

¿He confundido la obediencia hacia mi liderazgo con la madurez espiritual?

¿Hay personas que he dejado de buscar porque requieren más paciencia, más tiempo o más esfuerzo?

Estas preguntas pueden resultar incómodas, pero son necesarias. El crecimiento espiritual siempre comienza cuando permitimos que la luz de Cristo ilumine las áreas de nuestro corazón que preferimos no examinar.

Y aquí encontramos el ejemplo perfecto Jesús.
Cuando observamos Su ministerio terrenal, vemos a un Salvador que constantemente se acercaba a quienes otros pasaban por alto. Se sentó con pecadores, habló con mujeres rechazadas por la sociedad, tocó a leprosos, escuchó a los marginados y mostró compasión hacia quienes eran considerados indignos.

Nadie podía acercarse a Cristo y concluir que era amado menos que otros. Su amor no era superficial ni selectivo.

Era santo, perfecto e imparcial. Por eso, cuando nuestras relaciones dentro de la iglesia comienzan a reflejar preferencias humanas más que el amor de Cristo, necesitamos regresar al evangelio. No necesitamos simplemente mejorar nuestras habilidades sociales. Necesitamos contemplar nuevamente a Jesús. Necesitamos recordar que todas llegamos a la cruz en la misma condición: pecadoras necesitadas de gracia.

La hermana que lleva treinta años caminando con el Señor y la que llegó por primera vez esta semana comparten la misma necesidad de misericordia. La mujer extrovertida y la tímida. La que sirve visiblemente y la que sirve en silencio. La que parece fuerte y la que llega cargada de heridas.

Todas somos receptoras de una gracia inmerecida. Y cuando comprendemos esto, comenzamos a mirar a nuestras hermanas de manera diferente. La restauración de la hermandad no ocurre mediante discursos únicamente. Comienza cuando decidimos amar de manera intencional. Cuando nos acercamos a quien suele quedarse sola. Cuando escuchamos antes de juzgar.
Cuando abrimos espacio para nuevas relaciones.

Cuando dejamos de formar pequeños círculos cerrados y comenzamos a extender la mesa para que otros también encuentren un lugar. Romanos 12:10 nos exhorta: “Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros”.

Qué diferente sería la dinámica de muchos grupos si cada hermana buscara honrar a las demás en lugar de buscar ser honrada. Qué diferente sería si nuestras conversaciones reflejaran genuino interés por quienes nos rodean. Qué diferente sería si las mujeres nuevas encontraran brazos abiertos en lugar de barreras invisibles.

Queridas hermanas, la unidad de la iglesia es demasiado valiosa para permitir que el favoritismo la debilite. Cristo pagó un precio demasiado alto para que construyamos divisiones donde Él quiso formar una familia. Por eso hoy la invitación no es a señalar a otras personas. Es a acercarnos humildemente al Señor y pedirle que examine nuestro corazón. Tal vez descubramos que hemos sido heridas por la exclusión. Tal vez descubramos que, sin querer, hemos contribuido a ella. En ambos casos, la respuesta es la misma: correr hacia Cristo.

Solo Él puede sanar los corazones heridos.

Solo Él puede derribar las barreras que hemos levantado.

Solo Él puede enseñarnos a amar como hemos sido amadas.

Que nuestras iglesias sean conocidas no por los grupos que forman, sino por el amor que reflejan. Que ninguna mujer se sienta invisible entre nosotras. Y que cuando alguien observe nuestra comunión, pueda ver algo del corazón de Cristo, quien nos recibió a todas con los brazos abiertos cuando ninguna de nosotras merecía estar allí.

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Mujer Biblia y Café

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05/25/2026

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05/25/2026

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