06/08/2026
Vivimos en la cultura de la estupidez y del cinismo. Muchos grupos que se autoproclaman defensores de la libertad, del respeto, de la diversidad de ideas y de la tolerancia son, en la práctica, los más tiránicos e intolerantes. Basta observar el actuar del lobby homosexual. Hablan constantemente contra las etiquetas, pero ellos mismos se identifican públicamente por su inclinación hacia personas de su mismo s**o; sin embargo, cuando alguien describe esa conducta como una desviación sexual, reaccionan con indignación y agresividad. ¿Tiene sentido semejante contradicción?
Se presentan como abanderados del respeto y de la tolerancia, pero no dudan en atacar y ridiculizar la fe católica. Utilizan símbolos, vestimentas y manifestaciones ofensivas para burlarse de Nuestro Señor Jesucristo y de la religión cristiana, mientras exigen respeto absoluto para sus propias creencias y estilos de vida. Hablan de diversidad de pensamiento, pero quien se niega a aprobar sus postulados es inmediatamente señalado, perseguido o censurado. ¿Qué entienden realmente por libertad? ¿Acaso libertad significa aceptar sin cuestionamientos todo aquello que ellos desean imponer?
La verdadera libertad no consiste en obligar a los demás a aprobar nuestras acciones. Todos los hombres son libres, pero nadie tiene derecho a exigir la aprobación moral de sus conductas. Cuando se busca castigar, silenciar o destruir a quien discrepa, ya no estamos ante la libertad, sino ante una forma de tiranía. Paradójicamente, terminan convirtiéndose en aquello mismo que dicen combatir.
¿Por qué debería yo aceptar como bueno aquello que considero moralmente desordenado? Como católico, no acepto la práctica de la homosexualidad porque la considero contraria a la ley natural y a la ley divina. La Sagrada Escritura presenta este pecado como una grave ofensa contra Dios, y la tradición constante de la Iglesia lo ha condenado sin ambigüedades. El relato de Sodoma y Gomorra permanece como un severo recordatorio del juicio divino sobre los pecados que claman al cielo.
No obstante, el cristiano debe distinguir entre el pecado y el pecador. Quienes viven en estas conductas no deben ser objeto de odio, sino de oración, corrección fraterna y llamado a la conversión. La caridad cristiana no consiste en aprobar el error, sino en procurar el bien verdadero del prójimo, que es su salvación eterna. La falsa compasión que justifica el pecado no ayuda a nadie; por el contrario, confirma a las almas en aquello que puede conducirlas a su perdición.
Nuestra época ha sustituido con frecuencia la razón por el sentimentalismo. Se pretende que toda inclinación subjetiva sea considerada buena simplemente porque existe. Sin embargo, la verdad no depende de los deseos humanos, sino del orden establecido por Dios. El cristiano está llamado a juzgar las acciones según la ley divina y no según las modas culturales del momento.
Por ello, más que dejarnos arrastrar por el sentimentalismo moderno, debemos recuperar el sentido común, la recta razón y el santo temor de Dios. Quienes promueven el error o lo justifican bajo el pretexto de la tolerancia no realizan una obra de caridad, sino que cooperan con aquello que aparta a las almas de la verdad. Y de ello, como de todas nuestras obras, habremos de dar cuenta ante el juicio de Dios.
«Pues los hombres no están obligados ni capacitados para leer los corazones; pero cuando ven que alguien profesa la herejía y obra exteriormente conforme al error, lo juzgan simplemente como hereje y lo condenan como errado y hereje.»
— San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, libro II, capítulo 30.